Capítulo 1 – La llegada del intruso
El sol de julio caía a plomo sobre la casa, un viejo caserón de piedra y tejas rojas rodeado de pinos altos que apenas daban sombra. Dentro, el aire acondicionado zumbaba perezoso, pero no llegaba a enfriar del todo los rincones más alejados. Dante llevaba semanas solo allí, disfrutando del silencio que sus padres habían dejado al partir rumbo a un crucero largo por el Mediterráneo. A sus veintiocho años, había convertido la planta baja en su oficina improvisada: portátil sobre la mesa del comedor, papeles desperdigados, botellas de agua medio vacías. Arriba, su habitación seguía intacta desde la adolescencia, con la cama grande y las persianas siempre a medio bajar para que la luz no molestara.
El viernes por la tarde, el silencio se rompió.Primero fue el crujido de neumáticos sobre la grava del camino de entrada. Luego, el motor de un taxi que se detenía. Voces jóvenes, risas que entraban por las ventanas abiertas como un viento caliente. Dante dejó el café a medio beber y se acercó al ventanal del salón sin prisa, las manos metidas en los bolsillos del pantalón negro de algodón.
Desde allí vio todo con claridad.Lucía bajó primero del taxi. Veintidós años, el pelo largo y oscuro recogido en una coleta alta que se movía con cada gesto. Llevaba una camiseta blanca ajustada que se pegaba al sudor de la espalda, shorts vaqueros cortos que dejaban al descubierto las piernas largas y morenas por el sol del campus. Se estiró al salir, arqueando la espalda ligeramente, y el movimiento levantó la camiseta lo justo para mostrar un tramo de piel suave en la cintura.
Dante sintió que algo se le tensaba en el estómago, como siempre que la veía después de meses sin coincidir.
Detrás de ella bajó el chico. Pablo. Alto, hombros anchos de gimnasio, camiseta gris que marcaba pectorales, pantalones cargo y zapatillas blancas impecables. Cargaba dos maletas como si quisiera demostrar fuerza, sonriendo a Lucía mientras le decía algo que la hizo reír de nuevo. Dante memorizó el nombre en cuanto lo oyó: Pablo.
No bajó a recibirlos de inmediato. Se quedó en lo alto de la escalera interior, apoyado en la barandilla de madera oscura, observándolos desde arriba mientras arrastraban las maletas por el vestíbulo de mármol.
El olor llegó antes que ellos: protector solar mezclado con sudor limpio de viaje, el perfume de Lucía -ese mismo de siempre, vainilla cálida con un toque de jazmín- que se extendía por el aire quieto como una promesa.
Lucía alzó la vista y lo vio.
-¡Dante! -gritó con esa voz alegre que usaba cuando quería romper el hielo-. ¿Vas a quedarte ahí como un fantasma o bajas a ayudar a tu hermanita favorita?
Dante sonrió apenas, una curva mínima en los labios, y bajó los escalones con calma deliberada. Cada paso resonaba en el suelo. Cuando llegó abajo, Pablo ya le tendía la mano con entusiasmo.
-Encantado, tío. Pablo. He oído mucho de ti.
Dante estrechó la mano. Firme, seco, lo justo para que el otro sintiera la presión sin que pareciera desafío abierto.
-Dante -dijo simplemente, la voz grave y baja.Lucía los miraba alternativamente, los ojos brillantes de diversión.
-Pablo se queda unos días conmigo, hasta el martes o miércoles como mucho. Tiene que volver a la ciudad por curro. ¿Te parece bien? No queremos molestar.
Dante asintió sin cambiar la expresión. Por dentro, el cable se tensó más.
-No molestáis. Hay espacio de sobra.
Tomó la maleta más pesada -la de Pablo- sin pedir permiso y empezó a subir. Los otros lo siguieron. Dante iba detrás de Lucía ahora, viendo cómo la coleta se balanceaba con cada escalón, cómo los shorts se arrugaban en la parte trasera al subir, dejando ver fugazmente el borde de las bragas blancas de algodón cuando ella se inclinaba para equilibrar su propia maleta. El olor de su piel subía hasta él: calor, vainilla, un leve rastro salado de sudor en la nuca. Dante respiró hondo por la nariz, lento, guardándolo.
La habitación de Lucía estaba al otro lado del pasillo respecto a la suya. Seguía igual que siempre: cama king size con sábanas blancas, cortinas ligeras que dejaban pasar la luz tamizada, el escritorio junto a la ventana con vistas al jardín trasero. Dante dejó la maleta de Pablo junto a la puerta y la de ella sobre el baúl al pie de la cama.
-Si necesitáis toallas limpias, están en el armario del pasillo.
La piscina está lista si queréis usarla.Lucía se acercó y le dio un abrazo rápido, de esos que siempre habían sido familiares. Pero ya no lo eran del todo. El cuerpo de ella se pegó al suyo más tiempo del necesario: pechos presionando contra su torso, caderas rozando apenas, el calor de su piel atravesando la camiseta fina. Dante sintió el latido acelerado de ella contra su pecho, o quizá era el suyo propio. Aspiró su olor sin poder evitarlo -profundo, hasta el fondo de los pulmones- y puso una mano en la cintura de ella, los dedos extendidos sobre la curva, sintiendo la piel cálida bajo la tela.
-Gracias por dejarnos invadir tu fortaleza -susurró Lucía contra su hombro, la voz baja y juguetona.
Dante no respondió de inmediato. Solo apretó un poco más la mano en su cintura antes de soltarla.
-No es invasión -dijo al fin-. Es tu casa también.
Pablo carraspeó desde la puerta, sonriendo.
-Venga, vamos a deshacer maletas antes de que nos derritamos.
Esa noche cenaron en la terraza trasera, bajo el toldo que apenas contenía el calor residual del día. Dante preparó la parrilla porque era lo único que le salía sin pensar: chuletas gruesas, verduras a la plancha, cerveza fría sacada del frigorífico. Pablo hablaba sin parar: su trabajo en una agencia de marketing digital, los viajes que planeaban con Lucía para septiembre, el gimnasio nuevo al que iba. Lucía lo miraba con esa expresión de enamorada reciente, los ojos brillantes bajo las luces tenues de la terraza, la mano rozando la de él cada pocos minutos sobre la mesa de madera.
Dante comía despacio, bebiendo cerveza en sorbos largos. Observaba cada detalle: cómo Pablo pasaba el brazo por los hombros desnudos de Lucía -ella llevaba un top corto de tirantes que dejaba ver la piel morena y el borde del sujetador-, cómo la mano del chico bajaba despacio por la espalda hasta posarse justo encima del culo, un gesto casual de pareja. Cómo Lucía se inclinaba hacia él cuando reía, el pelo cayendo sobre un hombro, el olor de su perfume mezclándose con el humo de la parrilla.Después de la cena, Pablo propuso bañarse en la piscina. Era casi medianoche, pero el agua estaba templada por el sol del día y la luz subacuática iluminaba el fondo turquesa.
-Yo me quedo recogiendo -dijo Dante con calma-. Id vosotros.Se quedó en la cocina, lavando platos que no necesitaban lavarse del todo, escuchando las risas que llegaban desde el jardín. El sonido de cuerpos chapoteando, salpicaduras, la voz de Lucía gritando algo juguetón. Apagó la luz principal para que no lo vieran desde fuera y se acercó a la ventana grande que daba directamente a la piscina.Lucía se había quitado los shorts y el top junto al borde y nadaba en bragas y sujetador blanco. La tela mojada se pegaba a su piel como una segunda capa, marcando los pezones endurecidos por el agua fresca, el triángulo oscuro entre las piernas.
Pablo la perseguía, la atrapaba por la cintura, la levantaba en el agua con facilidad. En un momento la besó contra el borde de azulejos, profundo y lento, las manos de él subiendo por los muslos mojados de ella hasta meterse bajo el agua. Lucía rodeó la cintura del chico con las piernas, riendo contra su boca, el cuerpo arqueado hacia él.
Dante sintió que la mandíbula se le ponía dura como piedra. La polla empezó a endurecerse contra la tela del pantalón, pesada y caliente. No se tocó. Solo miró, respirando despacio por la nariz, memorizando cada gesto: cómo Pablo deslizaba los tirantes del sujetador hacia abajo, cómo Lucía dejaba que lo hiciera sin protestar, cómo el chico bajaba la cabeza y lamía el agua de sus pechos, succionando un pezón hasta hacerla gemir bajito. Vio las manos de ella en el pelo húmedo de él, tirando ligeramente, arqueando más la espalda para ofrecerse.
No follaban todavía. Solo se tocaban, se besaban con lengua, se excitaban en el agua como dos adolescentes cachondos. Pero era suficiente para que Dante sintiera los celos como un nudo ardiente en el estómago.
Cuando volvieron dentro, envueltos en toallas grandes, el pelo goteando sobre los hombros, Dante ya estaba en el salón fingiendo ver una serie en la televisión grande. Los saludó con un gesto vago desde el sofá.
Lucía pasó cerca de él camino a las escaleras, la piel todavía húmeda brillando bajo la luz tenue, oliendo a cloro y a ese aroma dulce suyo que ahora se mezclaba con algo más: excitación contenida, calor entre las piernas.
-Buenas noches, hermanito -dijo en voz baja, casi un susurro ronco, deteniéndose un segundo junto al sofá.
Dante levantó la vista y la miró directamente a los ojos. Los de ella estaban oscuros, las pupilas dilatadas, las mejillas sonrosadas por el agua y por lo que había pasado fuera.
-Buenas noches, Lucía -respondió él, la voz más grave de lo habitual.
Ella subió. Pablo la siguió, la mano en su cintura mojada.
Dante esperó media hora larga. Luego apagó todas las luces de abajo y subió también sin hacer ruido.
El pasillo del primer piso estaba oscuro y fresco. La puerta de la habitación de Lucía estaba cerrada, pero no del todo: quedaba una rendija de dos o tres centímetros, suficiente para que se filtrara un hilo de luz cálida y se escaparan sonidos.
Dante se detuvo frente a ella, de pie en la penumbra.Dentro se oían murmullos, risas contenidas que se cortaban de pronto. El crujido de la cama al moverse. El sonido inconfundible de besos húmedos, lenguas chocando, respiraciones que se aceleraban. Un gemido bajo de Lucía cuando algo -una mano, una boca- la tocaba justo donde quería.
Dante no abrió la puerta. No necesitaba hacerlo para imaginarlo todo.Se quedó allí de pie, en la oscuridad absoluta, escuchando cómo su hermana gemía bajito contra la boca de otro hombre. Cómo el colchón se movía con ritmo lento. Cómo ella susurraba el nombre de Pablo con voz entrecortada.
Y decidió, sin palabras, sin prisa, que aquello no iba a durar mucho más.
Que lo que siempre había considerado suyo no iba a compartirlo con nadie.
Capítulo 2 – El juego de las miradas y los silencios
El sábado amaneció con un calor pegajoso que se colaba por todas las rendijas. Dante se levantó temprano, como siempre, antes de que el sol quemara de verdad. Bajó a la cocina en pantalones cortos de deporte y nada más, la piel todavía fresca de la ducha fría que se había dado para bajar la erección que lo había tenido despierto hasta las tantas. La imagen de Lucía en la piscina, con la tela mojada pegada a los pezones, y luego los sonidos que habían salido de su habitación, se le repetían en bucle. No se había tocado. No iba a darle a Pablo esa satisfacción indirecta.
Preparó café fuerte y se sentó en la terraza trasera con el portátil, fingiendo trabajar. En realidad, escuchaba la casa. Oyó la ducha del piso de arriba, pasos descalzos sobre el mármol, risas bajas que bajaban por la escalera. Lucía y Pablo aparecieron casi a la vez, los dos con el pelo húmedo, ella en un bikini diminuto cubierto por una camiseta larga de él que le llegaba a medio muslo, él en bañador y nada más.
-Buenos días -dijo Lucía al verlo, la voz todavía ronca del sueño o de lo que hubieran hecho antes de bajar.
Dante levantó la vista del ordenador apenas un segundo, lo suficiente para recorrerla entera: las piernas desnudas, los pies descalzos, la camiseta que se le pegaba un poco al pecho por el agua residual del pelo. Los pezones marcándose bajo la tela fina.
-Buenos días -respondió él, seco.
Pablo se sirvió café como si la casa fuera suya.
-Qué puta pasada de piscina, tío. Anoche nos dimos un buen chapuzón.
Dante no contestó. Solo miró a Lucía mientras ella se sentaba frente a él, cruzando las piernas de forma que la camiseta subiera un poco más por los muslos. Ella lo notó. Lo miró a los ojos un segundo largo, desafiante, y luego apartó la vista hacia Pablo con una sonrisa.
El día transcurrió en una lentitud agonizante.
Fueron a la piscina otra vez. Dante se quedó dentro, supuestamente trabajando, pero desde la ventana del salón los veía perfectamente. Pablo untaba crema solar en la espalda de Lucía, las manos grandes deslizándose despacio por la piel morena, bajando hasta el borde del bikini, metiendo los dedos apenas bajo la tela del culo. Ella se dejaba, cerraba los ojos, apoyaba la cabeza en los brazos cruzados sobre la tumbona. Dante observaba cada movimiento, cada caricia, el modo en que las caderas de Lucía se movían imperceptiblemente cuando Pablo llegaba demasiado cerca del centro.No se tocó. Solo miró.
Al mediodía comieron ensalada y fruta en la cocina. Lucía se había puesto un pareo ligero sobre el bikini, pero la tela era tan fina que se transparentaba con la luz del ventanal. Se sentó al lado de Pablo, pero enfrente de Dante. Cada vez que se inclinaba para coger algo, el escote de la camiseta -ahora suya propia, más ajustada- dejaba ver el canal entre los pechos, el borde del bikini todavía húmedo. Dante comía despacio, los ojos fijos en ella cuando Pablo no miraba.
En un momento, Pablo fue al baño. Quedaron solos un minuto.Lucía se levantó para servirse agua. Pasó por detrás de Dante, tan cerca que el pareo rozó su hombro desnudo. Se detuvo un segundo, la cadera casi tocando su brazo.
-Tienes cara de mala leche hoy -susurró ella, inclinándose lo justo para que él oliera su piel: sol, crema, vainilla caliente.
Dante no giró la cabeza. Solo habló bajo.
-Tal vez sea porque hay un imbécil tocando lo que no debería.
Lucía se quedó quieta. Luego rio bajito, como si fuera una broma.
-No seas tonto.
Se alejó. Pero Dante notó cómo sus muslos se rozaban al caminar, cómo el calor de su cuerpo se quedó flotando un segundo en el aire.
La tarde fue peor.
Pablo propuso ver una película en el salón, con el aire acondicionado a tope. Se tumbaron los tres en el sofá grande: Pablo en el centro, Lucía acurrucada contra él, Dante en el extremo opuesto. La película era una comedia tonta que nadie seguía de verdad. La habitación estaba en penumbra, solo la luz de la pantalla.
Pablo empezó a acariciar el muslo de Lucía despacio, subiendo la mano bajo el pareo. Ella no lo detuvo. Dante veía todo desde su ángulo: la mano del chico deslizándose entre las piernas de ella, los dedos rozando el borde del bikini, el modo en que Lucía cerraba los ojos y mordía el labio inferior. Oyó el suspiro bajo que soltó cuando Pablo encontró el sitio exacto.
Dante no se movió. Solo miró la pantalla como si estuviera interesado, pero cada fibra de su cuerpo estaba tensa. Sentía la polla dura contra el pantalón, pesada, palpitando con cada gemido contenido que Lucía dejaba escapar.
En un momento, Pablo susurró algo al oído de ella. Lucía rio bajito y negó con la cabeza. Pero no apartó la mano.
Dante se levantó sin decir nada, fue a la cocina a por agua. Desde allí los veía reflejados en el cristal de la puerta: Pablo besando el cuello de Lucía, la mano moviéndose más rápido bajo la tela, ella arqueando la espalda contra el sofá.
Cuando volvió, se sentó en el mismo sitio. Lucía lo miró de reojo, las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos. Había humedad en sus ojos. Dante sostuvo la mirada hasta que ella la bajó.
La noche llegó como un alivio y una tortura mayor.
Cenaron fuera otra vez, pero la tensión flotaba en el aire como humo. Pablo hablaba de planes para el día siguiente: quizá ir a la playa cercana, o quedarse en la piscina. Lucía asentía, pero sus ojos se desviaban hacia Dante cada pocos segundos.
Después de la cena, Pablo dijo que estaba muerto y subió a ducharse. Lucía se quedó recogiendo platos con Dante.
Estaban solos en la cocina. El silencio era denso.
Lucía lavaba, él secaba. Sus brazos se rozaban cada vez que ella le pasaba un plato. El olor de ella lo envolvía: sudor limpio del día, crema solar, el aroma dulce que siempre llevaba entre las piernas después de estar excitada tanto tiempo.
En un momento, ella se inclinó para poner un vaso en el armario bajo. El pareo se levantó por detrás, dejando ver el culo redondo cubierto solo por la tira del bikini. Dante se quedó mirando la piel suave, la marca leve del sol, el modo en que las nalgas se separaban ligeramente al agacharse.
Lucía se incorporó despacio, sabiendo que él miraba.
-No seas cotilla -dijo sin volverse, la voz juguetona.
Dante dejó el paño sobre la encimera y se acercó un paso. No la tocó. Solo se colocó detrás, tan cerca que ella sintió el calor de su cuerpo.
-No soy yo el que toca lo que no es suyo -susurró él contra su nuca.
Lucía se quedó quieta. El agua seguía corriendo en el fregadero. Dante olió su pelo, el sudor caliente de la piel, el olor a sexo que todavía llevaba encima desde la tarde.
Ella giró la cabeza apenas.
-Pablo es mi novio.
Dante sonrió sin humor.
-Por ahora.
Lucía apagó el grifo. Se volvió hacia él, los ojos oscuros, la respiración un poco acelerada.
-No seas estúpido, Dante.
Él no respondió. Solo la miró fijamente hasta que ella apartó la vista.
Subieron casi al mismo tiempo. Pablo ya estaba en la habitación de Lucía, la ducha había terminado. Dante pasó por delante de la puerta -otra vez entreabierta, como si lo hicieran a propósito- y oyó la risa de Pablo, el sonido de la cama al recibir dos cuerpos.
Esa noche la rendija era más ancha. Cuatro centímetros. Suficiente para ver sombras moviéndose.
Dante no se detuvo tanto tiempo como la noche anterior. Pero sí lo suficiente para oír cómo Pablo gemía el nombre de Lucía mientras la follaba despacio, cómo ella respondía con suspiros ahogados, cómo el cabecero golpeaba la pared con ritmo constante.
Se metió en su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.
Se duchó con agua helada.
No se tocó.
Pero decidió que el domingo sería el último día que Pablo pasaría en esa casa.
Y que Lucía iba a empezar a sentir lo que significaba ser mirada de verdad.
Capítulo 3 – Castigos sutiles y proximidad peligrosa
El domingo empezó con una calma falsa, como la quietud antes de una tormenta que todos sienten en los huesos pero nadie menciona.
Dante se levantó antes que los demás otra vez. Bajó descalzo, solo con los pantalones de pijama bajos en las caderas, el torso desnudo todavía marcado por el calor de la noche. No había dormido bien. Los sonidos de la habitación de Lucía se le habían metido en la cabeza como un martillo lento: el ritmo de los cuerpos, los gemidos ahogados de ella, el gruñido final de Pablo. Se había quedado despierto imaginando cada detalle, la polla dura y palpitante contra el colchón, negándose a tocarse porque hacerlo habría sido aceptar que otro hombre la estaba poseyendo.
Preparó el desayuno con movimientos precisos: huevos revueltos, tostadas, zumo recién exprimido, café fuerte. Lo dispuso todo en la mesa de la terraza porque sabía que bajarían en bañador y querrían comer fuera. Cuando oyó pasos en la escalera, ya estaba sentado leyendo el periódico digital en la tablet, fingiendo indiferencia.
Lucía apareció primero. Llevaba un bikini nuevo, negro esta vez, con tiras finas que se anudaban al cuello y a la espalda. La parte de abajo era tan pequeña que apenas cubría el monte de Venus, dejando al descubierto las curvas de las caderas y el inicio del culo. El pelo lo llevaba suelto y húmedo, como si se hubiera duchado rápido. Los pezones se marcaban bajo la tela fina, endurecidos por el aire fresco de la mañana o por lo que hubiera pasado arriba.
-Buenos días -dijo ella al verlo, la voz suave pero con un temblor apenas perceptible.Dante levantó la vista despacio, recorriéndola de los pies a la cabeza sin disimulo. Se detuvo en los muslos, en el triángulo negro, en los pechos, en el cuello donde aún había una marca leve de succiones de la noche anterior.
-Buenos días -respondió él, la voz baja y ronca.Pablo bajó segundos después, en bañador flojo y camiseta, bostezando.
-Qué olor, tío. Me muero de hambre.
Se sentaron. Dante en la cabecera, Pablo y Lucía uno al lado del otro. El desayuno transcurrió en un silencio incómodo roto solo por comentarios banales sobre el tiempo, la piscina, los planes del día. Dante observaba cada gesto: cómo Pablo pasaba la mano por la espalda desnuda de Lucía para apartarle el pelo, cómo ella se inclinaba hacia él al reír, cómo los dedos del chico rozaban el tirante del bikini como al descuido.Cuando terminaron, Pablo propuso ir a la playa cercana.Lucía miró a Dante un segundo.
-¿Vienes con nosotros?Dante negó con la cabeza, lento.
-Tengo trabajo pendiente. Id vosotros.Pablo se encogió de hombros.
-Mejor, así estamos solos un rato.Lucía no dijo nada. Pero Dante vio cómo se mordía el labio inferior un instante.
Se marcharon media hora después. Dante los vio desde la ventana del piso de arriba: el coche de Pablo arrancando, la mano de él en el muslo desnudo de ella mientras conducía. Esperó a que el sonido del motor se perdiera en la carretera.
Entonces empezó a moverse.
Primero entró en la habitación de Lucía. La puerta estaba abierta, la cama sin hacer. Las sábanas olían a sexo: sudor, semen seco, el aroma dulce y almizclado de ella entre las piernas. Dante se acercó, respiró hondo por la nariz, dejando que el olor le llenara los pulmones. Tocó la almohada donde había estado la cabeza de Lucía, luego la sábana arrugada donde sus cuerpos se habían movido. Encontró una braga tirada en el suelo: blanca, con una mancha húmeda en el centro. La recogió, la llevó a la nariz. Olía a ella pura, a coño excitado y corrido.
Se la guardó en el bolsillo.
Bajó a la piscina y recogió la toalla que ella había usado el día anterior. Todavía guardaba su olor.
No se masturbó. Solo guardó todo como pruebas.
Ellos volvieron al mediodía, morenos y salados por el mar. Lucía traía el pelo lleno de arena, el bikini pegado al cuerpo por el agua salada. Pablo cargaba una nevera con cervezas.
Dante los esperaba en la cocina, preparando comida.
-¿Qué tal la playa? -preguntó sin mirar.
-Genial -dijo Pablo-. Agua cristalina, casi no había gente.
Lucía se acercó al frigorífico, rozando el brazo de Dante al pasar. El contacto fue breve, pero el calor de su piel quemó.
-Teníamos la cala casi para nosotros -añadió ella, la voz baja.
Dante giró la cabeza y la miró. Ella sostuvo la mirada un segundo, las mejillas sonrosadas por el sol y por algo más.
La tarde fue un juego calculado.
Dante propuso hacer una barbacoa por la noche. Necesitaba ayuda para preparar la carne, cortar verduras, encender el fuego. Pablo dijo que estaba reventado y se echó la siesta. Lucía se quedó.
Estuvieron solos en la cocina más de una hora.
Dante la colocó a su lado frente a la encimera. Le pasaba los cuchillos, los tomates, los cuencos. Cada vez que ella se inclinaba, él se acercaba un poco más. Sus brazos se rozaban constantemente. En un momento, ella alcanzó un bol alto y él se colocó detrás para ayudarla, el pecho pegado a su espalda, la polla semi-dura rozando apenas el culo a través de las telas.
Lucía se quedó quieta, la respiración acelerada.
-No llegas -susurró Dante contra su oído, la voz grave.
Ella no respondió. Solo dejó que él cogiera el bol, que su mano libre se posara un segundo en la cintura desnuda, los dedos extendidos sobre la piel caliente.
Cuando terminaron de cortar, Dante la mandó a por carbón al garaje.
-Ve tú. Yo termino aquí.
Lucía obedeció sin protestar.
El garaje estaba fresco y oscuro. Ella tardó en volver. Cuando lo hizo, traía las mejillas encendidas y la respiración agitada.
Dante la miró.
-¿Todo bien?
-Sí -dijo ella, evitando sus ojos.
Él sabía por qué había tardado: el garaje tenía un espejo grande. Se había mirado, se había tocado pensando en el roce de antes. Lo olía en ella: el aroma dulce y húmedo que empezaba a salir de entre sus piernas.
La barbacoa fue al atardecer.
Pablo bebió cerveza tras cerveza, hablando alto, riendo fuerte. Lucía estaba más callada, sentada entre los dos pero más cerca de Dante. Cada vez que Pablo se levantaba a por otra bebida, Dante aprovechaba.
Le rozaba la rodilla con la suya bajo la mesa. Le pasaba la salsa y dejaba que sus dedos se enredaran un segundo de más. En un momento, Pablo fue al baño. Dante se inclinó hacia ella.
-Te has quemado el hombro -dijo.
Tocó la piel roja con la yema de los dedos, despacio, como si aplicara crema. Lucía se estremeció.
-No me he quemado -susurró.
Dante no apartó la mano. Bajó los dedos por el brazo, hasta el codo, hasta la muñeca.
-Entonces es otra cosa lo que te tiene tan caliente.
Lucía apartó la mano de golpe cuando oyó los pasos de Pablo volver.
La noche cayó.
Pablo estaba borracho, cansado. Dijo que se iba a la cama temprano porque al día siguiente tenía que madrugar para volver a la ciudad.Lucía lo acompañó arriba.
Dante recogió solo. Esperó.
Media hora después, oyó la puerta de la habitación de Lucía cerrarse. Pasos en el pasillo. Lucía bajaba en camisón corto, descalza, a por agua.
Pasó por la cocina. Dante estaba allí, bebiendo un vaso lento.
Se miraron.
-No puedes dormir -dijo él. No era pregunta.
Lucía negó con la cabeza.
-Pablo está KO.
Dante se acercó despacio. Ella no retrocedió.
Se colocó frente a ella, tan cerca que sus pechos casi se tocaban. Olió su aliento: cerveza, sal, deseo.
-Te he visto todo el día -susurró él-. Cómo te rozas las piernas cuando estás sentada. Cómo aprietas los muslos cuando Pablo te toca. Cómo miras hacia mi habitación cuando folláis.
Lucía tragó saliva.
-No es verdad.
Dante sonrió apenas.
-Mentirosa.
Puso una mano en la encimera detrás de ella, acorralándola sin tocarla aún. El calor de sus cuerpos se mezcló.
-¿Sabes lo que he hecho hoy mientras estabais en la playa?
Ella negó con la cabeza, los ojos fijos en los de él.
-He olido tus bragas sucias. Las que dejaste en el suelo después de que él te follara. Todavía olían a tu coño corrido.
Lucía jadeó bajito.
Sus pezones se endurecieron bajo el camisón.
Dante bajó la voz más.
-Y me he guardado el olor. Para cuando te decidas a darme lo que es mío desde siempre.
Lucía respiró agitada. Sus muslos se apretaron visiblemente.
Subió corriendo las escaleras sin decir nada.
Dante esperó una hora.
Luego subió.
La puerta de Lucía estaba cerrada del todo esta vez.
Pero él sabía que ella no dormía.
Y sabía que Pablo se marcharía por la mañana.
Y que entonces empezarían los castigos de verdad.
Capítulo 4
El lunes amaneció con un cielo gris que amenazaba tormenta, como si el tiempo mismo hubiera decidido alinearse con el humor de la casa. Pablo se levantó temprano, maldiciendo la resaca y el tráfico que le esperaba de vuelta a la ciudad. Bajó con la maleta ya preparada, la camiseta arrugada y el pelo revuelto. Lucía lo acompañó hasta la puerta, envuelta en una bata corta que apenas le cubría los muslos, los pies descalzos sobre el mármol frío.
Dante los observó desde la cocina, apoyado en la encimera con una taza de café en la mano. No dijo nada mientras Pablo besaba a Lucía en la entrada, un beso largo y posesivo, la mano del chico bajando por la espalda hasta apretar el culo por encima de la bata. Ella se dejó, pero Dante notó la tensión en sus hombros, la forma en que los dedos de ella se cerraban en puños a los lados.
-Te llamo cuando llegue -dijo Pablo, subiendo al coche.
Lucía asintió, abrazándose a sí misma mientras el motor arrancaba y el vehículo se perdía por el camino de grava.
Entonces se hizo el silencio.
Un silencio denso, pesado, que llenaba toda la casa como agua subiendo.Lucía cerró la puerta despacio y se quedó allí un momento, la espalda contra la madera, respirando hondo. Dante no se movió de la cocina. La vio girar la cabeza hacia él, los ojos grandes y oscuros, las mejillas todavía sonrosadas por el beso o por lo que vendría.
Se acercaron sin hablar.
Ella entró en la cocina descalza, la bata entreabierta dejando ver el camisón de satén debajo, corto y negro, el que se había puesto la noche anterior después de huir de sus palabras. Los pezones se marcaban bajo la tela fina, endurecidos por el aire fresco o por la anticipación. Dante dejó la taza sobre la encimera con calma deliberada.
-Queda café si quieres -dijo él, la voz baja.
Lucía negó con la cabeza. Se detuvo a un metro de distancia, las manos jugueteando con el cinturón de la bata.
-Ya se ha ido -susurró ella, como si necesitara decirlo en voz alta.
Dante asintió lento.
-Ya.
El silencio volvió, pero esta vez estaba cargado de electricidad. Fuera, el primer trueno retumbó lejano.
Lucía dio un paso hacia él.
-No sé qué estás haciendo, Dante.
Él sonrió apenas, una curva oscura en los labios.
-Sí lo sabes.
Otro paso. Ahora estaban a medio metro. El calor de sus cuerpos ya se rozaba en el aire.
Lucía tragó saliva.
-Es un error.
Dante se acercó hasta que sus pechos casi se tocaban. Olió su piel: vainilla, sueño, el leve rastro salado de sudor nervioso en el cuello.
-Tú eres la que trae a un imbécil a mi casa y lo deja follarte con la puerta abierta para que yo oiga todo.Lucía jadeó bajito. Sus pupilas se dilataron.
-No lo hice a propósito.
-Mentirosa -repitió él, la misma palabra de la noche anterior, pero ahora más cerca, más peligrosa.
Puso una mano en la encimera detrás de ella, acorralándola como había hecho antes, pero esta vez sin escapatoria. La otra mano subió despacio, sin tocarla aún, rozando apenas el aire junto a su mejilla.
-He oído cómo gemías su nombre -susurró Dante contra su oído, la voz ronca y grave-. Cómo le pedías que te follara más fuerte. Cómo te corrías gritando como una puta mientras yo estaba al otro lado de la pared con la polla tan dura que dolía.
Lucía tembló visiblemente. Sus muslos se apretaron, el camisón subiéndose un poco al moverse.
-Dante...
Él bajó la mano libre hasta la cintura de ella, los dedos rozando la tela de la bata, sintiendo el calor que emanaba de su vientre.
-He olido tu coño en las sábanas que dejasteis hechas un desastre. He recogido tus bragas sucias y las he guardado porque olían a ti corrida por otro. ¿Sabes lo que eso me hace?
Lucía respiró agitada, los pechos subiendo y bajando rápido. El olor de su excitación empezó a filtrarse en el aire: dulce, almizclado, caliente.
-No... no deberíamos...
Dante sonrió contra su cuello, sin besarlo aún, solo respirando su olor.
-Deberíamos haberlo hecho hace años. Cuando tenías dieciséis y me mirabas mientras te cambiabas con la puerta entreabierta. Cuando venías a mi cama después de una pesadilla y te pegabas a mí como si ya supieras lo que querías.Lucía cerró los ojos. Un gemido bajo escapó de su garganta.
-Eras mi hermano...
-Soy tu hermano -corrigió él-. Y eso no ha cambiado nada. Sigues siendo mía. Siempre lo has sido.
La mano de Dante bajó por fin hasta la cadera de ella, agarrando la tela de la bata, abriéndola despacio. El camisón negro se reveló entero: corto, ajustado, los tirantes finos, el escote profundo dejando ver el canal entre los pechos. Los pezones duros como piedras.
Lucía no se resistió. Solo temblaba.
Dante deslizó la mano por debajo del camisón, rozando la piel desnuda del muslo interno, subiendo despacio hasta el borde de las bragas. Eran de encaje, húmedas ya.-
Te has mojado solo con que te hable así -susurró él, los dedos rozando la tela empapada sin hundirse aún-. Tu coño chorrea pensando en lo que te voy a hacer ahora que estamos solos.
Lucía jadeó, las manos subiendo por fin hasta los hombros de él, agarrando la camiseta.
-Dime que pare -dijo Dante, la voz peligrosa-. Dime que no quieres que te toque como él nunca ha sabido.
Ella no dijo nada. Solo apretó más los dedos en su piel.
Dante gruñó bajo y la empujó contra la encimera, alzándola con facilidad hasta sentarla en el frío granito. La bata cayó abierta del todo. Separó sus piernas con las caderas, colocándose entre ellas. La polla dura presionó contra el centro de ella a través de las telas, pesada y caliente.Lucía gimió alto, arqueando la espalda.
Dante no la besó aún. Solo la miró a los ojos mientras frotaba despacio la erección contra su coño empapado, sintiendo cómo las bragas se hundían entre los labios hinchados.
-He esperado años para esto -susurró-. Para tenerte abierta y mojada solo para mí.
Lucía intentó besarlo, pero él giró la cabeza, negándoselo.
-Todavía no. Primero vas a sentir lo que es que te miren de verdad.
Bajó la mano entre sus piernas, apartó las bragas a un lado y rozó los labios resbaladizos con los dedos. Estaban hinchados, calientes, chorreando jugos espesos que le empaparon la piel al instante.
-Joder, cómo hueles -gruñó Dante, llevando los dedos a la nariz, aspirando profundo-. A sexo puro. A coño que necesita polla desde hace días.
Lucía gimió, las caderas moviéndose solas buscando más contacto.
Dante metió un dedo despacio, hasta el fondo, sintiendo cómo las paredes se contraían alrededor, calientes y aterciopeladas.
-Estás tan apretada... -susurró-. Él no te llena, ¿verdad? Por eso gimes tan fuerte cuando te folla. Porque buscas algo más grande. Algo que te parta en dos.
Lucía lloriqueó, la cabeza echada hacia atrás.Dante añadió un segundo dedo, curvándolos dentro, buscando ese punto que la hacía temblar. Lo encontró rápido. Ella gritó bajito, las uñas clavándose en sus hombros.
-Mírame -ordenó él.
Lucía abrió los ojos, vidriosos de placer.
-Quiero que me mires mientras te follo con los dedos. Que veas quién te está haciendo correrte por fin.
Empezó a mover la mano con ritmo lento pero profundo, los dedos entrando y saliendo con sonidos húmedos y obscenos que llenaban la cocina. El jugo de ella chorreaba por la muñeca de él, goteando sobre la encimera.
Lucía gemía sin control, las caderas persiguiendo cada embestida digital.
Dante se inclinó y lamió el sudor de su cuello, mordiendo suave la piel sensible bajo la oreja.
-Córrete para mí -susurró-. Quiero sentir cómo tu coño aprieta cuando piensas en mí dentro.
Lucía gritó, el cuerpo convulsionando, las paredes vaginales contrayéndose alrededor de los dedos en espasmos largos y fuertes. El orgasmo la atravesó como un rayo, los muslos temblando, el jugo saliendo a chorros que empaparon la mano de Dante.
Él no paró. Siguió moviendo los dedos más despacio, prolongando las contracciones, hasta que ella lloriqueó de sensibilidad.
Solo entonces sacó los dedos, los llevó a la boca y los chupó despacio, saboreando su sabor salado y dulce.
Lucía lo miró, jadeando, los ojos llenos de lágrimas de placer.
Dante la bajó de la encimera con cuidado, pero no la soltó. La mantuvo pegada a él, la polla todavía dura presionando su vientre.
-Esto es solo el principio -susurró contra su frente-. Ahora que estamos solos, vas a aprender lo que es ser mía de verdad.Lucía tembló entre sus brazos.
Y fuera, la tormenta por fin estalló, la lluvia golpeando las ventanas como miles de dedos impacientes.
Capítulo 5 – El preludio interminable
La tormenta se había desatado con furia, la lluvia azotando las ventanas como miles de uñas impacientes, el viento aullando entre los pinos. Dentro de la casa, el aire estaba cargado de ozono y de algo mucho más primitivo. Lucía temblaba entre los brazos de Dante, el cuerpo todavía convulsionando con las réplicas del orgasmo que él le había arrancado con los dedos en la cocina. El jugo de su coño le chorreaba por el interior de los muslos, empapando las bragas de encaje que él había apartado a un lado sin quitarlas.
Dante la sostuvo contra sí un momento largo, la polla dura presionando su vientre a través de los pantalones, palpitando con cada latido. Respiró hondo contra su pelo, aspirando el olor a sexo y a vainilla que ahora era más intenso, más sucio.
-No hemos terminado ni de empezar -susurró contra su oreja, la voz ronca y peligrosa-. Sube a mi habitación. Ahora.
Lucía levantó la vista, los ojos vidriosos, las mejillas ardiendo. Intentó hablar, pero solo salió un gemido bajo.
Dante la soltó despacio, dejando que sus piernas tocaran el suelo. Ella se tambaleó un segundo, las rodillas flojas. Él no la ayudó. Solo la miró mientras ella se cerraba la bata con manos temblorosas y empezaba a subir las escaleras, descalza, el camisón pegado al culo por el sudor y los fluidos.
Dante la siguió a distancia, observando cómo las nalgas se movían bajo la tela satinada, cómo los muslos se rozaban dejando un rastro brillante de su propia corrida. Subió despacio, dejando que ella sintiera su mirada quemándole la espalda.
La habitación de Dante estaba al final del pasillo, la más grande, con una cama king size y ventanales que daban al jardín oscuro. La luz de un relámpago iluminó todo un segundo: las paredes oscuras, la cama con sábanas negras, el suelo de madera fría.Lucía se detuvo en el centro, esperando.
Dante cerró la puerta tras de sí con un clic suave. No echó la llave. No hacía falta. Ella no iba a irse.Se acercó despacio, quitándose la camiseta por el camino. El torso desnudo brilló bajo otro relámpago: músculos tensos, piel morena, el rastro de vello oscuro bajando hasta la cintura de los pantalones. Lucía lo recorrió con la mirada, mordiéndose el labio inferior.
-Quítate la bata -ordenó él, la voz baja pero firme.
Lucía obedeció. La bata cayó al suelo como un charco de tela.
-Quítate el camisón.
Ella dudó un segundo. Dante esperó, inmóvil, los ojos fijos en los suyos.
Lucía agarró el dobladillo y lo subió despacio por encima de la cabeza, dejando caer la prenda. Quedó en bragas de encaje negro, empapadas, los pechos desnudos subiendo y bajando con la respiración agitada. Los pezones duros, oscuros, apuntando hacia él como si suplicaran.
Dante se acercó hasta quedar a un palmo. No la tocó aún.
-Arrodíllate.
Lucía tragó saliva. Sus rodillas cedieron casi solas. Se arrodilló sobre la alfombra gruesa, las manos en los muslos, mirando hacia arriba.
Dante se desabrochó el botón de los pantalones despacio, bajó la cremallera. La polla saltó libre, pesada y gruesa, la cabeza brillante de precum, venas marcadas palpitando. Era más grande de lo que Lucía había imaginado en sus fantasías prohibidas de adolescencia. Más oscura, más amenazante.
Ella jadeó bajito, los ojos fijos en la erección que ahora estaba a la altura de su boca.Dante agarró la base con una mano y la acercó a sus labios, rozando apenas la piel suave con la punta húmeda.
-Abre la boca.
Lucía abrió los labios temblando. Dante no empujó. Solo dejó que la cabeza descansara sobre la lengua de ella, caliente y salada. Ella gimió al probarlo, el sabor fuerte y masculino llenándole la boca.
-Chúpala despacio -ordenó él-. Quiero sentir cada centímetro de tu lengua antes de follarte la garganta.
Lucía empezó a lamer, tímida al principio, la lengua plana recorriendo la parte inferior, saboreando la vena gruesa que palpitaba. Luego cerró los labios alrededor de la cabeza y succionó suave, tragando el precum que no paraba de salir. Dante gruñó bajo, la mano subiendo al pelo de ella, enredando los dedos sin tirar aún.
-Más profundo.
Ella obedeció, bajando la boca despacio, centimetro a centimetro, hasta que la polla le llenó la garganta y empezó a ahogarse. Las lágrimas brotaron al instante, pero no se apartó. Dante la sostuvo allí unos segundos, sintiendo las contracciones de la garganta alrededor de su polla.
-Saca. Respira.
Lucía retrocedió jadeando, hilos de saliva conectando sus labios a la erección brillante. Dante la dejó recuperar el aliento dos segundos.
-Otra vez. Más profundo.
Repitieron el movimiento una y otra vez, cada vez más lento, más tortuoso. Dante controlaba el ritmo con la mano en su pelo, empujando un poco más cada vez, obligándola a tragar más polla hasta que la nariz de ella rozaba su pubis y las lágrimas le chorreaban por las mejillas.
Los gemidos de Lucía eran constantes, ahogados, vibrando alrededor de la carne que le llenaba la boca.
Dante no se corría. Se contenía a propósito, disfrutando del tormento.
Después de lo que parecieron horas, la sacó por fin, la polla brillante de saliva espesa, palpitando furiosa.
-Levántate.
Lucía se puso en pie tambaleante, la barbilla chorreando saliva, los labios hinchados y rojos.
Dante la empujó hacia la cama, boca arriba. Se colocó entre sus piernas y arrancó las bragas de un tirón, el encaje rasgándose con un sonido seco. El coño de Lucía quedó expuesto: labios hinchados y oscuros, brillante de jugos, el clítoris palpitando visiblemente.Dante se arrodilló entre sus muslos abiertos y respiró hondo, aspirando el olor fuerte a sexo que salía de ella.
-Hueles a puta en celo -gruñó-. A coño que necesita lengua desde hace días.
Bajó la boca despacio, sin tocar aún, solo soplando aire caliente sobre el clítoris. Lucía gimió alto, las caderas levantándose solas buscando contacto.
Dante lamió una vez, larga y lenta, desde el agujero hasta el clítoris, saboreando el jugo espeso y salado que chorreaba sin parar.
-Joder, qué rica estás -susurró contra la carne húmeda-. Dulce y sucia al mismo tiempo.
Empezó a devorarla con calma deliberada: lengua plana recorriendo los labios, succionando el clítoris suave, metiendo la punta en el agujero para recoger más jugo. Lucía gritaba ya, las manos agarrando las sábanas, las caderas moviéndose en círculos desesperados.
Dante la sujetó con las manos en los muslos, abriéndola más, obligándola a quedarse quieta mientras él la torturaba. Lamía despacio, deteniéndose cada vez que ella estaba a punto de correrse, soplando aire frío sobre el clítoris hinchado hasta que ella lloriqueaba de frustración.
-Por favor... -suplicó al fin, la voz rota.
Dante levantó la cabeza, la barbilla chorreando jugos.
-¿Por favor qué?
-Por favor déjame correrme...
Él sonrió oscuro.
-No. Todavía no. Quiero que sufras como yo he sufrido oyéndote follar con él.
Volvió a bajar la boca, esta vez metiendo dos dedos gruesos de golpe mientras succionaba el clítoris con fuerza. Lucía gritó, el cuerpo arqueándose como un arco. Dante curvó los dedos dentro, golpeando ese punto esponjoso una y otra vez, la lengua girando alrededor del clítoris sin piedad.
Ella estaba al borde otra vez. Dante lo sintió en las contracciones, en el modo en que el coño empezaba a apretar sus dedos.
Y paró.
Sacó dedos y boca al mismo tiempo.Lucía lloró de verdad, las lágrimas rodando por las sienes.
-Por favor, Dante... no puedo más...Él se incorporó, la polla rozando el interior de su muslo, dejando un rastro de precum y saliva.
-Ahora vas a masturbarte para mí. Quiero verte meterte los dedos mientras me miras a los ojos. Y no te corras hasta que yo lo diga.
Lucía obedeció al instante, la mano bajando entre las piernas, los dedos hundiéndose en su coño chorreante con sonidos húmedos y obscenos. Empezó a follarse despacio, los ojos fijos en los de él, gimiendo con cada movimiento.
Dante se masturbó al mismo ritmo, la mano grande alrededor de la polla gruesa, subiendo y bajando despacio, la cabeza brillante saliendo y entrando en el puño.
-Mírame -ordenó-. Mira cómo me pongo duro pensando en reventarte el coño.
Lucía gemía más alto, los dedos moviéndose más rápido, el jugo salpicando con cada embestida.
Dante paró su mano.
-Más despacio. O paro yo también.
Ella obedeció, lloriqueando.
Repitieron el juego una y otra vez: ella al borde, él deteniéndola con una palabra. Luego él se inclinó y le azotó el culo con la palma abierta, fuerte, dejando una marca roja en la piel morena.
-Cada vez que estés a punto, me lo dices. Y yo decido si te dejo.
Lucía asintió frenética.
Los azotes siguieron: en el culo, en los muslos internos, en los pechos. Cada golpe hacía que el coño de ella se contrajera, que chorros de jugo salieran disparados.
Dante la puso boca abajo, el culo en alto, y lamió desde el clítoris hasta el ano, la lengua presionando el agujero virgen, saboreando el olor fuerte y prohibido.
Lucía gritó contra la almohada, el cuerpo temblando incontrolable.
Después la volvió boca arriba y metió tres dedos de golpe, estirándola mientras succionaba el clítoris con fuerza. Ella suplicó, lloró, rogó.
Y él paró otra vez.
La tormenta fuera seguía rugiendo. Dentro, Lucía estaba rota de deseo, el cuerpo cubierto de sudor, saliva, jugos, marcas rojas de manos y boca.
Dante se colocó sobre ella, la polla rozando la entrada del coño sin entrar, solo presionando, abriendo los labios resbaladizos.
-Ahora vas a suplicarme que te folle -susurró contra su boca-. Pero todavía no te voy a dar polla. Primero vas a correrte en mi boca hasta que llores de verdad.
Bajó otra vez entre sus piernas y la devoró sin piedad, lengua y dedos trabajando al unísono, llevándola al borde una y otra vez, dejándola caer solo cuando ella estaba al límite de la locura.
Lucía se corrió por fin tres veces seguidas, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando, chorros de squirt empapando la cara de Dante, las sábanas, todo.
Y aun así, él no la penetró.
Se incorporó, la polla palpitando furiosa, al borde también, pero conteniéndose.Lucía yacía exhausta, temblando, el coño rojo e hinchado, chorreando sin parar.
Dante la miró desde arriba, los ojos oscuros de posesión absoluta.
-Mañana seguiré. Y pasado. Hasta que no puedas pensar en otra cosa que en mi polla partiéndote en dos.
Lucía solo pudo asentir, las lágrimas de placer todavía rodando por sus mejillas.
Y fuera, la tormenta empezó a calmarse, como si hubiera esperado el momento exacto para dejarlos solos con su propio infierno privado.
Capítulo 6 – Dominación total y entrega absoluta
La puerta se cerró tras Pablo con un clic definitivo, como si la casa misma hubiera estado conteniendo el aliento durante días y por fin pudiera exhalar. El silencio que siguió fue denso, eléctrico, lleno de todo lo que no se había dicho en las miradas robadas, en los roces disimulados, en las noches en que Dante había escuchado los gemidos de Lucía filtrándose por la rendija de la puerta mientras otro hombre la tocaba.
Lucía se quedó de pie en el vestíbulo, la bata corta abierta sobre el camisón negro de satén, los pies descalzos sobre el mármol frío. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, en los pezones, entre las piernas. Dante estaba en la cocina, apoyado en la encimera, la taza de café olvidada en la mano. La miraba sin parpadear, los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la camiseta ajustada marcando el pecho que subía y bajaba con respiraciones controladas.
No hubo palabras al principio.Lucía dio un paso hacia él. Luego otro. La bata se abrió más con el movimiento, dejando ver el canal entre los pechos, la curva del vientre, el triángulo oscuro bajo el camisón que ya estaba húmedo solo de pensar en lo que venía.
Dante dejó la taza con un golpe seco sobre el granito. Se acercó despacio, cada paso deliberado, hasta quedar a un palmo de ella. El calor de su cuerpo la envolvió antes de que la tocara. Olió su piel: sudor limpio, café, el aroma masculino que siempre había estado ahí, desde que eran adolescentes y ella se colaba en su habitación con excusas tontas.Lucía levantó la vista. Los ojos de él eran negros, dilatados, llenos de una posesividad que ya no disimulaba.
-No te muevas -susurró Dante, la voz grave y ronca, como si llevara días conteniéndose.
Puso las manos en la cintura de la bata y la abrió del todo, despacio, dejando que la tela cayera a los lados. El camisón negro se pegaba al cuerpo por el sudor nervioso, los pezones duros marcándose como piedras bajo el satén. Dante recorrió con la mirada cada centímetro: los pechos pesados, la cintura estrecha, las caderas redondas, los muslos que ya temblaban ligeramente.
Lucía respiró agitada, los labios entreabiertos.
Dante agarró el dobladillo del camisón y lo subió centímetro a centímetro, rozando la piel de los muslos, del vientre, hasta sacárselo por la cabeza. Quedó desnuda excepto por las bragas de encaje negro, empapadas en el centro, la tela hundida entre los labios hinchados.Dante gruñó bajo al ver el coño delineado bajo la tela transparente, el olor dulce y almizclado subiendo hasta él como una droga.
-Quítatelas -ordenó.
Lucía obedeció con manos temblorosas, bajando las bragas despacio por las caderas, por los muslos, hasta dejarlas caer al suelo. El coño quedó expuesto: labios oscuros e hinchados, brillante de jugos, el clítoris palpitando visiblemente, el agujero apretado contrayéndose bajo su mirada.
Dante se quitó la camiseta de un tirón, luego los pantalones. La polla saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza grande y oscura brillante de precum, apuntando hacia ella como una amenaza. Era enorme, más de lo que Lucía había imaginado en sus fantasías prohibidas, las venas marcadas palpitando con cada latido.Lucía jadeó, los ojos fijos en la erección.Dante la agarró por la cintura y la alzó sobre la encimera de la cocina con facilidad, abriéndole las piernas al máximo. Se colocó entre ellas, la polla rozando el interior de los muslos, dejando un rastro húmedo de precum.
-No te voy a follar todavía -susurró contra su boca, tan cerca que sus alientos se mezclaban-. Primero vas a sufrir lo que yo he sufrido estos días.
Bajó la cabeza y lamió un pezón despacio, la lengua plana rodeándolo, succionando fuerte hasta hacerla gemir. Luego el otro, mordiendo suave, tirando con los dientes hasta que ella arqueó la espalda. Las manos de Dante bajaron por el vientre, rozando apenas el monte de Venus, sin tocar el clítoris aún.
Lucía lloriqueó, las caderas moviéndose buscando contacto.Dante sonrió oscuro contra su piel.
-Paciencia.Bajó más, arrodillándose entre sus piernas abiertas. Respiró hondo contra el coño, aspirando el olor fuerte a excitación que chorreaba sin control.
-Hueles a coño que necesita polla desde hace días -gruñó.
Lamió una vez, larga y lenta, desde el agujero hasta el clítoris, saboreando el jugo espeso y salado. Lucía gritó bajito, las manos agarrando su pelo.
Dante la devoró despacio al principio: lengua plana recorriendo los labios, succionando el clítoris suave, metiendo la punta en el agujero para recoger más jugo. Luego más fuerte, más rápido, dos dedos hundiéndose de golpe mientras la lengua giraba sin piedad alrededor del clítoris hinchado.
Lucía se corrió rápido, el cuerpo convulsionando, chorros de squirt saliendo contra la boca de Dante. Él no paró, prolongando el orgasmo hasta que ella lloriqueó de sensibilidad.Solo entonces se incorporó, la polla rozando la entrada empapada.
-Ahora sí.
Empujó despacio, la cabeza gruesa abriendo el agujero apretado centímetro a centímetro. Lucía gritó, las uñas clavándose en sus hombros, las paredes vaginales contrayéndose alrededor de la intrusión.
-Joder... eres enorme... me partes...
Dante gruñó, las manos apretando sus muslos para mantenerla abierta.
-Y tú estás tan apretada que me aprietas como si nunca te hubieran follado de verdad.
Siguió empujando, inexorable, hasta que la polla estuvo enterrada hasta la base, los huevos pesados pegados al culo de ella. Se quedó quieto un momento, dejando que ella sintiera cada vena, cada palpitación.Lucía temblaba, el coño contrayéndose sin control.
Dante empezó a moverse: embestidas largas y profundas al principio, saliendo casi del todo para volver a hundirse lento, sintiendo cómo el coño lo succionaba cada vez. Los sonidos húmedos llenaban la cocina: chap chap chap, jugos chorreando con cada penetración.Lucía gemía alto, los pechos subiendo y bajando rápido.
Dante aceleró gradualmente, los embistes volviéndose más fuertes, más rápidos, la encimera temblando bajo ellos. Agarró su pelo y tiró hacia atrás, arqueándole el cuello para morder la piel sensible.
-Esto es lo que querías -gruñó contra su oreja-. Que te folle yo. Que te reviente el coño que siempre ha sido mío.
Lucía asintió frenética, las lágrimas de placer rodando.
-Sí... tuyo... siempre tuyo...Dante la bajó de la encimera y la giró, doblándola sobre la superficie fría. Entró desde atrás de un empujón brutal, más profundo, los huevos golpeando el clítoris con cada embestida. Azotó el culo fuerte, dejando marcas rojas, cada golpe haciendo que el coño se contrajera más.
Folló así durante lo que parecieron horas: cambiando ángulos, saliendo para lamer el coño lleno de jugos y volver a entrar, alzándola contra la pared para follarla de pie, las piernas de ella rodeando su cintura, luego en el suelo sobre la alfombra del salón, ella cabalgando encima hasta que las piernas le fallaron y él tomó el control desde abajo, embistiendo hacia arriba con fuerza animal.
Cada vez que Lucía estaba al borde, Dante ralentizaba, la torturaba con movimientos lentos y profundos, susurrándole cosas sucias al oído.
-Voy a correrme dentro. Voy a llenarte de leche hasta que chorree por tus muslos cada vez que camines.
Lucía suplicaba, lloraba, se corría una y otra vez alrededor de la polla, squirt saliendo en chorros que empapaban todo.
Dante se contenía a propósito, prolongando la follada, cambiando posiciones: misionero en el sofá con las piernas sobre sus hombros, de lado en las escaleras, contra la ventana del salón mientras el sol entraba, en la piscina al atardecer con el agua templada alrededor, cada superficie de la casa marcada por sus cuerpos sudorosos.
La polla entraba y salía sin parar, el coño de Lucía rojo e hinchado, permanentemente abierto, chorreando jugos constantemente.
Solo cuando el sol empezó a ponerse, cuando Lucía estaba rota de placer, la voz quebrada de tanto gritar, el cuerpo temblando incontrolable, Dante aceleró al máximo.
La puso boca arriba en la cama de su habitación, las piernas abiertas al límite, y embistió salvaje, los ojos fijos en los de ella.
-Ahora me corro dentro. Y no sale ni una gota.
Se hundió hasta el fondo y explotó: leche espesa y caliente saliendo a chorros potentes, golpeando el cervix, llenando el coño hasta que rebosó alrededor de la polla, chorreando por el culo, por las sábanas.
Lucía se corrió con él, el orgasmo final más fuerte que todos los anteriores, el cuerpo convulsionando.
Dante se quedó dentro, palpitando, hasta la última gota.
Luego se derrumbó sobre ella, los cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, respirando agitados.
Lucía temblaba debajo de él, las manos acariciando su espalda.
Dante besó su cuello, posesivo.
-Ahora sí eres mía. Para siempre.
(Fin del relato)

