Lucía subió los últimos escalones con el corazón latiéndole en la garganta. El rellano olía a madera vieja y a trementina que se colaba por debajo de la puerta entreabierta. Tocó dos veces, suave, y la puerta se abrió sola, como si el estudio la estuviera esperando.
Rafael apareció en el umbral con una camisa de lino azul desteñido, las mangas remangadas hasta los codos. Tenía el pelo gris revuelto, como si acabara de pasar los dedos por él muchas veces, y una barba de tres días que le plateaba la mandíbula. Sus ojos, de un marrón cálido, la recorrieron despacio, sin prisa, como quien contempla un paisaje que lleva años queriendo pintar.
-Pasa, Lucía -dijo con voz baja, casi un susurro-. Gracias por venir.
Ella entró. El estudio era más grande de lo que había imaginado: techos altos, vigas vistas, ventanas que daban a los tejados de teja árabe. Lienzos apoyados contra las paredes, algunos a medio terminar, otros cubiertos por sábanas polvorientas. En el centro, un diván antiguo cubierto por una tela de lino crudo, arrugada y ligeramente manchada de óleo seco. Al fondo, un caballete con un papel grisáceo sujeto por pinzas. El aire era denso, cálido, con olor a pintura fresca, tabaco de pipa y algo más profundo, más humano: el olor de un hombre que vive solo entre sus cosas.
Rafael cerró la puerta con cuidado. El clic del pestillo sonó íntimo, definitivo.
-¿Quieres té? -preguntó-. O agua. O lo que quieras.
-Agua está bien -respondió ella, notando que la voz le salía más ronca de lo normal.
Él fue hasta una mesita auxiliar, sirvió de una jarra de cristal empañado. Cuando le tendió el vaso, sus dedos se rozaron apenas. Lucía sintió un pequeño chispazo en la piel, como electricidad estática. Rafael también lo sintió: retiró la mano despacio, como si quemara.
Se quedaron un momento en silencio, mirándose. Ella con sus vaqueros desgastados y la camiseta ancha de algodón gris; él con esa camisa que se le pegaba un poco a la espalda por el calor del día.
-Podemos empezar cuando quieras -dijo él al fin-. Siéntate donde te sientas cómoda.
Lucía se acercó al diván. La tela estaba tibia del sol que entraba por las ventanas. Se sentó en el borde, con las piernas juntas, las manos sobre los muslos. Rafael colocó el caballete frente a ella, a unos tres metros. Sacó un carboncillo, lo probó contra el papel con un trazo rápido.
-Solo quiero captar la luz en tu cara primero -murmuró-. La forma en que cae sobre tu cuello.
Ella asintió. Intentó relajarse. Cruzó los brazos por detrás de la cabeza, como si estuviera en casa. El movimiento hizo que la camiseta se subiera un poco, dejando ver una franja de piel justo por encima de la cintura de los vaqueros. Rafael no dijo nada, pero su mirada se detuvo allí un segundo más de lo necesario.
Empezó a dibujar.
El carboncillo raspaba el papel con un sonido suave, constante. Lucía lo observaba trabajar. Las manos de él eran grandes, venosas, con manchas de pintura vieja bajo las uñas se movían con una precisión casi amorosa. De vez en cuando alzaba la vista, la sostenía en sus ojos, luego bajaba al papel otra vez. El silencio era denso, pero no incómodo. Era un silencio lleno.
Al cabo de un rato, Rafael habló sin dejar de dibujar.
-¿Puedes inclinar un poco la cabeza hacia la ventana? Así… perfecto.
Ella obedeció. El sol le daba de lado, calentándole la mejilla, el cuello. Sintió que se le erizaba la piel.
Pasaron los minutos. O quizás horas. Lucía perdió la noción. Solo existía el sonido del carboncillo, la respiración pausada de él, el calor que iba subiendo lentamente por su cuerpo.
Rafael se levantó. Se acercó. Se detuvo a un metro de ella.
-La luz está cambiando -dijo-. ¿Te importa si…?
No terminó la frase. Lucía entendió. Se mordió el labio inferior, asintió apenas.
Con movimientos lentos, se quitó la camiseta por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador de algodón blanco, sencillo, sin encaje. Los tirantes finos. Los pezones ya se marcaban, pequeños y duros, como si el aire del estudio estuviera más frío de lo que estaba.
Rafael tragó saliva. Volvió al caballete. Empezó a dibujar otra vez, más rápido ahora, como si temiera que la imagen se le escapara.
Lucía sintió que el sujetador le apretaba de pronto. Que el roce de la tela contra los pezones era casi doloroso.
Él se acercó de nuevo.
-¿Puedo…? -susurró, señalando el cierre del sujetador.
Ella asintió otra vez. Rafael rodeó el diván. Sus dedos temblaban ligeramente cuando tocaron el cierre. Lo abrió con cuidado, como quien desenvuelve algo muy frágil. Los tirantes resbalaron por los hombros de Lucía. Ella dejó que cayeran los brazos. El sujetador cayó al suelo.
Se quedó ahí, sentada, con los pechos al aire. Pequeños, firmes, los pezones rosados y tiesos apuntando hacia arriba. El sol los bañaba, dibujando sombras suaves debajo.
Rafael retrocedió un paso. La miró. No como un pintor. Como un hombre.
Lucía sintió que se le humedecían las bragas. Un calor líquido, lento, que empezaba a extenderse entre sus piernas.
Él volvió al caballete. El carboncillo volaba ahora sobre el papel. De vez en cuando alzaba la vista y se quedaba mirando sus pechos, su cuello, su boca entreabierta.
El tiempo se volvió espeso.
En un momento dado, Rafael dejó el carboncillo. Se acercó otra vez. Se arrodilló frente a ella, despacio.
-¿Puedo tocarte? -preguntó con voz ronca-. Solo para ver cómo cae la luz sobre tu piel.
Lucía asintió. Apenas pudo mover la cabeza.
Los dedos de él rozaron su clavícula. Suaves, cálidos. Bajaron por el esternón, entre los pechos, sin llegar a tocarlos. Rodearon uno, apenas rozando la areola con la yema del pulgar. Lucía contuvo el aliento. El pezón se endureció aún más, casi dolió.
Rafael retiró la mano como si se hubiera quemado.
-Perdón -susurró.
-No -dijo ella, con voz temblorosa-. Está bien.
Él volvió a tocarla. Esta vez con las dos manos. Acarició los costados, la curva bajo los senos, el hueco entre ellos. Sus palmas estaban ásperas por la pintura, pero el roce era suave, reverente.
Lucía sintió que se le escapaba un gemido pequeño, casi inaudible.
Rafael alzó la vista. Sus ojos estaban oscuros, brillantes.
-¿Quieres que pare?
Ella negó con la cabeza.
Entonces él se inclinó. Besó la piel justo encima del pezón izquierdo. Un beso suave, apenas un roce de labios. Luego otro, más abajo. Luego rodeó el pezón con la lengua, sin chupar, solo humedeciéndolo. Lucía arqueó la espalda sin querer.
El calor entre sus piernas era ya insoportable.
Rafael se apartó un poco. Respiraba agitado.
-Lucía… -dijo, como si su nombre le pesara en la boca.
Ella bajó la mirada. Vio la erección marcada bajo los pantalones de lino. Gruesa, tensa. Una pequeña mancha húmeda en la tela, justo en la punta.
Se mordió el labio.
Rafael se levantó. Fue hasta la ventana, abrió del todo. Entró una brisa tibia que movió las cortinas viejas.
Cuando volvió, tenía las mejillas sonrojadas.
-Creo que… necesitamos un descanso -dijo.
Pero ninguno de los dos se movió.
Lucía se levantó del diván. Descalza, se acercó a él. Se detuvo a un palmo.
Los dos respiraban el mismo aire.
Lucía se quedó de pie frente a él, a menos de un brazo de distancia. El sol había bajado un poco más y ahora entraba de lado, dibujando una franja dorada sobre su piel desnuda: los hombros, los pechos, la curva suave del vientre. Rafael no podía apartar los ojos. Respiraba despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el cristal que los separaba.
Ella dio un paso más. Solo uno. Ahora sus pezones rozaban apenas la camisa de lino de él. Sintió el calor de su pecho a través de la tela, el latido fuerte y desacompasado.
Rafael alzó una mano, vacilante, y la posó en la cintura de Lucía. Los dedos abiertos, sin apretar. Solo sintiendo la piel tibia, la ligera humedad que ya empezaba a perlarle la espalda baja. Ella tembló. Un temblor pequeño, pero él lo notó y cerró los ojos un segundo, como si le doliera.
-Estás temblando -susurró.
-Tú también -respondió ella, y era verdad: la mano de él vibraba contra su piel.
Lucía bajó la vista. Los vaqueros le apretaban de pronto, la costura central se le clavaba justo donde más lo sentía. Sin pensar, se desabrochó el botón. El sonido del cierre bajando fue lo único que se oyó en el estudio durante varios segundos.
Rafael no se movió. Solo miró cómo ella dejaba caer los vaqueros hasta los tobillos y salía de ellos con un movimiento lento. Debajo llevaba unas bragas de algodón blanco, iguales que el sujetador olvidado en el suelo. La tela estaba empapada en el centro, casi transparente, pegada a los labios hinchados. Un hilo brillante le resbalaba por el interior del muslo izquierdo.
Él tragó saliva. El sonido fue audible.
Lucía dio otro paso. Ahora sus cuerpos se tocaban de verdad: el vientre de ella contra la erección de él, los pechos contra su pecho. Sintió la dureza caliente a través del lino y de la tela fina de sus bragas, y un gemido muy bajo se le escapó de la garganta.
Rafael inclinó la cabeza. No la besó en la boca. Besó la sien, la mejilla, el lóbulo de la oreja. Respiró su olor: piel joven, calor, un leve rastro de perfume barato y algo más dulce y animal que salía de entre sus piernas. Sus manos subieron por la espalda de ella, despacio, hasta el cierre del pelo. Lo soltó. La melena negra cayó sobre sus hombros.
Lucía llevó las manos a la camisa de él. Desabrochó botón a botón, sin prisa. Cuando llegó al último, abrió la tela y la dejó caer. El pecho de Rafael era ancho, cubierto de vello gris plateado que bajaba en una línea hasta el ombligo. Tenía una cicatriz pequeña junto al corazón, otra más larga en el costado. Ella las tocó con las yemas, como quien lee braille.
Él cerró los ojos otra vez.
Lucía bajó las manos hasta la cintura del pantalón de lino. Lo desabrochó. El pantalón cayó. Debajo no llevaba nada. La polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de líquido. Se alzó contra el vientre de ella, caliente, pesada. Lucía la sintió palpitar contra su piel y se le doblaron un poco las rodillas.
Rafael la sujetó por la cintura.
-No te caigas -susurró, y había una sonrisa pequeña en su voz.
Lucía se rio bajito, nerviosa. Se apoyó en él. Sus pechos se aplastados contra el vello gris, los pezones rozando. Sintió la humedad de él manchándole el vientre, la humedad de ella empapando ya la tela de las bragas hasta las caderas.
Se quedaron así un rato largo, solo abrazados, respirando el mismo aire. Rafael le acariciaba su espalda en círculos lentos, bajando hasta la curva de las nalgas, subiendo otra vez. Ella sentía la polla de él latiendo contra su bajo vientre, cada vez más mojada, dejando un rastro brillante.
Entonces Lucía se apartó apenas. Se llevó los dedos a la cintura de las bragas. Las bajó despacio, centímetro a centímetro. La tela se pegaba a la piel húmeda y hacía un sonido suave al desprenderse. Cuando las bragas cayeron al suelo, ella quedó completamente desnuda.
Rafael la miró como si fuera la viera por primera vez. Bajó la vista hasta el triángulo oscuro, los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris que asomaba rosado y tieso. Un hilo largo y transparente colgaba de él y se balanceaba con cada respiración.
Él se arrodilló despacio. No dijo nada. Solo apoyó las manos en las caderas de ella y acercó la cara. Respiró hondo. El olor era intenso, dulce, salado, vivo. Besó el hueso de la cadera, luego más abajo, luego el pliegue donde el muslo se une al sexo. Lucía abrió un poco las piernas sin que se lo pidiera.
Rafael besó los labios mayores, suaves, sin abrirlos aún. Solo besos pequeños, húmedos. Ella tembló entera. Un gemido muy bajo salió de su garganta.
Él alzó la vista.
-¿Puedo…?
Ella asintió, incapaz de hablar.
Entonces Rafael abrió la boca y lamió despacio, de abajo arriba, recogiendo el hilo de flujo con la lengua. El sabor le llenó la boca: ácido, dulce, caliente. Gimió contra ella. Lucía le agarró el pelo gris con las dos manos.
Él siguió lamiendo, lento, sin prisa, como quien saborea algo que lleva años deseando. La lengua plana, luego la punta, rodeando el clítoris sin tocarlo directamente. Lucía empezó a mover las caderas, apenas, buscando más. Él la sujetó por las nalgas y la mantuvo quieta.
Pasó mucho rato. El sol se movía por las ventanas, la luz se volvía más naranja. El estudio olía a sexo, a sudor, a trementina y a jazmín lejano.
Lucía se corrió la primera vez casi en silencio: un jadeo largo, las piernas temblando, un chorro pequeño que Rafael recogió con la boca abierta. Él no paró. Siguió lamiendo más suave, más profundo, metiendo la lengua hasta donde llegaba. Ella se corrió otra vez, esta vez llorando bajito, agarrada a su cabeza.
Cuando Rafael se levantó, tenía la barba empapada, los labios hinchados. Lucía lo miró con los ojos vidriosos. Se arrodilló ella ahora, las rodillas sobre la madera caliente llena de polvo de carbón y restos de óleo seco. La polla de Rafael estaba justo frente a su cara: venosa, pesada, la piel tensa y brillante por la saliva y el líquido que no paraba de salir. Olía a hombre mayor, a jabón viejo, a deseo contenido durante años.
Ella la tomó con las dos manos. La base era tan gruesa que apenas le cabían los dedos. La acarició de abajo arriba, despacio, sintiendo cada vena, cada latido. Rafael soltó un suspiro largo, tembloroso. Le pasó los dedos por el pelo, sin empujar, solo acompañando.
Lucía inclinó la cabeza y besó la punta. Un beso suave, casi casto. Luego abrió la boca y lamió la gota que colgaba, salada, ligeramente amarga. Gimió bajito al saborearla. Rafael tembló entero.
Volvió a lamer, esta vez desde la base hasta arriba, lengua plana, recogiendo cada resto de humedad. Rodeó el glande con los labios, succionó apenas. Él gimió más fuerte, un sonido ronco que salió de lo más profundo del pecho.
Poco a poco se la fue metiendo en la boca. Primero solo la cabeza, chupando suave, girando la lengua. Luego más adentro, hasta que sintió que le llegaba al fondo de la garganta. Tuvo que abrir mucho la mandíbula, respirar por la nariz. Las mejillas se le hundieron. Rafael le acariciaba la nuca, los hombros, como animándola.
Lucía empezó a moverse: adelante y atrás, muy despacio, saliva resbalando por la barbilla, por la polla, goteando sobre sus propios muslos. Cada vez que llegaba al fondo, tragaba, y él gemía más alto. Cada vez que salía, lamía la punta y volvía a entrar.
Rafael empezó a mover las caderas apenas, sin fuerza, solo acompañando el ritmo. Sus huevos, grandes y cubiertos de vello gris, se balanceaban contra la barbilla de ella. Lucía los tomó con una mano, los masajeó suave mientras seguía mamando.
El estudio estaba en silencio salvo por los sonidos húmedos, obscenos: el chupeteo, los gemidos ahogados, el leve golpeteo de la polla contra la garganta de ella. El olor era denso: sexo, sudor, trementina.
Rafael empezó a jadear más rápido.
-Lucía… me voy a correr… si sigo…
Ella no se apartó. Al contrario: aceleró un poco, metiéndosela más hondo, tragando alrededor de él. Rafael se tensó entero, los músculos del vientre se le marcaron bajo el vello gris. Soltó un gemido largo, roto.
La primera corrida fue profunda, directa en la garganta. Lucía tragó, sintió el calor espeso bajando. La segunda le llenó la boca. La tercera le salió por las comisuras mientras ella seguía chupando suave, ordeñándolo. La leche era abundante, caliente, con sabor fuerte a hombre que lleva tiempo sin correrse.
Cuando terminó, Rafael se quedó temblando, apoyado en el caballete para no caer. Lucía se limpió la barbilla con el dorso de la mano, luego se lamió los labios. Lo miró desde abajo, con los ojos brillantes.
Rafael la miró un segundo más, con los ojos oscuros y brillantes, y ya no hubo palabras.
Se inclinó sobre ella, la besó en la boca con una lentitud que dolía, y luego fue bajando: cuello, clavícula, el hueco entre los pechos, el vientre tembloroso. Cada beso era un beso húmedo, largo, como si quisiera grabar su sabor en la memoria. Cuando llegó al sexo de Lucía, abierto, rojo, brillante de todo lo que ya habían hecho, se detuvo. Respiró hondo su olor (dulce, salado, denso) y soltó un gemido muy bajo, casi un rezo.
Con las dos manos le abrió los muslos del todo. Los dedos se hundieron en la carne suave de la cara interna, dejando marcas leves. Luego bajó la cabeza y lamió una sola vez, de abajo arriba, recogiendo el hilo espeso que colgaba. Lucía se arqueó entera, un gemido largo escapándosele sin control.
Pero él no se quedó ahí. Se incorporó, se colocó entre sus piernas abiertas y tomó la polla con la mano. Estaba dura como hierro, la cabeza hinchada, brillante de saliva y restos de corrida anterior. La guió hasta la entrada de ella, rozó apenas los labios mayores, los separó con la punta, y se quedó ahí, temblando.
-Mírame -susurró.
Lucía abrió los ojos. Lo miró. Vio el deseo contenido en su cara, la barba empapada, el pecho subiendo y bajando rápido.
Rafael empujó despacio. La cabeza entró primero, abriéndola. Ella sintió el estiramiento, el calor, la presión deliciosa. Un gemido le salió de lo más hondo. Él siguió entrando, centímetro a centímetro, sin prisa ninguna, sintiendo cada pliegue, cada contracción que la acogía. Cuando llegó al fondo, se quedó quieto, respirando contra su cuello.
Lucía le clavó las uñas en la espalda.
-Muévete… por favor…
Él empezó entonces, lento, profundísimo. Salía casi del todo, dejando solo la punta dentro, y volvía a entrar hasta que sus huevos rozaban el culo de ella. Cada embestida era un sonido húmedo, suave, obsceno. El diván crujía bajo sus cuerpos. El olor a sexo era tan fuerte que mareaba.
Lucía le rodeó la cintura con las piernas, le apretó los talones en la parte baja de la espalda para que entrara más hondo. Rafael aceleró apenas, solo un poco, lo suficiente para que ella empezara a jadear sin control. Le besaba la boca, los pechos, le chupaba los pezones mientras la follaba, y cada vez que succionaba uno, ella se contraía alrededor de él y lo hacía gemir.
Cambió el ángulo: levantó las caderas de ella con las manos bajo sus nalgas y empezó a golpear justo ahí, donde ella lo sentía más. Lucía soltó un grito ahogado, los ojos en blanco. El primer orgasmo la atravesó como un rayo: se tensó entera, las paredes internas apretándole la polla en espasmos largos, un chorro caliente que le empapó los huevos y le resbaló por el perineo.
Rafael no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, más lento ahora, prolongándolo, hasta que ella empezó a llorar de placer y a pedirle más con la voz rota.
La giró sin salir de ella. La puso boca abajo, las rodillas en el diván, el culo en pompa. Volvió a entrar de una sola embestida, profunda, hasta el fondo. Lucía gritó contra la sábana. Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro suave, le agarró las caderas y empezó a follarla así, fuerte pero sin prisa, cada golpe haciendo un sonido húmedo y carnoso. Le metió una mano por debajo y le acarició el clítoris al mismo ritmo. Ella se corrió otra vez, más fuerte, temblando entera, chorros pequeños que le salpicaban los muslos a él y manchaban la sábana.
Rafael jadeaba contra su nuca.
-Dentro… me corro dentro…
Lucía solo pudo asentir, perdida.
Él se hundió hasta el fondo y se quedó ahí. Sintió cómo se hinchaba más, cómo las venas palpitaban, y empezó a correrse en chorros largos, calientes, profundos. Cada pulsación era un gemido contra su pelo. La llenó tanto que, cuando salió un poco, el semen empezó a resbalarle por los muslos mezclándose con el flujo de ella.
No se separaron. Rafael la giró de nuevo, la puso encima. Lucía se sentó a horcajadas, aún temblando, y volvió a metérselo entero. Empezó a moverse en círculos lentos, sintiendo la mezcla de los dos resbalando por la base, por los huevos de él, por sus propios muslos. Rafael le agarró las tetas, se las amasó, le pellizcó los pezones. Ella aceleró, subiendo y bajando, follando con todo el peso de su cuerpo.
Se corrieron otra vez casi juntos: ella apretándolo con fuerza, él llenándola de nuevo, esta vez, menos cantidad pero igual de caliente. Lucía se derrumbó sobre su pecho, jadeando, sudorosa, temblando.
Se quedaron así, ella encima, él dentro, aún duro. Rafael le acariciaba la espalda, le besaba las sienes húmedas. Después de un rato, empezó a moverse otra vez, apenas, pequeños círculos dentro de ella. Lucía gimió, cansada pero incapaz de parar.
La tercera vez fue casi sin moverse: solo contrayendo los músculos, apretándose el uno al otro, respirando el mismo aire. Cuando él se corrió de nuevo fue un suspiro largo, casi doloroso de tan intenso. Ella sintió cada gota y se corrió con él, en silencio, solo temblando.
Al final se quedaron abrazados de lado, aún unidos, el semen y el flujo resbalando lentos por la sábana. Afuera ya clareaba. El estudio olía a sexo puro, a piel, a pintura y a algo que ninguno de los dos quería nombrar todavía.
Rafael le besó la frente, la nariz, los labios.
Lucía cerró los ojos contra su pecho y susurró, casi dormida:
-No te salgas nunca.
Él sonrió contra su pelo.
Y no se salió.

