Mateo se quedó quieto en el descansillo, con la llave todavía en la mano y la americana empapada pegada a los hombros. El silencio de la casa era denso, casi viscoso, como si alguien hubiera cerrado todas las ventanas y hubiera dejado dentro un calor que no correspondía a diciembre.
Del dormitorio principal salía una franja de luz dorada que se derramaba sobre la alfombra del pasillo y se detenía justo antes de tocarle los zapatos. De debajo de la puerta también salía el perfume. No cualquier perfume: el de Ana. El frasco de cristal negro que ella guardaba en el cajón de arriba, el que solo usaba cuando quería que él perdiera la cabeza. El que olía a vainilla quemada, a piel caliente y a algo que siempre le hacía apretar los dientes.
Mateo sintió que la sangre se le bajaba de golpe a la entrepierna. No era nostalgia. Era otra cosa. Era rabia y hambre mezcladas.
Empujó la puerta apenas dos centímetros. Lo justo para que la rendija se convirtiera en un ojo.
Lucía estaba de espaldas, frente al espejo de cuerpo entero que Ana había mandado traer de Italia. Llevaba puesto un conjunto que Mateo reconoció al instante: el body de encaje negro con ligueros incorporados que Ana estrenó la noche que concibieron a la pequeña. El que le quedaba tan ajustado que parecía una segunda piel, con las copas semitransparentes que dejaban ver los pezones endurecidos por el roce.
Lucía se había subido a los tacones de charol rojo de Ana. Doce centímetros. Sus piernas, largas y morenas del sol de verano que aún no se había ido del todo, parecían interminables. El body le quedaba un poco grande en la cintura, pero le apretaba justo donde tenía que apretar: los pechos se desbordaban por arriba, la tela se hundía entre las nalgas hasta marcar el surco perfecto.
Se miraba de lado, girando el cuello con lentitud, como si estuviera probando el peso de su propio cuerpo dentro de aquella ropa prohibida. Se pasó las manos por los costados, desde las costillas hasta las caderas, y dejó que los dedos se detuvieran justo donde empezaban las medias de liga. Ahí apretó un poco, como midiendo, como comprobando cuánto podía estirar la tela antes de que cediera.
Mateo tragó saliva. El sonido le pareció ensordecedor en el silencio.
Lucía se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el borde del tocador. El movimiento hizo que el body se subiera por detrás y dejara al descubierto la parte inferior de sus nalgas, redondas, firmes, con esa piel tan tersa que brillaba bajo la luz cálida de la lámpara. Se mordió el labio inferior mientras se miraba el culo en el espejo, arqueando la espalda más de lo necesario.
Después se enderezó y, sin prisa, metió los pulgares por debajo de las tiras del tanga que llevaba debajo del body (un tanga minúsculo, también de Ana, de hilo dental negro). Lo bajó lentamente, centímetro a centímetro, hasta que quedó colgando de un tobillo. Lo pateó con delicadeza hacia un lado y volvió a mirarse.
Ahora sí. Solo el body y las medias. El encaje negro contra su piel morena. El contraste era brutal.
Se giró un poco más, de perfil, y levantó un brazo por encima de la cabeza para recogerse el pelo en un moño improvisado. El movimiento levantó el pecho izquierdo hasta casi escaparse de la copa. El pezón rozó la tela y se endureció aún más, visible, oscuro, perfecto.
Mateo sintió que la polla le latía contra la cremallera. Se ajustó disimuladamente, pero el roce de la tela contra la tela le hizo apretar la mandíbula.
Lucía soltó el pelo y dejó que cayera en cascada sobre la espalda. Luego, con una lentitud que parecía calculada para volver loco a cualquiera que estuviera mirando, se llevó las manos a los tirantes del body y los bajó por los hombros. No del todo. Solo lo justo para que las copas se abrieran y los pechos quedaran al aire, pesados, con los pezones apuntando hacia arriba como si estuvieran pidiendo lengua.
Se los tocó. Primero con las yemas, apenas rozando los aureolas. Después con toda la palma, apretando, amasando, como si estuviera probando la textura de su propia carne dentro de aquella ropa que no era suya. Un suspiro largo, casi inaudible, salió de su garganta.
Mateo notó que le temblaba la mano en el pomo de la puerta.
Lucía se giró del todo hacia el espejo, de frente ahora. Se miró la entrepierna. El body tenía una abertura en la entrepierna que Ana nunca usó delante de él. Lucía metió dos dedos por ahí, despacio, separando los labios hinchados. Estaban brillantes. Mojada. Mucho. El olor llegó hasta Mateo: dulce, salado, caliente. El olor de una chica de diecinueve años que se está tocando pensando que está sola.
Se mordió el labio otra vez, más fuerte. Los dedos empezaron a moverse en círculos lentos, resbaladizos. El sonido era mínimo, pero en el silencio de la casa era como si alguien estuviera lamiendo un plato de miel.
Mateo ya no podía más. La polla le dolía dentro de los pantalones. Estaba tan dura que le costaba respirar.
Y entonces Lucía habló. En voz baja, casi un susurro dirigido al espejo:
-Joder… si tu padre me viera así…
La frase quedó colgando en el aire como una promesa sucia.
Mateo empujó la puerta del todo.
El clic del pestillo al cerrarse sonó más fuerte que un disparo en aquella habitación donde nunca nadie cerraba con llave.
Lucía no se movió. Seguía de pie frente al espejo, los dedos aún metidos entre los labios mayores, brillantes, abiertos como una flor que acaba de romperse. El body negro colgaba de sus hombros a medio bajar, los pechos pesados balanceándose apenas con cada respiración acelerada. Los pezones estaban tan duros que parecían dolorosos.
Mateo dio un paso dentro. Dos. Tres. Hasta que el olor de ella lo golpeó de lleno: vainilla quemada de Ana mezclada con el almizcle crudo y dulce de una chica que lleva minutos tocándose sin parar.
Lucía tragó saliva. El movimiento de su garganta fue lo único que se oyó durante varios segundos.
-Señor… Mateo… yo… -la voz le salió ronca, casi un gemido.
Él levantó una mano, muy despacio. No para callarla. Para indicarle que no se moviera. Que no se tapara. Que no se disculpara.
Los ojos de Lucía bajaron hasta la bragueta de él. La erección era imposible de disimular: la tela del pantalón oscuro se tensaba tanto que parecía a punto de reventar la cremallera. Ella se lamió el labio inferior sin darse cuenta.
Mateo habló por primera vez. Bajo, grave, como si cada palabra le costara sangre.
-¿Eso es lo que haces cuando crees que estoy fuera?
Lucía negó con la cabeza, pero sus dedos seguían ahí, quietos pero hundidos hasta la segunda falange, traicionándola.
-No… solo… solo quería saber cómo se sentía… su ropa…
Mateo avanzó otro paso. Ahora estaba tan cerca que podía ver el brillo de sus fluidos resbalando por el interior del muslo izquierdo, dejando una línea transparente que terminaba justo encima de la media de liga.
-Quítate las manos de ahí -ordenó.
Lucía obedeció al instante. Los dedos salieron con un sonido húmedo y obsceno. Los levantó, temblando, sin saber dónde ponerlos. Estaban empapados. Brillaban.
Mateo los miró. Luego miró sus ojos.
-Mírame.
Ella levantó la vista. Estaba roja hasta las orejas, pero no apartó la mirada.
-Dime qué querías que viera si entraba.
Lucía abrió la boca. Cerró. Volvió a abrir.
-Quería… quería que me viera así. Como ella. Como si fuera… suya.
Las palabras cayeron como plomo caliente.
Mateo sintió que algo se rompía dentro de él. Un año y medio conteniendo la rabia, el vacío, la necesidad. Todo se concentró en la punta de la polla que latía contra su propio muslo.
Se acercó más. Hasta que sus zapatos rozaron los tacones rojos de ella.
-Repítelo.
-Quería que me viera… como si fuera su mujer. Como si pudiera follarme en su cama… con su ropa puesta.
Mateo respiró hondo por la nariz. El olor era insoportable.
-Quítate el body. Despacio.
Lucía obedeció. Los tirantes bajaron por los brazos. El encaje rasgó el aire al deslizarse por la piel. Los pechos quedaron libres por completo, botando una sola vez antes de quedarse quietos, pesados, con los pezones apuntando directo a él.
Después bajó la parte de abajo. Tuvo que inclinarse, ofreciéndole el culo perfecto mientras empujaba la tela por las caderas. El body cayó al suelo como una piel muerta.
Ahora solo llevaba las medias y los tacones. Nada más.
Mateo no la tocó todavía. Se quedó mirando cada centímetro: el triangulo depilado que brillaba de tan mojada, los labios mayores hinchados y separados, el clítoris que asomaba rosado y duro como una pequeña polla.
Lucía temblaba entera.
-Date la vuelta. Apóyate en el tocador. Piernas abiertas.
Ella lo hizo sin dudar. Las manos sobre la madera fría. El culo hacia atrás. La espalda arqueada. El espejo le devolvía su propia imagen: desnuda, expuesta, con el hombre que pagaba sus facturas de universidad mirándola como si fuera a comérsela viva.
Mateo se colocó detrás. Tan cerca que ella sintió el calor de su cuerpo a través de la camisa. Sintió la dureza de su polla rozándole apenas la raja del culo, todavía dentro del pantalón.
-Ahora vas a hacer exactamente lo que estabas haciendo cuando entré. Pero esta vez me vas a mirar por el espejo mientras lo haces.
Lucía gimió. Un sonido gutural, animal.
Metió la mano entre sus piernas otra vez. Los dedos resbalaron fácil, demasiado fácil. Empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Mateo observaba cada movimiento. Cada contracción de los músculos del culo cuando ella empujaba hacia atrás buscando más presión. Cada gota que caía al suelo entre sus tacones.
-Más rápido no -dijo él-. Quiero verte sufrir.
Lucía obedeció. Mantuvo el ritmo tortuoso. Los labios se le abrían y cerraban solos. El sonido era puro sexo: dedos chapoteando en carne empapada.
Mateo se desabrochó el cinturón. El cuero silbó al salir de las trabillas. Lo dobló en la mano, pero no la golpeó. Todavía no. Solo lo dejó colgando, amenazante.
-Separa más las piernas.
Ella lo hizo. El coño se abrió del todo. Estaba tan hinchado que los labios menores colgaban, rojos, brillantes. El agujero palpitaba, contrayéndose sobre nada.
-Dime qué quieres que te haga.
Lucía jadeaba. Los dedos no paraban.
-Quiero… quiero que me toque… que me meta los dedos… que me abra… que me folle con lo que sea…
Mateo dejó caer el cinturón al suelo.
Se agachó despacio detrás de ella. Sin tocarla aún. Solo respiró. El aliento caliente contra el culo. Contra el coño chorreante.
Lucía empujó hacia atrás, desesperada.
-No te muevas -ordenó él.
Ella se quedó quieta, temblando.
Mateo acercó la cara. Olía a sexo puro. A deseo adolescente sin filtro.
Abrió la boca. Sacó la lengua. Y, sin tocarla con las manos, lamió desde el clítoris hasta el agujero del culo en una sola pasada larga, lenta, como si estuviera probando un helado que se derrite.
Lucía gritó. Un grito ahogado que se le escapó entre los dientes.
Mateo repitió. Otra lamida. Más profunda. La lengua plana, recogiendo todo el jugo que chorreaba.
Después se centró en el clítoris. Lo rodeó. Lo chupó suave. Lo mordió apenas.
Lucía empezó a temblar de verdad. Las piernas le fallaban.
-Quieta -repitió él, voz ronca.
Y siguió lamiendo. Lento. Torturador. Sin meter la lengua dentro todavía. Solo por fuera. Recogiendo cada gota. Saboreando.
Lucía lloriqueaba. Las lágrimas le corrían por las mejillas, mezclándose con el sudor.
-Por favor… por favor…
Mateo se levantó. Se desabrochó la camisa. La dejó caer.
La polla salió como un resorte cuando bajó la cremallera. Gruesa. Venosa. La cabeza brillante de precum.
Lucía la vio por el espejo y gimió más fuerte.
Mateo se acercó. Rozó la punta contra el coño abierto. Solo rozó. Arriba. Abajo. Sin entrar.
-Pídemelo otra vez.
-Fóllame… por favor… métemela… revuélveme… hazme lo que le hacías a ella…
Mateo agarró sus caderas. Clavó los dedos en la carne.
Y empujó. Solo la punta. Un centímetro.
Lucía se arqueó entera.
-Más…
Él se quedó quieto.
-Primero vas a correrte en mi boca. Dos veces. Sin que te meta la polla. Y después… después te voy a partir en dos toda la noche.
Se arrodilló otra vez.
Y esta vez sí metió la lengua hasta el fondo.
Lucía se derrumbó hacia delante, los antebrazos sobre el tocador, la frente pegada al espejo empañado. El primer orgasmo la había atravesado como un rayo: la lengua de Mateo hundida hasta la garganta del coño, los labios chupando el clítoris como si quisiera arrancárselo, la nariz frotando el perineo. Chorros calientes le habían salido disparados, salpicando la barbilla de él, el suelo de parqué, los tacones rojos que aún llevaba puestos.
Mateo no se apartó. Tragó lo que pudo, lamió lo que quedó, y cuando ella empezó a temblar de nuevo (porque no había terminado, solo había empezado), volvió a meterle la lengua entera, esta vez más hondo, más rápido, follándola con la boca mientras los dedos se clavaban en sus nalgas separándolas hasta casi doler.
El segundo orgasmo llegó más lento, más sucio. Lucía lloraba de verdad, mocos y baba mezclados con sudor, el cuerpo convulsionando, las rodillas cediendo. Mateo la sostuvo por las caderas para que no se cayera y siguió comiéndosela hasta que ella suplicó con la voz rota:
-Ya… ya no puedo… me muero…
Solo entonces se levantó. Tenía la cara empapada, brillante, los labios hinchados. La camisa abierta, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. La polla apuntando al techo, venosa, roja, con una gota gruesa de precum colgando de la punta como una perla.
Lucía giró la cabeza, aún apoyada en el tocador, y lo miró por encima del hombro. Los ojos vidriosos, la boca abierta.
-Métemela… por favor… revuélvame… hazme olvidar que soy la niñera…
Mateo la agarró del pelo (no fuerte, pero sí firme) y la arrastró hacia la cama. La misma cama donde había dormido con Ana, donde la había follado cientos de veces, donde había llorado cuando se fue.
La tiró boca arriba. Los pechos rebotaron. Las piernas se abrieron solas, como si tuvieran memoria propia.
Se colocó entre ellas. La polla rozó la entrada, resbaladiza, caliente, palpitante.
-No te voy a follar como a una niñera -dijo con la voz ronca-. Te voy a follar como a la puta que se mete en mi cama con la ropa de mi mujer muerta.
Empujó.
Un solo golpe seco, hasta el fondo.
Lucía gritó. Un grito largo, gutural, que se le escapó por la garganta abierta. El coño se cerró alrededor de él como un puño mojado, contrayéndose, chupando, tragándoselo entero.
Mateo se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo ella se adaptaba, cómo el útero le besaba la punta. Después empezó a moverse. Lento al principio. Saliendo hasta la mitad, entrando hasta los huevos. Cada embestida hacía un sonido húmedo, obsceno, como carne golpeando carne empapada.
Lucía clavaba las uñas en sus hombros, en su espalda, arañando, marcando. Las piernas le rodearon la cintura, los talones clavándose en su culo para empujarlo más adentro.
-Más fuerte… rómpeme… haz que me duela mañana cuando me siente en clase…
Mateo aceleró. Los huevos chocaban contra su culo con cada golpe. El cabecero de la cama empezó a dar contra la pared, un ritmo constante, brutal.
Se inclinó y le mordió un pezón. Lo retorció entre los dientes hasta que ella chilló. Después el otro. Los pechos estaban rojos, llenos de marcas de dientes y chupetones.
Lucía metió la mano entre ellos y se frotó el clítoris a toda velocidad.
-Me voy a correr otra vez… joder… me voy a correr con tu polla dentro…
-Córrete -ordenó él-. Apriétame. Chúpame la leche con ese coño de niña mala.
Ella explotó. El coño se cerró como una trampa, contrayéndose en oleadas, ordeñándolo. Mateo sintió que se le subían los huevos, que la corrida estaba ahí, a punto.
Salió de golpe. La polla salió brillante, cubierta de jugos blancos y espesos.
-Ábrela -dijo.
Lucía abrió la boca al instante, lengua fuera, ojos en blanco.
Mateo se pajeó tres veces, rápido, fuerte.
El primer chorro le dio en la cara, cruzándole la mejilla. El segundo en la lengua. El tercero directo a la garganta. Ella tragó lo que pudo, lo que no le cayó por la barbilla y le resbaló entre los pechos.
Aún no había terminado de correrse cuando Mateo volvió a meterla, esta vez de un golpe que la levantó del colchón.
Y siguió follándola. Sin pausa. Sin piedad.Durante horas. El reloj de la mesita marcó la una, las dos, las tres y media, y ellos seguían como si el tiempo se hubiera roto.
Primero la dejó boca arriba, las piernas abiertas hasta el límite, los tobillos enganchados a sus hombros. Entraba tan hondo que cada embestida le empujaba el útero hacia arriba y le arrancaba un grito que resonaba en toda la casa. El colchón crujía, los muelles chillaban, los huevos le golpeaban el culo con un sonido húmedo y constante: plap-plap-plap-plap. Lucía clavaba las uñas en sus antebrazos, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito silencioso cada vez que la polla le llegaba hasta el fondo y se quedaba ahí, girando, abriendo, reventando.
-Más… más adentro… rómpeme… rómpeme por favor…Mateo se inclinaba y le mordía la clavícula, el cuello, la oreja, le metía la lengua en la boca hasta ahogarla mientras la polla seguía entrando y saliendo sin descanso. Los jugos de ella chorreaban por la raja del culo, empapaban las sábanas, formaban un charco caliente debajo de sus nalgas.
Después la giró boca abajo, la cara hundida en la almohada que aún olía a Ana. Le levantó el culo con las dos manos, lo abrió como un libro y se la metió de un golpe hasta los huevos. Lucía gritó contra la tela, los puños cerrados, el cuerpo entero tenso. Él le agarró el pelo, tiró hacia atrás hasta arquearle la espalda y empezó a darle como un animal: rápido, profundo, sin ritmo, solo carne contra carne. Cada vez que salía, el coño se le quedaba enganchado, succionando, no queriendo soltarlo. Cada vez que entraba, un chorro de jugo le salpicaba los muslos.
-Este coño… este coño es mío ahora…
-Sí… sí… tuyo… tuyo… métemela toda… párteme…
La puso encima. Lucía se sentó despacio, temblando, guiando la polla con la mano hasta que la cabeza se abrió paso entre los labios hinchados. Bajó de golpe, hasta sentarse en los huevos. Gritó. Rebotó. Volvió a bajar. Los pechos le saltaban arriba y abajo, los pezones duros como piedras, el pelo pegado a la cara y al cuello de sudor. Mateo le agarraba las tetas, las retorcía, las apretaba hasta dejar marcas rojas. Ella cabalgaba como si le fuera la vida en ello: círculos, arriba y abajo, adelante y atrás, moliendo el clítoris contra el pubis de él mientras la polla le llegaba al fondo del alma.
-Mírame… mírame a los ojos cuando te corras…Lucía abrió los ojos, vidriosos, llorosos. Se corrió temblando entera, el coño apretando como una boca, chorros calientes que le salpicaron el vientre y el pecho. Siguió moviéndose sin parar, sin dejarlo salir, ordeñándolo con cada contracción.
La tumbó de lado, una pierna en alto, la rodilla casi en su propia oreja. Desde atrás le metió la polla y dos dedos en el culo al mismo tiempo. Lucía se volvió loca. El agujero virgen se abrió alrededor de sus dedos, caliente, apretado, palpitante. La polla entraba y salía del coño mientras los dedos le follaban el culo en sentido contrario, estirando, abriendo, preparándola.
-Vas a sentirme en los dos agujeros… vas a sentirme toda la noche…Ella solo gemía, babeaba sobre la almohada, el cuerpo convulsionando cada vez que los dedos y la polla se encontraban dentro de ella separados por una pared delgada de carne.
En el suelo. Contra el armario. De pie contra la pared, con una pierna enganchada a su cintura y la otra temblando en el aire. La levantó en brazos, la empaló, la folló de pie mientras ella se agarraba a su cuello y le mordía el hombro hasta sangrar. La dejó caer de rodillas y se corrió por primera vez dentro: chorros largos, calientes, espesos que le llenaron el coño hasta rebosar, le chorrearon por los muslos, le cayeron al suelo en gotas blancas y viscosas. Lucía se tocó, metió los dedos, sacó la mezcla de corrida y jugos y se la lamió delante de él, mirándolo a los ojos.
Segunda corrida: la puso de rodillas en la cama, le agarró la cabeza y se la metió hasta la garganta. Ella tragaba, se ahogaba, lloraba, pero no se apartaba. Cuando sintió que venía, sacó la polla y le pintó las tetas de blanco: chorros que le cruzaron el pecho, le cayeron por el vientre, le resbalaron hasta el coño abierto. Lucía se los untó con las manos, se frotó los pezones con su propia leche, se masturbó con ella hasta correrse otra vez.
Tercera corrida: la boca otra vez. La tenía boca arriba, colgando la cabeza del borde de la cama, la polla entrando y saliendo de su garganta como si fuera un coño. Cuando no pudo más, se corrió hasta el fondo, obligándola a tragar cada gota mientras le sujetaba la nariz y le miraba los ojos llenos de lágrimas. Ella tragó, tosió, sonrió con la boca llena de semen y le susurró:
-Otra vez… dame otra vez…
Cayeron sobre la cama destrozada cuando el amanecer empezaba a filtrarse por las rendijas de la persiana. Las sábanas eran un campo de batalla: manchas blancas secas y frescas, charcos de squirt, huellas de manos y rodillas. El aire era denso, caliente, olía a sexo puro, a sudor, a corrida vieja y nueva.
Lucía temblaba entre sus brazos, el cuerpo cubierto de mordiscos, chupetones, arañazos. El coño rojo, hinchado, abierto, palpitando contra su muslo como un corazón herido.
Mateo le acarició el pelo empapado, le besó la sien, la oreja, el cuello lleno de marcas.
-Los viernes que vienen -susurró ronco- te quiero aquí a las ocho. Sin bragas. Con el mismo perfume. Y con el coño ya mojado antes de que abra la puerta.
Ella sonrió, agotada, rota, feliz.
-Y los niños se duermen a las nueve -respondió, la voz apenas un hilo-. Tenemos toda la noche… y todos los viernes… y todos los agujeros… tuyos.
Se besaron. Lento. Sucio. Con sabor a corrida, a coño, a lágrimas y a deseo que no se acababa nunca.
La cama ya no era de Ana.
Ahora olía a Lucía.

