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Trío con mi hija y su mejor amiga

Un padre cae en la seducción de Valeria, la amiga de 18 años de su hija Lucía. Lo que empieza como tensión prohibida explota en un trío incestuoso y salvaje que, durante un verano sin límites, rompe todos los tabúes entre sexo, riesgo y amor retorcido.

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November 30, 2025
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Valeria tenía dieciocho años recién cumplidos el día que empezó a mirar a Javier de otra forma.

Javier era el padre de su mejor amiga, Lucía. Cuarenta y dos años, divorciado desde hacía cinco, alto, con esa mezcla de canas prematuras en las sienes y brazos fuertes de quien sigue yendo al gimnasio porque no sabe qué hacer con la rabia que le quedó después del divorcio. En el barrio lo conocían como “el serio”, el que saludaba con un gesto seco y nunca se quedaba a charlar en la puerta cuando dejaba o recogía a su hija.

Valeria, en cambio, era todo lo contrario: risa fácil, piernas largas de voleibolista, pelo negro larguísimo que se recogía en una coleta alta cuando jugaba y que soltaba en cuanto terminaba el partido, dejando que le cayera como una cortina sobre la espalda sudorosa. Tenía la piel morena, los ojos verdes heredados de su madre chilena y una boca que parecía siempre a punto de decir algo prohibido.

Desde los catorce años pasaba más tiempo en casa de Lucía que en la suya propia. Los padres de Valeria trabajaban hasta tarde y viajaban mucho; la casa de Lucía era su refugio. Javier apenas le prestaba atención entonces: era solo “la amiga de mi hija”, una más de las tantas que entraban y salían gritando, dejando zapatillas tiradas y olor a chicle de fresa.

Pero este año algo cambió.

Valeria ya no era una niña. El uniforme del equipo de vóley se le había quedado pequeño: la camiseta se le pegaba a los pechos cuando sudaba y los shorts… Dios, esos shorts negros con el nombre del instituto en letras blancas se le subían tanto al correr que a veces tenía que bajárselos disimuladamente. Y lo hacía despacio, con dos dedos, mirando de reojo si alguien la veía.

Javier empezó a verla.

El primer partido al que fue por compromiso —Lucía le suplicó que fuera porque “era la semifinal y papá por favor”—, se quedó en la grada con los brazos cruzados, intentando mirar solo a su hija. Pero sus ojos se iban solos hacia Valeria. Cada vez que saltaba para rematar, la camiseta se levantaba lo justo para dejar ver la línea de la cintura, la piel bronceada, el elástico de las bragas negras que asomaba apenas un centímetro. Cuando ganaron y las chicas se abrazaron en la pista, Valeria giró la cabeza y lo miró directamente. Sonrió. Y le guiñó un ojo.

Él sintió que algo se le rompía dentro.

Después del partido, en el coche de vuelta, Lucía iba hablando sin parar y Valeria iba sentada atrás, en el centro, con las piernas abiertas porque llevaba la mochila en el suelo. Javier podía ver su reflejo en el retrovisor: se había quitado la camiseta del equipo y llevaba solo el top deportivo negro, tan ajustado que marcaba los pezones. Se abanicaba con la mano.

—Qué calor, Javi —dijo de pronto, usando su nombre por primera vez en años—. ¿Me prestas tu botella de agua?

Él se la pasó sin mirarla. Sus dedos se rozaron. Ella bebió despacio, dejando que un hilo de agua le resbalara por la barbilla hasta el cuello y más abajo, entre los pechos. Luego le devolvió la botella casi vacía.

—Gracias, papi —susurró, tan bajo que Lucía no lo oyó.

Javier apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Esa noche no pudo dormir. Se masturbó pensando en ella, avergonzado, con la sensación de estar haciendo algo sucio. Pero lo hizo igual, imaginando esa boca diciendo “papi” otra vez.

Y Valeria lo sabía.

A partir de ese día empezó a venir más a menudo a casa “a estudiar”. Lucía se lo creía; Javier no.

La primera vez que se quedaron solos fue un jueves. Lucía tenía entrenamiento extra y le pidió a su padre que recogiera a Valeria del instituto porque “está lloviendo y no quiero que coja un resfriado”. Javier fue. Valeria salió la última, con el chubasquero abierto, la camisa del uniforme empapada y pegada al cuerpo, los pezones marcados bajo la tela blanca casi transparente. Subió al coche sonriendo.

—Hola, señor Morales —dijo con voz dulcísima—. Gracias por venir a buscarme.

Él gruñó algo y arrancó.

En el semáforo ella se quitó el chubasquero y se soltó el pelo. El olor a lluvia y a su piel llenó el coche.

—¿Puedo poner música? —preguntó, y sin esperar respuesta se inclinó hacia delante para tocar la radio. Su culo quedó a centímetros de la cara de Javier, envuelto en esa falda plisada del uniforme que se había subido hasta el límite. Llevaba medias hasta medio muslo y, entre la falda y las medias, un trozo de piel desnuda que él no pudo evitar mirar.

Valeria se quedó así más tiempo del necesario, buscando una emisora que no existía. Moviéndose apenas, como si bailara. Luego se sentó de nuevo, cruzó las piernas y lo miró por el retrovisor.

—¿Le molesta que venga tanto a su casa, señor Morales?

—No —mintió él.

—Porque Lucía dice que a veces usted se enfada cuando hay mucho ruido.

—No me enfado.

—Ah, menos mal —sonrió—. Porque me encanta venir. Me siento… muy cómoda.

Llegaron a casa. Lucía no estaba. Valeria entró como si nada, se quitó los zapatos y subió directa al cuarto de su amiga. Javier se quedó abajo, con el corazón latiéndole en la garganta.

Media hora después bajó en pijama corto y camiseta de tirantes. Sin sujetador. Los pezones se le marcaban como si tuviera frío.

—Lucía me dijo que tardaba —explicó—. ¿Le importa si me ducho aquí? No quiero mojar el suelo de mi casa.

Él asintió sin hablar. La vio subir las escaleras lentamente, balanceando las caderas. La puerta del baño se cerró. El agua empezó a correr.

Javier se quedó en la cocina, agarrado a la encimera. Intentó pensar en cualquier cosa que no fuera ella desnuda a diez metros de distancia. No lo consiguió.

Quince minutos después, Valeria bajó envuelta en una toalla pequeña. Demasiado pequeña. Le llegaba justo por debajo del culo y arriba apenas le tapaba los pechos. El pelo mojado le caía por los hombros, goteando.

—Javi —dijo con voz suave—, ¿me prestas una camiseta? Olvidé traer ropa.

Él subió al cuarto, buscó una camiseta vieja y se la llevó. Ella estaba en el pasillo, esperando. Extendió la mano, pero cuando él se la dio, la toalla se soltó “sin querer” y cayó al suelo.

Estuvo desnuda delante de él dos segundos eternos. El cuerpo de voleibolista, duro y flexible. Los pechos firmes, los pezones oscuros y puntiagudos. El sexo depilado, solo una línea fina de vello negro. Ella no hizo ningún movimiento para cubrirse. Lo miró a los ojos.

—Uy —dijo, fingiendo sorpresa—. Qué torpe.

Javier sintió que la sangre le bajaba toda a la vez a la polla. Dio un paso atrás.

—Vístete —logró decir con voz ronca.

Valeria recogió la toalla del suelo muy despacio, agachándose con las piernas abiertas lo justo para que él viera todo. Luego se puso la camiseta de él. Le quedaba enorme, le llegaba a medio muslo. No se puso nada más.

—Gracias —susurró—. Me queda mejor que a ti.

Bajó las escaleras descalza y se sentó en el sofá, cruzando las piernas de manera que la camiseta se subiera y dejara ver que no llevaba bragas.

Javier se quedó de pie, sin saber qué hacer.

—¿Se sienta conmigo? —preguntó ella, dando palmaditas al sofá—. Estoy sola y me da un poco de miedo la tormenta.

No había ninguna tormenta.

Él se sentó en el otro extremo del sofá. Valeria se acercó despacio hasta quedar pegada a él. Puso la cabeza en su hombro.

—Huele muy bien —dijo, inhalando en su cuello—. A hombre.

—Valeria…

—Shhh —lo cortó ella, poniendo un dedo en sus labios—. Solo quiero estar un ratito así. ¿Es mucho pedir?

Él no contestó. Ella empezó a acariciar su brazo muy suavemente, con la yema de los dedos. Subió hasta el cuello, jugó con el lóbulo de su oreja. Javier estaba rígido, la polla dura como una piedra dentro de los vaqueros.

—¿Sabes que me toco pensando en ti? —susurró ella de pronto.

Él cerró los ojos.

—Desde el partido. Me metí en la ducha del vestuario y me corrí imaginando que eras tú el que me metía los dedos.

—Para —dijo él, pero no sonó convencido.

Valeria se incorporó y se sentó a horcajadas sobre él, de cara. La camiseta se subió del todo. Su coño caliente y húmedo se apoyó directamente sobre la erección de Javier. Ella se movió apenas, rozándose.

—¿Te gusta? —preguntó, mirándolo a los ojos—. Dime que pares y paro.

Él no dijo nada.

Valeria sonrió y empezó a moverse más despacio, frotándose contra él por encima de la tela. Sus pechos subían y bajaban con la respiración. Se inclinó y le lamió el cuello, luego le mordió la oreja.

—Quiero que me folles, Javi —susurró—. Llevo meses queriendo que me folles como un animal.

Él la agarró por las caderas con fuerza, casi haciéndole daño. Ella gimió.

—Dime que sí —suplicó—. Dime que vas a meter tu polla gorda dentro de mí hasta que grite.

Javier la levantó en volandas y la llevó al dormitorio de invitados. Cerró de un portazo. La tiró sobre la cama boca abajo y le levantó la camiseta hasta la cintura.

Valeria se puso de rodillas, culo en alto, ofreciéndose.

—Así —dijo—. Fóllame así la primera vez. Sin condón. Quiero sentirte todo.

Él se bajó los pantalones de un tirón. La polla salió dura, venosa, la punta ya mojada. Se colocó detrás de ella y la penetró de un solo empujón brutal.

Valeria gritó, de placer y de dolor. Era enorme, mucho más grande de lo que había imaginado. Él la agarró del pelo y empezó a follarla con rabia, como si quisiera castigarla por todos los meses de tortura.

—Eres una puta —gruñó.

—Sí —jadeó ella—. Soy tu puta. Más fuerte.

Cada embestida la hacía gritar. Los huevos de Javier chocaban contra su clítoris. Ella se corrió la primera vez en menos de dos minutos, temblando entera, empapando las sábanas. Él no paró. Siguió bombeando, cada vez más profundo, hasta que sintió que se corría. Intentó salir, pero ella lo empujó hacia atrás con el culo.

—Dentro —ordenó—. Quiero que me llenes.

Él se corrió con un rugido, descargando chorro tras chorro dentro de ella. Cuando salió, el semen le resbaló por los muslos.

Valeria se giró, jadeando, y lo miró con ojos brillantes.

—Esto es solo el principio —dijo.

Y tenía razón.

Después de aquella primera vez en la habitación de invitados, Javier pensó que sería algo puntual. Una locura, un desliz, algo que enterraría bajo capas de culpa y nunca repetiría.

Se equivocó de cabo a rabo.

Valeria no tenía ninguna intención de parar. Al contrario: ahora que había probado lo que quería, se volvió más atrevida, más creativa, más cruel.

Al día siguiente, sábado, Lucía había invitado a Valeria a dormir a casa porque “tenían que terminar un trabajo de historia”. Javier intentó poner excusas: que tenía que trabajar, que iba a salir… pero Lucía lo miró con esa cara de cachorro que siempre le funcionaba.

—Papá, por favor. Es la última noche antes de los exámenes. Además, Valeria se porta súper bien.

Valeria, sentada en la mesa del desayuno con una camiseta de Lucía que le quedaba justa y unos shorts de algodón tan cortos que se le veían los cachetes del culo cada vez que se inclinaba, levantó la vista con cara de niña buena.

—Prometo no hacer ruido, señor Morales —dijo, y se lamió el labio inferior muy despacio, solo para él.

Javier sintió que se le ponía dura debajo de la mesa. Tuvo que cruzarse de piernas.

Esa noche fue un infierno lento.

Las chicas se encerraron en el cuarto de Lucía a “estudiar”. Javier intentó ver una película en el salón, pero cada risa que bajaba por el pasillo era como una uña arañándole la piel. A las doce, Lucía bajó a por agua. Llevaba un pijama de ositos que usaba desde los quince. Parecía su hija de siempre.

—Papá, ¿nos haces palomitas? —pidió con voz mimosa.

Él subió con la excusa de llevarles el bol. La puerta del cuarto estaba entreabierta. Lucía estaba sentada en la cama con el portátil. Valeria estaba tumbada boca abajo en el suelo, con las piernas en alto, balanceándolas. Llevaba una camiseta de tirantes rosa sin sujetador (los pezones marcados) y unos tanga blancos que asomaban por encima del pijama corto. Cuando vio a Javier, sonrió y abrió un poco más las piernas, lo justo para que él viera la tela hundida entre los labios del coño.

—Gracias, Javi —dijo con voz melosa, alargando la “i”.

Él dejó el bol y salió casi corriendo.

A las dos de la mañana, cuando creyó que dormían, recibió un mensaje.

Valeria: [Foto: su mano dentro del tanga, dedos brillantes] «Me estoy tocando pensando en cómo me llenaste ayer. Me duele el coño de lo abierta que me dejaste.»

Otro mensaje:

«Ven. La puerta está sin pestillo.»

Javier se levantó. El pasillo estaba oscuro. Se acercó al cuarto de su hija con el corazón en la boca. Empujó la puerta muy despacio.

Lucía dormía profundamente en su cama, boca arriba, con un antifaz de dormir.

Valeria estaba sentada en el suelo, apoyada contra la cama, con las piernas abiertas y el tanga bajado hasta las rodillas. Se masturbaba despacio, mirándolo.

—Ven —susurró apenas moviendo los labios.

Él negó con la cabeza.

Ella se mordió el labio y metió dos dedos hasta el fondo, gimiendo sin sonido. Luego sacó los dedos, brillantes, y se los llevó a la boca. Los chupó mirándolo.

Javier retrocedió y cerró la puerta.

En su habitación se corrió en menos de diez segundos, mordiendo la almohada para no gritar.

Durante las siguientes semanas, Valeria convirtió la casa en su terreno de caza.

El riesgo era adictivo.

Pero lo peor llegó cuando Lucía empezó a sospechar… algo.

Una noche, después de un partido (habían ganado la final del campeonato regional), las chicas llegaron a casa eufóricas. Lucía estaba agotada y se metió directa en la ducha. Valeria se quedó en el salón con Javier.

—Quiero celebrarlo —susurró, acercándose—. Ahora.

Él la llevó al cuarto de la colada otra vez. La sentó encima de la lavadora en marcha y le comió el coño como un poseído, lamiéndole el clítoris hasta que ella se corrió tapándose la boca con las dos manos. Luego la folló de pie, contra la puerta, tan fuerte que la lavadora se movió dos centímetros.

Cuando terminaron, salieron… y Lucía estaba en el pasillo.

—¿Qué hacíais? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Valeria tenía una mancha en la camiseta y la estaba lavando —mintió Javier.

Lucía los miró. A Valeria se le veía la cara de recién follada: labios hinchados, ojos brillantes, el pelo revuelto.

—Ah —dijo Lucía—. Vale.

Pero no se lo creyó del todo.

A partir de ese día, Lucía empezó a vigilar.

Y Valeria, en vez de asustarse, se excitó más.

Una tarde, las tres estaban en la piscina del jardín (era junio, hacía calor). Lucía y Valeria tomaban el sol en bikinis diminutos. Javier intentaba no mirar, pero era imposible. Valeria se untaba crema muy despacio, metiéndose los dedos por debajo del bikini, rozándose los pezones, abriendo las piernas para que él viera el bulto del coño depilado bajo la tela.

Lucía se levantó para ir a por refrescos. En cuanto entró en casa, Valeria se bajó la parte de abajo del bikini y se masturbó abiertamente, mirándolo.

—Ven y fóllame aquí mismo —susurró—. Con tu hija dentro.

Él negó con la cabeza, pero la polla le dolía.

Cuando Lucía volvió, Valeria ya se había puesto el bikini otra vez. Pero dejó una huella húmeda en la hamaca.

Esa noche, Lucía le dijo a su padre:

—Papá… ¿tú crees que Valeria está rara últimamente?

—No sé, hija. ¿Por qué?

—No sé… está como… más… sexy. Y me mira raro. Y a ti también.

Javier sintió que se le helaba la sangre.

—¿A mí?

—Sí. A veces la pillo mirándote el culo. Y cuando estás cerca se le ponen los pezones duros. Lo he visto.

Él intentó reírse.

—Será la edad, Lucía.

—Puede… —dijo ella, pero no parecía convencida.

Dos días después pasó lo inevitable.

Lucía tenía que entregar un trabajo urgente y se quedó hasta las cuatro de la mañana en su cuarto. Valeria “se quedó a ayudarla”. A las tres y media, Javier recibió otro mensaje:

Valeria: «Tu hija se ha dormido encima del portátil. Ven. Ahora.»

Él fue. La puerta estaba abierta. Lucía estaba desplomada sobre la cama, con la cabeza en la mesa, respirando profundamente.

Valeria estaba desnuda encima de la cama de Lucía, con las piernas abiertas, tocándose.

—Fóllame aquí —susurró—. Al lado de tu hija.

Javier perdió la cabeza.

Se bajó los pantalones y se la metió hasta el fondo de una embestida. Valeria gimió fuerte. Lucía se movió en sueños.

—Shhh —dijo él, pero no paró.

Folló a Valeria en la cama de su hija, a medio metro de donde Lucía dormía. Cada vez que empujaba, la cama crujía. Valeria se tapaba la boca, pero gemía dentro de la mano.

Cuando Javier se corrió dentro de ella, Valeria tembló entera y se mordió la muñeca para no gritar.

Salieron del cuarto. En el pasillo, Valeria lo besó con lengua y le susurró al oído:

—Quiero que Lucía nos vea algún día. Quiero que sepa lo puta que soy contigo.

Javier sintió pánico… y una erección brutal.

El punto de no retorno llegó una semana después.

Era viernes. Lucía había organizado una “noche de chicas” en casa: películas, pizza, pijamada. Pero la otra amiga se puso mala y canceló. Así que solo estaban ellas dos… y Javier.

Bebieron un poco de vino que él les permitió “porque ya sois mayores”. A las doce, Lucía estaba bastante achispada. Valeria fingía estarlo más.

En un momento, Lucía se quedó dormida en el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos.

Valeria miró a Javier. Luego miró a Lucía. Luego volvió a mirarlo a él.

Y se levantó.

Se quitó la camiseta despacio. Debajo no llevaba nada. Los pechos perfectos, los pezones duros.

Se acercó a Javier, que estaba sentado en el sillón, y se sentó a horcajadas sobre él, de cara a Lucía.

—Fóllame mientras miras a tu hija dormir —susurró.

Él intentó protestar, pero ella ya se había bajado sus pantalones y guiaba la polla dentro de su coño empapado.

Empezaron a moverse despacio. Cada vez que Javier empujaba, los ojos se le iban a Lucía, que respiraba tranquila a dos metros.

Valeria gemía bajito, mordiéndose el labio.

—Imagínate que se despierta —susurró—. Imagínate que nos ve. Que ve cómo me follas. Que ve cómo me corro en la polla de su papá.

Javier la agarró del culo y empezó a follarla más fuerte. El sofá crujió. Lucía se movió.

Valeria se corrió en silencio, temblando entera, empapando los cojines.

Entonces pasó.

Lucía abrió los ojos.

Los vio.

Primero no entendió. Parpadeó. Luego se incorporó despacio.

Valeria no paró de moverse. Al contrario: aceleró.

Lucía los miró. Miró la polla de su padre entrando y saliendo del coño de su mejor amiga. Miró los pechos de Valeria botando. Miró la cara de placer de los dos.

Y no gritó.

Se quedó quieta. Respirando fuerte.

Valeria giró la cabeza y la miró.

—¿Te gusta lo que ves, Luci? —susurró con voz ronca.

Lucía tragó saliva.

Javier intentó parar, pero Valeria lo apretó con el coño y siguió moviéndose.

Lucía no dijo nada. Solo se mordió el labio inferior… y metió la mano dentro de sus shorts de pijama.

Empezó a tocarse mirando cómo su padre follaba a su mejor amiga.

Valeria sonrió.

—Ven —dijo—. Acércate.

Lucía obedeció como en trance. Se sentó en el suelo, delante de ellos, con las piernas abiertas, masturbándose sin dejar de mirar la polla de su padre entrando y saliendo.

Valeria extendió la mano y le acarició el pelo a Lucía.

—Buena chica —susurró.

Javier se corrió dentro de Valeria con un gruñido ahogado, mirando a su hija masturbarse.

Lucía se corrió segundos después, temblando entera.

Cuando terminó, el salón quedó en silencio salvo por el sonido húmedo de la respiración de los tres. Javier aún estaba dentro de Valeria, la polla palpitando con los últimos espasmos del orgasmo, el semen empezando a resbalar por el interior de sus muslos. Valeria no se movió. Al contrario: apretó los músculos del coño alrededor de él, como si quisiera recordarle que aún no había terminado. Lucía, arrodillada en la alfombra, tenía la mano metida dentro de sus shorts de pijama, los dedos brillantes, los labios entreabiertos, los ojos muy abiertos fijos en el punto donde la polla de su padre entraba y salía de su mejor amiga.

Valeria fue la primera en hablar, con esa voz ronca que siempre parecía recién follada.

—Acércate, Luci. Ven a ver de cerca lo que tu papá me acaba de hacer.

Lucía obedeció como en trance. Se arrastró por la alfombra hasta quedar a centímetros. Javier sintió su aliento caliente en la piel donde su polla y el coño de Valeria se unían. Valeria se levantó muy despacio, centímetro a centímetro, dejando que la polla saliera con un sonido obsceno. Un hilo largo de semen y jugos colgaba de la punta y cayó directamente sobre la mejilla de Lucía. Ella no se movió. Lo dejó allí.

Valeria se agachó, recogió el hilo con dos dedos y se los metió en la boca a Lucía.

—Prueba cómo sabe tu papá dentro de mí.

Lucía chupó los dedos obediente, gimiendo bajito. Javier los miraba, la polla aún dura, goteando, sin poder creer lo que estaba pasando.

Valeria se colocó detrás de Lucía, la abrazó por la espalda y empezó a desnudarla con calma tortuosa. Primero la camiseta: la levantó por encima de la cabeza dejando los pechos al aire, pequeños y perfectos, los pezones rosados ya duros como piedrecitas. Luego los shorts: los bajó junto con el tanga, despacio, rozando la piel con las yemas. Lucía temblaba entera.

—Mira lo bonita que está tu hija, Javi —susurró Valeria, pellizcando un pezón hasta que Lucía gimió—. Mira lo mojada que se ha puesto solo de vernos follar.

Javier no podía hablar. Solo miraba.

Valeria guió la mano temblorosa de Lucía hasta la polla de su padre.

—Tócala. Es tuya ahora también.

Lucía la rodeó con dedos inseguros. Estaba caliente, dura, venosa, mucho más grande de lo que había imaginado en sus fantasías secretas. Empezó a mover la mano arriba y abajo, muy despacio, explorando cada centímetro. Javier gruñó y echó la cabeza hacia atrás.

Valeria se arrodilló detrás de Lucía y le abrió las piernas desde atrás.

—Mírala, Javi. Mira el coñito virgen de tu niña. Está chorreando.

Era verdad. Los labios de Lucía estaban hinchados, rosados, brillantes. Un hilo de humedad le bajaba por el interior del muslo. Valeria metió un dedo despacio, solo la punta, y Lucía se estremeció.

—Está tan apretada que casi no entra —rió Valeria—. Vamos a tener que abrirla poco a poco.

Durante lo que parecieron horas, jugaron con Lucía sin penetrarla del todo.

Primero Valeria la hizo sentarse en el regazo de Javier, de espaldas a él, las piernas abiertas sobre las suyas. Javier sintió el coño caliente y húmedo de su hija rozando la base de su polla, sin entrar, solo deslizándose arriba y abajo. Valeria se arrodilló entre sus piernas y empezó a lamer: la punta de la lengua en el clítoris de Lucía, bajando hasta lamer la polla de Javier cada vez que asomaba entre los labios. Lucía gemía sin parar, moviendo las caderas, buscando más contacto.

—Papá… por favor… —suplicaba.

—¿Por favor qué, cielo? —preguntó Javier con voz rota.

—Tócame… méteme algo…

Javier le pellizcó los pezones con una mano mientras con la otra bajaba hasta su clítoris, frotándolo en círculos lentos. Valeria metió un dedo dentro de Lucía, luego dos, abriéndola despacio mientras lamía la polla de Javier. Lucía se corrió la primera vez así: temblando entera, gritando “papá” una y otra vez, empapando la mano de Javier y la cara de Valeria.

Cuando se calmó, Valeria la giró y la puso de rodillas delante de su padre.

—Ahora chúpasela tú. Enséñale a tu papá lo bien que tragas.

Lucía se inclinó. Primero lamió la punta, tímida. Luego abrió la boca y se la metió poco a poco. Javier sintió la lengua caliente, la garganta apretada, las arcadas suaves cuando llegó demasiado hondo. Valeria le sujetaba el pelo y le marcaba el ritmo: más profundo, más rápido. Javier le folló la boca despacio, mirando cómo su hija lo miraba a los ojos con lágrimas de esfuerzo y placer.

—Así, mi niña… qué boca tan rica tienes… —gemía Javier.

Valeria se metió debajo y empezó a chuparle los huevos a Javier mientras Lucía mamaba. Luego bajó más y le lamió el culo a Lucía, metiéndole la lengua hasta el fondo. Lucía se corrió otra vez solo con eso, gimiendo alrededor de la polla, las vibraciones haciendo que Javier se corriera en su boca con un rugido. Chorros calientes y espesos que Lucía tragó casi todos; un poco le salió por la comisura y Valeria lo lamió directamente de su barbilla antes de besarla con lengua.

Después de eso ya no hubo vuelta atrás.

Valeria los llevó al dormitorio principal. Encendió solo la luz del baño, tenue y dorada. Los hizo tumbarse en la cama king-size, una chica a cada lado.

Empezó con besos largos y lentos entre las dos chicas encima de Javier. Lenguas enredadas, saliva brillando, manos en los pechos. Javier miraba, acariciándoles la espalda, la polla rozando sus muslos. Luego Valeria bajó por el cuerpo de Lucía, lamiendo cada centímetro: cuello, pezones (los mordió hasta que Lucía gritó), ombligo, hasta llegar al coño. Lo abrió con los dedos y lo lamió despacio, desde el perineo hasta el clítoris, metiendo la lengua dentro, chupando los labios.

—Papá… ven… mírame… —suplicaba Lucía.

Javier se colocó al lado y vio de cerca cómo Valeria comía a su hija. Luego se unió: lamió el clítoris mientras Valeria metía dos dedos y luego tres, abriéndola. Lucía se corrió otra vez, esta vez squirteando, empapando la cara de los dos.

Valeria sonrió, la cara brillante.

—Ahora tú, Javi. Siéntate en la cara de tu niña.

Lucía se tumbó boca arriba. Javier se puso a horcajadas sobre su cara, la polla apuntando a su boca. Lucía abrió y empezó a chupar otra vez mientras Javier se inclinaba hacia delante y empezaba a comerle el coño a Valeria, que se había colocado a cuatro patas encima de Lucía. Era un tren perfecto: Javier comiendo a Valeria, Valeria comiendo a Lucía, Lucía mamando a Javier.

Se corrieron en cadena: primero Lucía, gritando alrededor de la polla; luego Valeria, empapando la cara de Lucía; finalmente Javier, descargando otra vez en la garganta de su hija.

Y aún querían más.

Valeria puso a Lucía a cuatro patas en el centro de la cama.

—Es el momento, Javi. Quítale la virginidad a tu hija.

Lucía miró hacia atrás, los ojos brillantes de deseo.

—Hazlo lento… quiero sentir todo.

Javier se colocó detrás. La polla rozó la entrada, empapada. Empujó solo la punta. Lucía jadeó. Empujó un poco más. Sintió la resistencia, la apretura increíble. Empujó más fuerte y entró de golpe, rompiendo la barrera. Lucía gritó, agarrando las sábanas. Javier se quedó quieto, dejando que se acostumbrara, acariciándole la espalda.

—Respira, mi vida… ya está… ya eres mía…

Empezó a moverse muy despacio, centímetros cortos. Cada vez que salía y entraba, Lucía gemía más alto. Valeria se metió debajo, en posición 69 invertida, y empezó a lamer el clítoris de Lucía y los huevos de Javier al mismo tiempo. Javier aceleró poco a poco, hasta que follaba a su hija con embestidas profundas y fuertes. Los huevos chocaban contra la barbilla de Valeria.

Lucía se corrió otra vez, esta vez tan fuerte que casi se desmayó, el coño apretando la polla como un puño. Javier no pudo más y se corrió dentro, chorro tras chorro, llenándola hasta que el semen salió por los lados y Valeria lo lamió todo.

Después de eso, el verano entero fue una larga sesión sin fin.

Se despertaban y follaban. Desayunaban y follaban en la cocina (Lucía sentada en la encimera con las piernas abiertas mientras Javier la comía y Valeria le metía los dedos por detrás). Nadaban desnudos y follaban en la piscina (Valeria flotando en una colchoneta mientras Javier la follaba por detrás y Lucía le lamía el clítoris desde abajo). Veían películas y follaban en el sofá (Lucía cabalgando a su padre mientras Valeria le metía la lengua en el culo).

Hubo días enteros dedicados a una sola cosa: una vez solo anal (primero abrieron a Lucía muy despacio con plugs cada vez más grandes hasta que Javier pudo follarle el culo virgen mientras Valeria la comía). Otra vez solo squirting (las obligaron a beber litros de agua y luego las estimularon hasta que las dos chorros empaparon toda la habitación). Otra vez solo ataduras y negación (las tuvieron al borde del orgasmo durante horas con vibradores hasta que suplicaron llorando).

El punto álgido fue la semana que Valeria llamó “sin límites”.

Compraron un colchón impermeable y lo pusieron en el salón. Durante siete días no salieron de casa. Comida a domicilio, ventanas cerradas, música alta. Follaron en cada posición imaginable, a veces las dos chicas encima de Javier, a veces él encima de las dos, a veces una mirando mientras la otra era usada sin piedad. Javier se corrió tantas veces que llegó a tener orgasmos secos. Lucía aprendió a correrse solo con los pezones. Valeria consiguió meterse el puño entero en el coño mientras Javier la follaba el culo.

Al final del verano estaban exhaustos, marcados, felices.

La última noche antes de que volviera la madre de Lucía, se tumbaron los tres en la cama balinesa de la piscina, mirando las estrellas. Javier en medio, una chica apoyada en cada hombro.

—Esto no termina aquí —dijo Valeria, acariciando la polla medio dura de Javier—. Solo empieza la parte divertida: esconderlo, arriesgarnos, volvernos locos de verdad.

Lucía besó el pecho de su padre.

—Te quiero, papá. Y quiero seguir siendo tu puta.

Javier cerró los ojos y sonrió por primera vez en meses sin culpa.

El verano había terminado.

Ellos, no.

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