Esto es un relato basado en una experiencia personal mía. Nunca olvidaré esa noche, porque empezó como cualquier otra reunión de amigos y terminó convirtiéndose en algo que aún me hace mojarme solo de recordarlo.
Llegué a casa de Javier ese sábado por la tarde, con una camiseta ajustada negra que se pegaba a mis tetas firmes y unos leggings grises que marcaban cada curva de mi culo y mis muslos tonificados. El partido era importante, uno de esos que paralizan al país, y la sala ya estaba llena de gente: amigos de siempre, risas, cervezas frías que dejaban anillos húmedos en la mesa, el olor a pizza recién llegada mezclándose con el sudor ligero de los cuerpos apiñados en el sofá grande.
Javier me abrió la puerta con esa sonrisa ladeada que siempre había notado, pero que nunca había interpretado del todo. Treinta y dos años, alto, con hombros anchos de quien levanta pesas sin presumir, pelo oscuro revuelto y una barba de tres días que le daba un aire peligroso. Llevaba una camiseta gris vieja que se estiraba sobre su pecho y unos pantalones de chándal negros que colgaban bajos en sus caderas. Me dio un abrazo rápido al entrar, de esos que duran un segundo de más, y sentí el calor de su cuerpo contra el mío, su mano grande rozando apenas la parte baja de mi espalda.
-Hola, Alana. Pensé que no vendrías -dijo con voz ronca por los gritos del partido que ya había empezado.
-Tenía que ver cómo perdéis otra vez -respondí riendo, y él negó con la cabeza, guiándome al salón.
El sofá estaba abarrotado. Nos sentamos en el suelo, sobre un mar de cojines que alguien había tirado para hacer sitio. Yo acabé entre él y la mesa baja, con las piernas cruzadas y el culo apoyado en un cojín mullido. Javier estaba a mi lado, tan cerca que cada vez que se inclinaba para coger su cerveza, su brazo rozaba el mío. Al principio no le di importancia: era Javier, el amigo de siempre, el que organizaba estas cosas. Pero el partido avanzaba, los goles llegaban, los gritos llenaban la habitación, y cada vez que celebrábamos, su muslo presionaba contra el mío un poco más.
El calor subía. La sala olía a cerveza derramada, a patatas fritas, a cuerpos masculinos excitados por el juego. Yo sentía el sudor bajándome por la nuca, pegando mechones de pelo moreno a mi piel. Javier se movía inquieto a mi lado, y en un momento de euforia, cuando metimos el gol que nos ponía por delante, su mano cayó sobre mi muslo como por accidente. No la quitó de inmediato. La dejó ahí, pesada, caliente, los dedos abiertos sobre el tejido elástico de mis leggings. Sentí el pulso en su palma, el calor que irradiaba a través de la tela fina hasta mi piel.
Lo miré de reojo. Él miraba la pantalla, pero su respiración era más profunda, más lenta. Lentamente, como si no se diera cuenta, sus dedos se movieron apenas, un roce mínimo sobre mi muslo interno. Un escalofrío me recorrió la columna. No dije nada. No me moví. Quería ver hasta dónde llegaba.
La gente empezó a irse cuando el partido terminó. Abrazos, palmadas en la espalda, promesas de verse pronto. Uno a uno, la sala se vació. Solo quedamos Javier y yo, con la tele todavía encendida mostrando los resúmenes, el volumen bajo, y el suelo lleno de botellas vacías, vasos de plástico, cojines desparramados. El aire estaba cargado, denso, como antes de una tormenta.
-Bueno... ayúdame a recoger esto, ¿no? -dijo él, levantándose con una sonrisa cansada.
-Claro -respondí, y me agaché para empezar a recoger botellas.
Nos movíamos por la sala en silencio al principio, recogiendo basura, apilando vasos. Cada vez que pasaba cerca de él, sentía su mirada. No era la mirada de amigo. Era otra cosa. Más oscura. Más hambrienta.
Yo me agachaba para coger una botella del suelo y sentía cómo mis leggings se estiraban, marcando el contorno de mi culo, la raja entre mis nalgas. Sabía que él miraba. Lo sentía en la nuca, como un calor. Cuando me incorporaba, nuestras manos se rozaban al coger la misma botella. Sus dedos se quedaban un segundo de más sobre los míos.
La tele murmuraba algo sobre el partido, pero ninguno de los dos prestaba atención. El suelo estaba lleno de cojines, y en un momento tropecé con uno. Javier me sujetó por la cintura antes de que cayera, sus manos grandes rodeándome, los pulgares rozando justo debajo de mis tetas.
-Cuidado -susurró cerca de mi oído, y su aliento caliente me erizó la piel.
Me giré despacio dentro de su agarre, quedando frente a él. Estábamos tan cerca que podía olerlo: sudor masculino, cerveza, ese olor suyo que siempre había estado ahí pero que ahora me golpeaba como una droga. Sus ojos bajaron a mi boca un segundo, luego volvieron a mis ojos.
-Gracias -dije en voz baja, pero no me aparté.
Sus manos seguían en mi cintura, apretando ligeramente, como probando. Sentí cómo mi cuerpo respondía, cómo mis pezones se endurecían bajo la camiseta, cómo un calor húmedo empezaba a formarse entre mis piernas.
Nos quedamos así un rato eterno. Solo mirándonos. El silencio era denso, cargado de todo lo que no decíamos. Su pulgar se movió apenas, rozando la piel desnuda donde mi camiseta se había subido un poco. Un roce mínimo, pero que me hizo jadear internamente.
-Alana... -dijo por fin, con voz ronca, como si le costara hablar.
-Javier -respondí, y mi voz salió más temblorosa de lo que quería.
Él tragó saliva. Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Sus manos subieron un poco por mi cintura, rozando los costados de mis tetas sin llegar a tocarlas del todo. Yo no me moví. Quería que siguiera. Quería sentir más.
Se acercó un paso. Nuestros cuerpos casi se tocaban. Sentí el calor que emanaba de él, el bulto creciente en sus pantalones de chándal que rozaba apenas mi vientre. Mi respiración se aceleró. Mis tetas subían y bajaban rápido bajo la camiseta, los pezones duros como piedrecitas.
Él bajó la cabeza despacio, como dándome tiempo a apartarme. No lo hice. Sus labios rozaron los míos apenas, un beso fantasma, una promesa. Luego otro, más firme. Su boca sabía a cerveza y a algo más oscuro, más masculino. Su lengua tocó la mía con timidez al principio, luego con más hambre.
Nos besamos allí de pie, entre botellas vacías y cojines tirados, con la tele parpadeando luces azules sobre nuestras caras. Sus manos subieron por mi espalda, atrayéndome contra él. Sentí su polla dura contra mi vientre, gruesa, palpitante a través de la tela fina. Yo presioné mi cuerpo contra el suyo, mis tetas aplastadas contra su pecho, mis caderas moviéndose apenas buscando más contacto.
Sus manos bajaron a mi culo, agarrándolo con fuerza, amasándolo sobre los leggings. Sentí sus dedos clavándose en mi carne, separando mis nalgas ligeramente. Gemí en su boca. Él gruñó en respuesta, mordiendo mi labio inferior.
Nos separamos apenas para respirar. Su frente contra la mía, jadeando.
-Joder, Alana... llevas toda la noche volviéndome loco -susurró contra mi boca.
Sonreí, sintiendo el poder de eso.
-¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto? -pregunté, mi voz ronca de deseo.
Él no respondió con palabras. Me empujó suavemente hacia el sofá, hasta que mis piernas tocaron el borde. Me sentó allí, entre los cojines desordenados, y se arrodilló frente a mí. Sus manos subieron por mis muslos, apretando, masajeando. Yo abrí las piernas instintivamente, dándole acceso.
Sus dedos rozaron el borde de mis leggings, justo donde empezaba el calor entre mis piernas. Sentí cómo estaba ya, empapada, el tejido pegado a mi coño hinchado. Él lo notó también. Presionó allí con los nudillos, un roce firme sobre mi clítoris a través de la tela.
-Ah... -gemí, arqueando la espalda.
-Estás mojada -dijo con voz grave, mirándome a los ojos-. Te has mojado viendo el partido sentada a mi lado, ¿verdad?
Asentí, incapaz de mentir. Había sido así desde el primer roce de su muslo.
-He estado imaginando cómo sería tocarte así desde hace horas -confesó, y sus dedos presionaron más fuerte, haciendo círculos lentos sobre mi clítoris.
Yo gemí más alto, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Él se inclinó y besó mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi piel, mordiendo suavemente. Sus manos subieron mi camiseta despacio, exponiendo mi vientre plano, luego mis tetas cubiertas por el sujetador deportivo negro.
-Quitatela -ordenó en voz baja.
Me obedecí, sacándome la camiseta por la cabeza, quedando en sujetador y leggings. Él gruñó de aprobación al ver mis tetas, firmes, los pezones duros marcándose en la tela. Bajó las copas del sujetador sin quitármelo del todo, exponiendo mis pezones oscuros al aire.
-Joder, qué tetas tan perfectas -murmuró, y se lanzó a mamar uno, chupando fuerte, la lengua girando alrededor del pezón endurecido.
Yo grité de placer, mis manos en su pelo, atrayéndolo más. Chupaba como si estuviera hambriento, pasando de una teta a la otra, mordiendo, lamiendo, dejando marcas rojas en mi piel. Mientras, su mano seguía entre mis piernas, frotando mi coño empapado a través de los leggings.
Necesitaba más. Mucho más.
-Javier... tócame de verdad -supliqué, mi voz rota.
Él levantó la cabeza, los labios hinchados y brillantes de saliva.
-¿Quieres que te toque el coño, Alana?
-Sí... por favor -gemí.
Sonrió con malicia y bajó mis leggings lentamente, junto con las bragas, dejándome desnuda de cintura para abajo. El aire fresco golpeó mi coño depilado, hinchado, chorreando jugos por mis muslos internos. Él se quedó mirando, hipnotizado.
-Joder... mira cómo chorreas. Estás empapada como una puta en celo.
Sus palabras me encendieron más. Abrí las piernas todo lo que pude, exponiéndome completamente. Él se inclinó y olió, profundo, cerca de mi coño.
-Hueles a sexo puro. A coño que necesita que lo coman.
Y entonces lo hizo. Su lengua plana lamió desde mi entrada hasta el clítoris en una pasada lenta, saboreándome. Gemí fuerte, mis manos agarrando los cojines. Sabía exactamente cómo hacerlo: lametones largos y lentos al principio, luego círculos alrededor de mi clítoris hinchado, succionándolo suavemente.
-Chupa más fuerte -supliqué.
Obedeció, succionando mi clítoris como si quisiera tragárselo, metiendo dos dedos dentro de mí de golpe. Estaba tan mojada que entraron fácil, curvándose para tocar ese punto que me hace perder la cabeza.
-¡Sí! Ahí... joder, ahí -grité, mis caderas moviéndose contra su cara.
Me comía el coño como un animal, la cara enterrada entre mis piernas, la barba raspando mis muslos internos, la lengua follándome junto con los dedos. Los sonidos eran obscenos: lametones húmedos, mis jugos chorreando por su barbilla, mis gemidos cada vez más altos.
Me corrí la primera vez así, con su boca pegada a mi clítoris, los dedos bombeando dentro de mí, mi cuerpo convulsionando, chorros de jugo saliendo de mi coño mientras gritaba su nombre.
Pero no paró. Siguió lamiendo más suave, prolongando el orgasmo, hasta que estuve temblando de sensibilidad.
Entonces se levantó, se quitó la camiseta mostrando su torso marcado, los abdominales definidos, el rastro de vello oscuro bajando hasta su pantalón. Se bajó los pantalones de chándal y los boxers de un tirón.
Su polla saltó libre, gruesa, venosa. Era grande, más de lo que había imaginado en mis fantasías secretas. Se agarró la base y la sacudió ligeramente, mirándome con ojos oscuros.
-Ahora te toca a ti, Alana. Quiero esa boca en mi polla.
Me arrodillé frente a él sin dudar, el suelo duro bajo mis rodillas, pero no me importaba. Agarré su polla con una mano, sintiendo cómo palpitaba, caliente y dura como acero. La cabeza estaba hinchada, goteando. Acerqué la lengua y lamí el precum, salado, delicioso.
Él gruñó, su mano en mi pelo.
-Métetela entera. Quiero follarte la garganta.
Abrí la boca y me la metí despacio, centímetro a centímetro, hasta que tocó el fondo de mi garganta. Me ahogué un poco, pero no paré. Empecé a mamar, arriba y abajo, la lengua girando alrededor del tronco, succionando fuerte. Él gemía, sus caderas moviéndose ligeramente, follándome la boca.
-Joder, qué bien mamas... siempre supe que tendrías una boca de puta -dijo entre jadeos.
Sus palabras me excitaron más. Mamé más rápido, más profundo, babeando por las comisuras, los sonidos húmedos llenando la sala. Sus huevos pesados golpeaban mi barbilla con cada embestida.
La sacó de repente, la polla brillante de mi saliva.
-Quiero correrme en tu coño, no en tu boca. Todavía no.
Se colocó entre mis piernas, su polla rozando mi entrada empapada. La cabeza gorda, hinchada y brillante de mi saliva y su precum, presionaba justo ahí, separando apenas mis labios mayores, abriendo mi coño palpitante sin entrar aún del todo. Sentía el calor abrasador de su glande contra mi carne sensible, resbaladizo por los jugos que no paraban de chorrear de mí, mezclándose con la baba que aún colgaba de su tronco venoso. Mi coño se contraía solo, vacío y ansioso, succionando aire como si ya estuviera follándome, rogando por esa invasión gruesa que prometía partirme en dos.
Javier me miró a los ojos, su respiración pesada, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo, sudor perlando su frente y bajando por las sienes hasta perderse en la barba de tres días. Sus manos agarraban mis muslos internos, abriéndome más, los pulgares hundiéndose en la carne suave justo al lado de mi coño, tan cerca que sentía su calor pero sin tocarme donde más lo necesitaba. Su polla palpitaba contra mí, un latido fuerte y constante que sincronizaba con el mío, como si nuestros cuerpos ya estuvieran conectados en esa danza primitiva.
-No te muevas -susurró con voz grave, ronca de deseo contenido-. Quiero sentir cómo late este coño contra mi polla antes de reventarte.
Gemí bajo, mis caderas intentando alzarse para tragármela, pero él presionó con sus caderas hacia abajo, inmovilizándome contra el sofá. Solo la punta entraba un milímetro, estirándome apenas, lo suficiente para que sintiera el grosor prometedor, pero no lo suficiente para saciarme. Era tortura pura. Mi clítoris hinchado rozaba el tronco de su polla cada vez que respiraba, enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo, haciendo que mis paredes internas se contrajeran en espasmos vacíos.
-Joder, Alana... estás tan mojada que me resbalo solo con rozarte -gruñó, moviendo las caderas en círculos lentos, untando su polla con mis jugos, la cabeza saliendo y entrando ese milímetro una y otra vez, abriéndome y cerrándome como una promesa cruel.
El sonido era obsceno desde el principio: un chapoteo húmedo y constante, mis fluidos cubriendo su glande, bajando por su tronco hasta empapar sus huevos pesados que colgaban debajo, balanceándose con cada movimiento mínimo. El olor subía fuerte, animal: mi coño abierto oliendo a sexo desesperado, salado y ácido, mezclado con el almizcle denso de su polla excitada, ese aroma masculino que me hacía salivar.
-Por favor... métemela ya -supliqué, mi voz temblorosa, las manos bajando a sus hombros, clavando las uñas en su piel sudorosa.
Él sonrió con maldad, inclinándose sobre mí hasta que su boca rozó la mía, su aliento caliente contra mis labios.
-Todavía no. Primero quiero que me digas lo puta que eres por querer esta polla después de años siendo solo amigos.
Sus palabras me golpearon como un azote, encendiendo más el fuego entre mis piernas. Mi coño chorreó más, un río caliente bajando por mi raja hasta el culo.
-Soy una puta... tu puta -jadeé-. He querido que me folles desde el primer roce en el sofá, Javier. Métemela... por favor.
Solo entonces empujó. Lento, deliberado, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena marcándose en mis paredes, el grosor abriéndome como nunca, llenándome hasta que creí que no cabría más. Cuando llegó al fondo, sus huevos aplastados contra mi culo, los dos gemimos fuerte, un sonido gutural y primal que llenó la sala.
-Joder... qué coño tan apretado y caliente -gruñó, quedándose quieto, dejándome ajustarme a él, sintiendo cómo mis paredes lo succionaban, palpitando alrededor de su polla enterrada hasta la raíz.
Luego empezó a moverse. Salía despacio, casi del todo, dejando solo la cabeza dentro, y volvía a embestir profundo, duro, hasta el fondo. Cada embestida hacía un sonido húmedo y sonoro, plap plap plap, sus huevos golpeando mi culo empapado, mis jugos salpicando con cada choque. Mis tetas rebotaban con el ritmo, los pezones duros rozando su pecho sudoroso cada vez que se inclinaba sobre mí.
Me follaba con fuerza creciente, animal, sus caderas chocando contra las mías, el sofá crujiendo bajo nosotros como si fuera a romperse. Bajó la boca a mi cuello, mordiendo la piel sensible, lamiendo el sudor salado, dejando marcas rojas que dolían deliciosamente. Sus manos subieron a mis tetas, amasándolas con rudeza, pellizcando los pezones hasta que grité de placer mezclado con dolor.
-Mira cómo te follo, Alana... mira cómo tu coño se traga mi polla entera -jadeó contra mi oído, acelerando el ritmo.
Bajé la vista entre nuestros cuerpos sudorosos: su polla gruesa saliendo y entrando de mí, brillante de mis jugos, mis labios mayores estirados alrededor del tronco, rojos e hinchados. Cada vez que salía, mis paredes intentaban retenerlo, succionando, y cuando entraba, un chorro de fluidos salpicaba. Era hipnótico, obsceno, perfecto.
Me corrí la primera vez así, con él follándome profundo y constante, mi clítoris rozando su pubis con cada embestida. El orgasmo me golpeó como una ola, mi coño contrayéndose violentamente alrededor de su polla, ordeñándolo en espasmos que lo hicieron gruñir de placer. Grité su nombre, las piernas temblando alrededor de su cintura, chorros de jugo saliendo alrededor de su polla, empapándonos más.
Pero no paró. Siguió embistiendo a través de mi orgasmo, prolongándolo, haciendo que olas secundarias me sacudieran una y otra vez.
Él se incorporó, agarrando mis tobillos y alzando mis piernas sobre sus hombros, abriéndome completamente. Desde esa posición entró aún más profundo, golpeando puntos que me hacían ver estrellas. Sus embestidas se volvieron salvajes, brutales, el sonido de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con nuestros gemidos y el chapoteo constante de mi coño reventado.
-Voy a correrme dentro... voy a inundarte de leche caliente -advirtió, su ritmo volviéndose errático, los músculos de su abdomen contrayéndose visiblemente.
-Sí... córrete dentro... lléname el coño de semen -gemí, mis manos bajando a mi clítoris, frotándolo frenéticamente para correrme con él.
Y lo hizo. Un rugido animal mientras se plantaba hasta el fondo, su polla hinchándose dentro de mí, disparando chorro tras chorro de leche espesa y caliente contra mis paredes. Sentí cada pulsación, cada gota inundándome, desbordándose alrededor de su polla y chorreando por mi culo cuando siguió moviéndose un poco más, exprimiéndose hasta la última gota.
Colapsó sobre mí, jadeante, su peso delicioso aplastándome contra el sofá. Su polla aún dentro, ablandándose lentamente mientras nuestra mezcla de fluidos salía lenta de mí, empapando todo. Nos besamos perezosos, lenguas perezosas saboreando sudor y sexo.
Pero eso fue solo el primer asalto.
Cuando su polla salió por fin, un río espeso de semen y jugos salió de mi coño abierto, dejando un charco en el sofá. Él miró hipnotizado, su dedo bajando a recoger un poco y untármelo en los labios. Lo lamí obediente, saboreando nuestra mezcla salada y amarga.
-Ahora vas a chupármela -ordenó, sentándose en el sofá y atrayéndome hacia él.
Me arrodillé entre sus piernas, mi coño aún palpitando y chorreando semen por mis muslos. Su polla semidura brillaba con nuestros fluidos, pegajosa y deliciosa. La tomé en la boca despacio, lamiendo cada centímetro, tragando la mezcla obscena de mi coño y su corrida. Él gemía, su mano en mi pelo, guiándome.
-Así... limpia mi polla con esa boca de puta... sabe a nosotros, ¿verdad?
Asentí, mamando más profundo, sintiendo cómo se endurecía de nuevo en mi garganta. Pasé minutos largos así, lamiendo, chupando, tragando cada gota, hasta que estuvo dura como hierro otra vez, palpitando contra mi lengua.
Entonces me levantó y me puso a cuatro patas en el sofá, mi culo en alto, el coño abierto y chorreando visible desde atrás. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas, exponiendo todo.
-Mira este culo perfecto... y este coño destrozado lleno de mi leche -dijo, inclinándose para lamer desde mi clítoris hasta mi ano, saboreando el desastre que había hecho.
Gemí fuerte, empujando hacia atrás contra su lengua. Me comió así un rato largo, lamiendo su propia corrida mezclada con mis jugos, metiendo la lengua dentro de mí, follándome con ella mientras sus dedos jugaban con mi clítoris.
Luego se incorporó y, sin aviso, su polla entró de nuevo en mi coño desde atrás, profunda y brutal. Me folló como un animal, agarrando mis caderas, azotando mi culo con cada embestida hasta dejarlo rojo. Los sonidos eran aún más fuertes así: el slap slap slap de sus caderas contra mis nalgas, el squelch húmedo de mi coño lleno de semen tragándose su polla una y otra vez.
Me corrí dos veces más en esa posición, gritando contra los cojines, mi cuerpo temblando mientras él no paraba, reventándome sin piedad.
Cuando se corrió la segunda vez, lo hizo en mi espalda, sacándola en el último segundo y pintándome con chorros espesos de leche caliente que bajaron por mi raja hasta mezclarse con lo que ya chorreaba de mi coño.
La noche apenas empezaba. Teníamos horas por delante, el suelo lleno de cojines para cambiar de posición, la cocina para apoyar mi culo en la encimera, el pasillo para follar contra la pared... y yo iba a exprimirle hasta la última gota de leche que tuviera en esos huevos pesados.
Y así lo hice. Una y otra vez. Hasta que el amanecer nos encontró exhaustos, pegajosos, marcados el uno por el otro, con el sabor del sexo todavía en la boca y el recuerdo grabado a fuego en la piel.

