Laura giró la llave sin hacer ruido. Eran las cuatro y pico, el instituto la había dejado salir antes porque decía que le dolía la cabeza. Mentira. Le dolía otra cosa, algo que llevaba días hinchado y palpitando entre las piernas cada vez que pensaba en su hijo.
Subió descalza, los zapatos en la mano. El pasillo olía a cerrado, a hombre joven que no ventila, a sudor de sobaco y a algo más espeso que le subió directo al coño.
Desde el salón llegaba un golpe rítmico, húmedo, y una voz que conocía demasiado bien.
-Marta… abre más esa boca de puta… así, hasta el fondo, joder.
Laura se acercó a la puerta entreabierta. Solo un centímetro. Lo justo.
Y lo vio.
Adrián de pie en la alfombra, vaqueros y bóxers a medio muslo, camiseta subida dejando ver el abdomen que ella no recordaba tan marcado. Una mano enredada en el pelo teñido de Marta, la otra apoyada en la pared como si le fallaran las piernas. Su polla (Dios, qué polla) entraba y salía de la garganta de Marta con una lentitud cruel. Gruesa, venosa, brillante de saliva y mocos, desaparecía hasta la raíz y salía chorreando hilos largos que caían sobre la barbilla de la mujer.
Marta estaba de rodillas, el vestido subido hasta la cintura, sin bragas. Las manos clavadas en los muslos de Adrián, las uñas rojas dejando marcas. Cada embestida profunda provocaba un gorgoteo ahogado que resonaba en todo el salón. Lágrimas negras de rímel, pero los ojos mirando hacia arriba, suplicantes, como si estuviera rezando con la polla de su hijo en la garganta.
-Buena perra -gruñó Adrián, la voz rota-. Siempre supe que tenías garganta de felatriz barata. Ahora lame los huevos también, venga.
Marta obedeció al instante. Sacó la lengua hasta casi desencajarse la mandíbula, lamió los huevos pesados y sudados, los metió enteros en la boca uno tras otro mientras Adrián se pajeaba despacio contra su cara. El olor llegó hasta Laura como un mazazo: sudor rancio de entrepierna, semen viejo, el almizcle dulzón del coño abierto de Marta que goteaba sobre la alfombra formando un charquito oscuro.
Laura sintió el chorro. Caliente, repentino, empapando las bragas de algodón gris hasta que notó cómo le resbalaba por el interior del muslo. Tuvo que morderse el labio hasta sangrar para no gemir.
Adrián tiró del pelo hacia atrás con fuerza.
-Mírame a los ojos cuando te llene la garganta, zorra.
Y se corrió.
El primer chorro salió tan fuerte que salpicó la frente y el pelo de Marta. El segundo le llenó la boca hasta rebosar por las comisuras. El tercero lo tragó ella con un gemido gutural, los ojos en blanco. Adrián siguió bombeando, sacó la polla a medio correrse y pintó mejillas, nariz, pestañas. Cuando terminó, Marta tenía la cara convertida en una máscara blanca y pegajosa que le chorreaba hasta el cuello.
-Límpiala entera -ordenó él, todavía duro-. Con la lengua. Todo.
Marta lamió obediente. Desde la base hasta la punta, recogió la leche de sus propios labios, se la tragó con ruiditos obscenos mientras Adrián la miraba desde arriba con esa sonrisa lenta y peligrosa.
Entonces habló, y la frase atravesó a Laura como una cuchilla caliente.
-Dile a mi madre que soy un inútil de mierda, Marta, como ella siempre me dice. A ver si se lo cree después de verte así, con la cara llena de leche de su hijo.
Laura retrocedió tan despacio que ni siquiera crujió la madera. El corazón le golpeaba las costillas como si quisiera salirle por la boca. Cerró la puerta del salón con dos dedos, sin ruido, y se quedó un segundo apoyada contra la pared del pasillo, las piernas temblando. Nadie la había visto. Nadie sabía que había visto.
Subió a su habitación, cerró con pestillo y se dejó caer de rodillas en la alfombra. El coño le latía con tanta fuerza que dolía. Se levantó la falda, se bajó las bragas empapadas hasta las rodillas y se tocó como una posesa: cuatro dedos dentro, el pulgar aplastando el clítoris hinchado, imaginando esa polla monstruosa abriéndole la garganta a su amiga. Se corrió en silencio, mordiéndose el antebrazo hasta hacerse marca, el chorro caliente salpicando la alfombra. Después se quedó allí tirada, respirando el olor de su propia corrida, llorando sin saber si de vergüenza o de ganas.
A la mañana siguiente entró en el baño de Adrián sin llamar, como siempre hacía para regañarlo por dejar la ropa tirada.
Y lo pilló.
Adrián estaba de pie frente al espejo, los boxers bajados a los tobillos, su polla gruesa y morada en la mano derecha. En la izquierda tenía las bragas negras de ella, las del gimnasio, pegadas a la cara. Respiraba hondo, los ojos cerrados, oliendo el coño de su madre mientras se pajeaba despacio, la punta ya chorreando.
Laura se quedó helada en la puerta.
-¡Eres un guarro! -gritó de pronto, la voz aguda y rota-. ¡Un puto enfermo! ¿Oliendo las bragas de tu madre? ¡Estás podrido, Adrián! ¡Podrido!
Él abrió los ojos despacio. No se cubrió. Siguió masturbándose, más lento aún, mirándola fijamente.
Laura sintió que se le aflojaban las rodillas. El olor la golpeó: su propio coño sudado mezclado con la leche fresca que goteaba de la polla de su hijo.
Dio un portazo y salió corriendo a su habitación.
Se pasó el resto del día sin hablarle. Le dejó la comida en la mesa sin mirarlo a la cara. Le gritó por cualquier tontería. Le dijo que era un inútil, un pervertido, un fracaso con todas las letras.
Pero cada vez que cerraba los ojos veía esa polla morada apuntando al techo y las bragas negras pegadas a la cara de su hijo.
Y se mojaba otra vez.
Los días después de pillarlo con las bragas negras fueron un infierno disfrazado de rutina.
Laura se levantaba antes que el sol, se duchaba con agua casi hirviendo para quitarse el olor que ya llevaba pegado a la piel, se vestía con faldas largas y blusas cerradas hasta el cuello como si la tela pudiera contener lo que le pasaba por dentro. En el instituto hablaba más alto de lo normal, corregía exámenes con mano temblorosa, sonreía a sus compañeros con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Por las noches se encerraba en su habitación a las nueve, se tomaba una pastilla para dormir y se metía en la cama boca arriba, rígida, contando las grietas del techo hasta que el sueño la vencía.
Pero el sueño no la vencía nunca del todo.
Se despertaba a las dos, a las tres, a las cuatro, con el coño empapado y la boca seca. Se levantaba sin encender la luz, descalza, el camisón pegado a las tetas por el sudor frío. Bajaba al baño de Adrián como una sonámbula. El cesto de la ropa sucia era un imán. Siempre había algo nuevo: un calcetín sudado, una camiseta con manchas amarillas bajo las axilas, unos boxers grises o negros que olían a él con una intensidad que la hacía tambalearse.
Los cogía, se los llevaba a la cara y respiraba una sola vez, hondo, hasta que le dolían los pulmones. Después los devolvía exactamente donde estaban y volvía a su cama temblando de frío y de calor.
El jueves por la noche la pastilla no hizo efecto.
Se despertó a las tres y cuarto con la sensación de que algo le quemaba entre las piernas. El camisón estaba subido hasta la cintura, las sábanas mojadas debajo del culo. Se levantó sin pensarlo. Esta vez no fue al baño de Adrián. Fue directo a su habitación.
La puerta estaba entreabierta. El cuarto olía a hombre dormido, a semen seco, a sudor de días. La luz de la luna entraba por la persiana y dibujaba rayas plateadas sobre la cama deshecha. Adrián dormía boca arriba, un brazo bajo la nuca, el otro colgando fuera del colchón. Los boxers que llevaba puestos ese día (los grises con la goma gastada) estaban tirados en el suelo, al lado de la cama, hechos un nudo.
Laura se arrodilló. Los cogió con las dos manos como si fueran un tesoro. Estaban calientes todavía. Sudados. Con una mancha grande y húmeda en la parte delantera que brillaba bajo la luna. Se los llevó a la cara despacio, los abrió, metió la nariz justo en la mancha y respiró.
El olor fue brutal. Sudor de huevos, orina de todo el día, restos de semen seco y fresco. Olía a polla joven, a deseo contenido, a hijo. Laura gimió bajito, un sonido animal que no reconoció como suyo. Se sentó en el suelo, de espaldas a la cama, abrió las piernas hasta que le dolieron las rodillas contra la madera y se metió la mano debajo del camisón.
Estaba chorreando. Los dedos entraron solos, cuatro de una vez, hasta el fondo. Empezó a frotarse despacio, luego rápido, luego como una loca. Los boxers pegados a la cara, respirando cada vez más hondo, lamiendo la tela sin darse cuenta, saboreando la sal y el amargor. Los gemidos se le escapaban entre dientes, ahogados pero imposibles de contener.
-Adrián… -susurró sin querer-. Dios, hijo…
No oyó la puerta abrirse del todo. No oyó los pasos descalzos.
Solo sintió la luz del techo encendiéndose de golpe.
Laura se quedó congelada, los boxers pegados a la boca, la mano metida hasta la muñeca entre las piernas, el coño abierto y palpitando. Adrián estaba de pie en el umbral, en bóxers limpios, el móvil en la mano derecha apuntando hacia ella. La luz roja de grabación parpadeaba.
El silencio duró una eternidad.
Después él habló, muy bajo, casi un susurro que le recorrió la columna vertebral como una lengua.
-Ahora me vas a hacer caso, mamá. O este vídeo lo ve todo el instituto mañana por la mañana.
Laura intentó quitarse los boxers de la cara. Le temblaban tanto las manos que se le cayeron al suelo. Quedó arrodillada, el camisón subido hasta las tetas, el coño brillante y abierto, las mejillas rojas de vergüenza y de corrida reciente.
Adrián dio un paso dentro de la habitación. Cerró la puerta con el pie. Siguió grabando.
-No te muevas -dijo-. Quiero que veas lo guarra que sales.
Se acercó despacio. Se agachó, recogió los boxers del suelo y se los volvió a poner delante de la cara. Ella intentó apartarse. Él le agarró la nuca con la mano libre y la mantuvo quieta.
-Huele otra vez. Como hace un segundo. Como la perra que eres.
Laura respiró. No pudo evitarlo. El olor la golpeó de nuevo y un gemido largo se le escapó de la garganta. Sintió que se corría otra vez, solo con el olor, sin tocarse, un chorro caliente que le bajó por el interior de los muslos hasta el suelo.
Adrián sonrió. La luz del móvil iluminaba su cara desde abajo, le daba un aire demoníaco.
-Mira cómo chorreas, mamá. Mira lo que te hace oler la ropa sucia de tu hijo.
Ella lloriqueaba, temblaba entera.
-Por favor… bórralo…
-¿Borrarlo? -se rio bajito-. Esto es oro. Esto es la prueba de que la profe Laura, la que me llama inútil todos los días, se mete mis calzoncillos sudados en la cara y se corre como una puta en celo.
Dejó el móvil en la mesilla, todavía grabando, enfocado hacia ella. Se quitó los boxers limpios que llevaba puestos y se los tiró a la cara. Eran calientes, olían a él recién despierto.
-Ponte esos también. Los dos a la vez. Quiero verte la cara tapada con mis calzones.
Laura obedeció sin pensar. Cogió los dos pares, los juntó, se los pegó a la nariz y a la boca. Respiró hondo, una y otra vez, los ojos cerrados, las lágrimas resbalando por las mejillas.
Adrián se sentó en la cama, abrió las piernas y empezó a tocarse despacio, mirándola.
-Ahora tócate otra vez. Despacio. Quiero verte sufrir.
Ella se dejó caer de espaldas en el suelo. Abrió las piernas hasta que le dolieron las ingles. Se metió los dedos muy lento, uno, dos, tres… cuatro. Entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación.
Adrián se pajeaba al mismo ritmo, la polla cada vez más dura, la punta brillando.
-Dime qué hueles -ordenó.
-A ti… -sollozó ella-. A tu sudor… a tu leche… a tu polla…
-Más alto.
-¡A la polla de mi hijo! -gritó, y se corrió tan fuerte que se arqueó entera, los dedos clavados hasta el fondo, el chorro salpicando la madera.
Adrián se levantó. Se puso encima de ella, de rodillas entre sus piernas abiertas. No la tocó con la polla. Solo se pajeó más rápido, apuntando.
-Abre la boca.
Ella abrió.
Él se corrió en chorros largos y calientes que le cayeron en la lengua, en los labios, en los boxers que todavía tenía pegados a la cara. Ella tragó lo que pudo, tosió, lamió lo que le caía por la barbilla.
Cuando terminó, Adrián recogió el móvil, paró la grabación y se agachó hasta quedar a un centímetro de su cara.
-Mañana por la noche vienes a mi cuarto a las doce. Desnuda. Y traes estos boxers en la boca. Si no vienes, el vídeo sale.
Se levantó, salió y cerró la puerta.
Al día siguiente, Laura se quedó parada delante de la puerta de Adrián exactamente a las 23:59. Desnuda.Las manos le temblaban tanto que tuvo que apretarlas contra los muslos para que no se notara. El pasillo estaba helado; el aire acondicionado zumbaba como un insecto lejano y le ponía la piel de gallina en las tetas y en el culo. Entre las piernas notaba el coño hinchado, palpitante, ya mojado desde que había salido de su habitación. Llevaba toda la tarde así: cada vez que recordaba la frase “mañana vienes desnuda o el vídeo sale” se le contraía el útero y un chorrito caliente le bajaba por el interior del muslo.
Empujó la puerta con la punta de los dedos.
Adrián estaba sentado en el borde de la cama, piernas abiertas, completamente desnudo. La luz de la lámpara de mesa le daba de lleno en el torso: los abdominales marcados, el pecho subiendo y bajando despacio, la polla apoyada sobre el muslo izquierdo, gruesa, venosa, con la piel brillante de la gota que ya asomaba en la punta. El móvil estaba sobre la mesilla, grabando en vertical, la luz roja parpadeando como un ojo acusador.
-Cierra con pestillo -dijo él sin alzar la voz.
Laura obedeció. El clic fue seco, definitivo. Sintió que se le cerraba la garganta.
-Date la vuelta. Muy despacio. Quiero verte entera.
Ella giró sobre sí misma, los brazos pegados al cuerpo, los pezones tan duros que dolían al rozar el aire. Notó la mirada de él como una mano física: primero en la nuca, luego bajando por la columna, deteniéndose en la cintura, en la curva del culo, en el hueco donde empezaban los muslos. Cuando volvió a mirarlo a la cara él sonreía apenas, esa media sonrisa que la destrozaba.
-De rodillas. Gateando. Sin prisa.
Laura se dejó caer. El suelo era madera fría y crujió bajo sus rodillas. Empezó a gatear. Cada movimiento hacía que las tetas pesadas se balancearan, que los pezones rozaran el aire, que el coño se abriera y cerrara solo. Llegó hasta sus pies y se quedó allí, la cabeza baja, respirando agitada.
Adrián le levantó la barbilla con dos dedos.
-Mírame a los ojos y dime qué eres esta noche.
Laura tragó saliva. Le temblaba la voz.
-Soy… tu puta, Adrián.
-Más alto. Y di mi nombre completo.
-Soy tu puta, Adrián. Soy la puta de mi hijo.
Él asintió, satisfecho. Le soltó la barbilla y se recostó un poco hacia atrás, apoyando las manos en la cama.
-Bien. Ahora vas a aprender lo que significa necesitar y no tener.
Durante la hora siguiente no la tocó con la polla ni una sola vez.
La hizo gatear en círculos alrededor de la habitación mientras él se quedaba sentado, pajeándose muy despacio, la mano apenas subiendo y bajando por el tronco, dejando que la piel se arrugara y se estirara. Cada vez que ella pasaba cerca le daba una orden seca:
-Culo más arriba. Pecho al suelo, quiero verte las tetas colgando. Abre más las piernas, que vea cómo chorreas.
Cada orden iba seguida de un azote fuerte con la palma abierta. Primero en el culo (seco, sonoro, dejando una marca roja que ardía durante minutos), luego en las tetas (azotes laterales que hacían que rebotaran y que ella gritara bajito), y al final directamente en el coño: palmadas abiertas sobre los labios hinchados que la hacían arquearse y llorar de dolor y de placer.
Laura lloraba de verdad. Lágrimas calientes que le caían por las mejillas y goteaban sobre el suelo. Pero entre las piernas no paraba de chorrear. Cada azote era un latigazo que le subía directo al clítoris y la dejaba temblando.
En un momento la obligó a parar delante de él, de rodillas, las manos en la nuca.
-Mírame la polla -ordenó-. Sin tocarte. Solo mirar.
Ella miró. Era enorme, morada, la vena gorda latiendo bajo la piel. La punta brillaba, una gota grande colgaba y caía lenta sobre el muslo de él.
-Dime qué quieres.
-Quiero… quiero chupártela -sollozó-. Por favor…
-No. Esta noche no te toca ni rozarla. Quiero que aprendas lo que es tenerla delante y sufrir.
La hizo sentarse en la silla dura de la esquina, las piernas abiertas sobre los reposabrazos de madera, el coño completamente expuesto, rojo, brillante. Él se puso de pie delante, la polla a diez centímetros de su cara.
-Tócate. Muy despacio. Y no apartes los ojos de mí.
Laura se metió dos dedos. El sonido fue inmediato: chap chap chap, obsceno. Los dedos entraban y salían cubiertos de jugos espesos. Cada vez que aceleraba él le daba un azote en el clítoris con los dedos juntos que la hacía gritar y parar en seco.
-Cuatro veces te llevo al borde -contó él con calma-. Cuatro veces te paro. Y cada vez que llores más fuerte me pongo más duro.
La llevó al borde exactamente cuatro veces. La cuarta vez Laura ya estaba rota: lloraba a gritos, las caderas levantándose solas de la silla, suplicando con la voz rota.
-Por favor, Adrián… por favor, déjame correrme… haré lo que quieras… soy tu puta… tu madre puta…
-No -dijo él simplemente-. Esta noche te vas a la cama con el coño vacío y la cabeza llena de mí.
La levantó de la silla como si no pesara nada, la tiró boca arriba en la cama y le abrió las piernas hasta que las rodillas casi le tocaron los hombros. Se puso encima, la polla rozándole el vientre, los huevos pesados sobre el clítoris hinchado, pero sin entrar.
Empezó a rozar.
Solo rozar.
La punta gruesa abriendo los labios, resbalando arriba y abajo, entrando un centímetro y saliendo. Lento. Torturador. Cada vez que ella intentaba moverse para tragarla más él se apartaba.
-Quieres que te folle, ¿verdad? -susurraba contra su oído-. Quieres que tu hijo te reviente el coño que le dio la vida.
-Sí… sí… por favor…
-Pues no. Esta noche solo vas a sentir lo que es necesitarme y no tenerme.
Siguió así cuarenta minutos. Cuarenta minutos de roces, de entradas mínimas, de retrocesos. Laura lloraba, gemía, arañaba las sábanas. El colchón estaba empapado debajo de su culo, un charco grande que olía a ella.
Cuando vio que ya no podía más (que temblaba entera, que balbuceaba sin sentido), Adrián se apartó de golpe, se puso de rodillas entre sus piernas y se pajeó rápido, apuntando a su cara.
-Abre la boca y saca la lengua.
Ella abrió. Sacó la lengua hasta que le dolió la mandíbula.
Él se corrió en chorros largos, calientes, espesos. El primero le dio en la lengua, el segundo en la cara, el tercero en el cuello y las tetas. Ella tragó lo que pudo, tosió, lamió lo que le caía por los labios. El sabor era fuerte, salado, amargo, perfecto.
Después él se inclinó, recogió con dos dedos la leche que le chorreaba por la barbilla y se la metió en la boca hasta el fondo.
-Trágatelo todo.
Se levantó, apagó la lámpara y abrió la puerta.
-Vete a tu cuarto. Ahora.
Laura se levantó tambaleándose. Las piernas no la sostenían. Llegó a su cama, se tiró boca abajo y lloró durante horas: de vergüenza, de deseo, de amor enfermo, de odio hacia sí misma por desearlo tanto.
A las seis de la mañana todavía temblaba.
Y ya estaba contando las horas para la noche siguiente.
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Laura permaneció boca abajo en su cama hasta que el sol se coló por las rendijas de la persiana como cuchillas de luz que le cortaban la piel, y aun así no se movió; el olor de la corrida de su hijo seguía pegado a su cara, a su cuello, a las tetas que todavía le palpitaban por los azotes de la noche anterior, y cada vez que respiraba hondo sentía el sabor salado y espeso en el fondo de la garganta, como si se hubiera tragado una parte de él que ya nunca podría escupir. El coño le dolía de una manera nueva, un vacío palpitante que no era solo físico sino moral, una herida abierta que sangraba culpa cada vez que recordaba cómo había suplicado, cómo había abierto la boca y sacado la lengua como una perra en celo para recibir la leche caliente de su propio hijo. Se odiaba con una intensidad que le quemaba las entrañas, pero el odio se mezclaba con un deseo tan denso que le impedía levantarse; si cerraba los ojos veía la polla de Adrián rozándole los labios hinchados sin entrar nunca, veía la gota perlada en la punta cayendo lenta sobre su clítoris como una promesa rota, y el útero se le contraía solo, un espasmo seco que le recordaba que estaba viva y podrida al mismo tiempo.
Se levantó a las once, cuando el timbre del instituto ya era un recuerdo lejano que le dolía en el pecho como una bofetada. Se duchó con agua tan fría que le cortó la respiración, frotándose la piel hasta dejarla roja, como si pudiera arrancarse la capa de deseo que llevaba pegada desde hacía semanas. Pero entre las piernas el agua resbalaba caliente de todos modos, porque el coño no entendía de culpas: se abría solo al recordar los azotes, al recordar la voz baja de Adrián diciendo “esta noche te vas a la cama con el coño vacío y la cabeza llena de mí”. Se vistió con un vestido negro hasta las rodillas, cuello alto, mangas largas, como si la tela pudiera contener el incendio que llevaba dentro. Bajó a la cocina temblando. Adrián estaba allí, desayunando cereales con esa calma insolente que ahora le parecía una arma. Llevaba una camiseta vieja que se le pegaba al pecho por el sudor de la noche, y los boxers grises asomaban por encima del pantalón de chándal. Cuando ella entró él levantó la vista muy despacio y sonrió con esa media sonrisa que le retorcía las tripas.
-Buenos días, mamá -dijo con voz neutra, como si no acabara de eyacular sobre su cara horas antes-. ¿Has dormido bien?
Laura sintió que se le aflojaban las rodillas. Se sirvió café con manos que apenas obedecían, el líquido negro temblando en la taza como su propia sangre. No contestó. Se sentó enfrente, lo más lejos posible, pero el olor de él llegaba igual: sudor fresco de axilas, restos de semen seco en la tela de los boxers, el almizcle dulzón de la piel joven que se despierta dura. Cada cucharada de Adrián era un espectáculo obsceno: la lengua recogiendo la leche de los labios, los dientes blancos mordiendo el cereal con un crujido que a ella le sonaba a huesos rotos. Intentó mirarlo a los ojos y no pudo; bajó la vista y se encontró con la entrepierna, donde la polla reposaba gruesa contra el muslo izquierdo, marcando el pantalón con una forma que conocía demasiado bien. Un calor líquido le subió desde el coño hasta la garganta.
-No me hables -logró decir al fin, la voz ronca-. No después de lo que has hecho.
Adrián soltó una risa bajita, casi cariñosa.
-Lo que hemos hecho, querrás decir. Porque tú viniste desnuda, mamá. Tú gateaste. Tú abriste la boca.
Laura se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás con un golpe seco. Le temblaba todo el cuerpo. Quería gritarle que era un monstruo, que era su hijo y que la había destrozado, pero las palabras se le atragantaban porque en el fondo sabía que la monstruo era ella: la que se había corrido solo oliendo sus calzoncillos sudados, la que había suplicado que la llenara de leche. Se fue al salón sin terminar el café, se encerró en el baño de abajo y se sentó en la tapa del váter con la cabeza entre las manos. Lloró en silencio, los hombros agitados, mientras entre las piernas el coño palpitaba como un segundo corazón enfermo. Se odiaba por desearlo. Se odiaba por necesitarlo. Se odiaba por saber que a las doce de la noche volvería a su cuarto como una yonki en busca de su dosis.
El día transcurrió en una niebla de vergüenza y anticipación. Fue al supermercado para no quedarse en casa, empujó el carro como una autómata entre pasillos que olían a pan recién hecho y a detergente, pero cada hombre que pasaba cerca le recordaba a Adrián: el olor a sudor masculino, la forma en que algunos llevaban los vaqueros bajos dejando ver el elástico de los boxers. En la sección de frutas se quedó parada delante de los plátanos, mirando uno especialmente grueso y curvado, y sintió que se le humedecían los ojos de pura rabia consigo misma. Lo cogió, lo apretó entre los dedos hasta que la cáscara crujió, y lo soltó como si quemara. En casa guardó la compra sin hablarle. Adrián la observaba desde el sofá, jugando con el móvil, esa sonrisa lenta que le prometía más humillación. Cada vez que sus miradas se cruzaban ella sentía un tirón en el bajo vientre, un vacío que dolía físicamente.
A las nueve se metió en su habitación, cerró con pestillo y se tomó dos pastillas en vez de una. Se metió en la cama vestida, con el vestido negro puesto como una armadura que sabía que se quitaría en unas horas. Intentó leer, intentó rezar, intentó cualquier cosa que no fuera pensar en la polla de su hijo rozándole el clítoris sin entrar nunca. Pero el cuerpo no obedecía. A las once ya estaba desnuda debajo de las sábanas, los pezones duros contra la tela, el coño abierto y palpitante. Se tocó una vez, solo una, deslizando dos dedos entre los labios hinchados, y se detuvo en seco porque sabía que si empezaba no pararía hasta correrse gritando su nombre. Se levantó, se miró en el espejo del armario: tenía cuarenta y dos años, las tetas todavía firmes pero con esa suavidad de mujer madura, el vientre con estrías plateadas que Adrián había lamido con la mirada la noche anterior, el coño depilado que ahora brillaba de jugos como si estuviera en permanente celo. Se odiaba por estar tan mojada. Se odiaba por estar tan guapa para él.
A las 23:57 salió de su cuarto desnuda otra vez. El pasillo estaba helado; el aire acondicionado zumbaba y le ponía la piel de gallina en los pezones, en el culo, en el monte de Venus. Entre las piernas notaba el coño tan hinchado que rozaba con cada paso, los labios resbalando uno contra el otro con un sonido húmedo que le avergonzaba. Llevaba los boxers grises en la mano derecha, los mismos que había lamido la noche anterior, todavía con costras secas de su propia saliva y de la leche de Adrián. Los apretaba como un talismán y como una condena. Empujó la puerta de su hijo sin llamar. La habitación olía más fuerte que nunca: a hombre joven que lleva todo el día pensando en follar, a sudor de huevos, a semen viejo y nuevo. Adrián estaba de pie junto a la cama, completamente desnudo, la polla ya medio dura apoyada sobre el muslo, la piel brillante de la gota que asomaba en la punta. El móvil grababa desde la mesilla, la luz roja parpadeando como un corazón acusador.
-Cierra -dijo él sin más.
Laura cerró con pestillo. El clic fue más fuerte que la noche anterior, como si el mundo se cerrara detrás de ella para siempre.
-Acércate despacio -ordenó Adrián-. Y cada paso que des me dices una cosa que te da vergüenza desear.
Ella avanzó. El suelo estaba frío bajo las plantas de los pies. El primer paso:
-Quiero olerte otra vez.
Segundo paso:
-Quiero lamer el sudor de tus huevos.
Tercer paso:
-Quiero que me llames puta mientras me miras correrme.
Cuando llegó a él ya lloraba en silencio, las lágrimas calientes resbalando por las mejillas y goteando sobre las tetas. Adrián le levantó la barbilla con dos dedos y la miró a los ojos durante una eternidad.
-Esta noche vas a sufrir de verdad, mamá. Porque voy a darte lo que quieres, pero solo después de que me ruegues como la madre más guarra del mundo.
La hizo arrodillarse. Le puso los boxers grises en la cara, abiertos, la mancha justo sobre la nariz y la boca. El olor fue brutal: sudor de todo el día, orina seca, restos de semen que se habían secado en la tela y ahora se reblandecían con su aliento caliente. Laura respiró hondo sin que se lo ordenaran, un gemido largo y animal escapándosele entre dientes.
-Lame -dijo él-. Limpia mis calzoncillos con la lengua mientras me miras.
Ella sacó la lengua. Empezó por la costra más grande, lamiendo despacio, recogiendo la sal y el amargor, tragando sin apartar los ojos de los de su hijo. Adrián se tocaba muy despacio, la mano apenas subiendo y bajando por el tronco, dejando que la piel se arrugara y se estirara. Cada lamida de ella era un latigazo para él: la polla se hinchaba más, la vena gorda latiendo visiblemente.
-Ahora los huevos -ordenó cuando los boxers estuvieron empapados de saliva-. Pero sin manos. Solo boca.
Laura se inclinó. Los huevos de Adrián colgaban pesados, cubiertos de un vello negro y rizado que olía a sudor rancio y a deseo contenido. Abrió la boca todo lo que pudo y los metió uno primero, succionando despacio, la lengua recorriendo la piel arrugada, saboreando la sal y el almizcle. Adrián gimió bajito, la cabeza echada hacia atrás. Luego el otro huevo, más grande, más pesado, llenándole la boca hasta que le dolieron las comisuras. Los dos a la vez no cabían, pero lo intentó igual, la cara deformada, la baba resbalando por la barbilla y goteando sobre las tetas.
-Así, mamá… mama los huevos de tu hijo como si fueran lo único que te mantiene viva.
Ella lo hizo durante lo que parecieron horas: lamió, succionó, metió la nariz entre los huevos y la base de la polla para oler más hondo, para impregnarse de ese olor que la volvía loca. Cada vez que intentaba subir a la polla él la apartaba con una palmada suave en la mejilla.
-No. Primero vas a tragarte toda mi leche.
Adrián empezó a pajease más rápido, apuntando a su cara. Los huevos se le subían y bajaban con cada movimiento, golpeando suavemente la barbilla de Laura. Cuando se corrió lo hizo con un gruñido bajo, el primer chorro tan fuerte que le dio en la frente y le resbaló por la nariz, el segundo en la boca abierta, el tercero sobre los boxers que todavía tenía pegados a la cara. Ella tragó lo que pudo, tosió, lamió lo que le caía por los labios como una gata hambrienta.
Pero él no había terminado. La levantó del suelo como si no pesara nada, la tiró boca arriba en la cama y le abrió las piernas hasta que las rodillas casi le tocaron los hombros. El coño de Laura estaba rojo, hinchado, los labios abiertos como una flor carnosa que chorreaba jugos espesos sobre el colchón. Adrián se arrodilló entre sus muslos y la miró durante un rato largo, sin tocarla.
-Mírate -susurró-. El coño que me parió, ahora abierto y suplicando que lo reviente. Dime qué eres.
-Soy tu puta, Adrián -sollozó ella-. Soy la madre más guarra que ha existido nunca.
Él se inclinó muy despacio. Primero olió, la nariz rozando los labios hinchados, aspirando hondo el olor dulzón y salado de su excitación. Laura se arqueó entera, un gemido largo escapándosele de la garganta.
-No te muevas -ordenó él-. Si te mueves paro.
Empezó a lamer. Primero los labios externos, largos lametones desde el perineo hasta el clítoris, recogiendo los jugos con la lengua plana. Luego los internos, más suaves, más hinchados, succionando uno y otro como si fueran caramelos. Laura lloraba de placer, las manos clavadas en las sábanas, el culo levantándose solo buscando más. Adrián metió la lengua dentro, profunda, moviéndola en círculos, follándola con la lengua mientras con los dedos separaba más los labios. El sonido era obsceno: chap chap chap, la lengua entrando y saliendo cubierta de jugos espesos que él tragaba con ruiditos guturales.
-Sabes a madre desesperada -susurró contra el coño—. A madre que se muere por la polla de su hijo.
Siguió lamiendo durante lo que parecieron siglos: el clítoris lo tomó entre los labios y lo succionó despacio, luego rápido, luego con los dientes apenas rozando hasta que ella gritó. Metió dos dedos dentro, luego tres, luego cuatro, abriéndola despacio mientras la lengua no paraba en el clítoris. Laura se corrió la primera vez con un grito ahogado, el chorro caliente salpicando la cara de Adrián, pero él no paró; siguió lamiendo el chorro, tragándolo todo, los dedos entrando y saliendo más rápido, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. La segunda corrida llegó casi enseguida, más fuerte, el cuerpo de Laura arqueándose entero, las tetas temblando, la voz rota suplicando que parara y que no parara nunca.
Cuando la dejó respirar él se levantó, la polla morada y brillante de sus jugos apuntando al techo. Se puso de rodillas entre sus piernas y empezó a rozar otra vez, la punta gruesa abriendo los labios, entrando un centímetro y saliendo, entrando dos y saliendo. Laura lloraba de necesidad.
-Por favor… métemela… por favor, hijo…
-No -dijo él con calma-. Primero vas a mamármela tú. Hasta el fondo. Hasta que me corra en tu garganta de madre.
La ayudó a sentarse en la cama, las piernas temblando. Ella se arrodilló entre sus muslos abiertos y tomó la polla con las dos manos como si fuera un objeto sagrado y profano al mismo tiempo. Primero lamió la punta, despacio, recogiendo la gota salada que colgaba. Luego bajó por el tronco, lamiendo cada vena, cada pliegue de piel. Llegó a los huevos otra vez, los lamió, los succionó, los metió en la boca uno tras otro mientras con las manos pajeaba el tronco despacio. Adrián gemía bajito, la mano enredada en su pelo.
-Ahora la polla entera, mamá. Hasta que te ahogues.
Ella abrió la boca todo lo que pudo. La punta entró caliente, pesada, llenándole la lengua. Bajó despacio, centímetro a centímetro, la garganta abriéndose para recibirlo. Cuando llegó a la mitad ya tenía arcadas, pero él empujó suave y firme hasta que la nariz de Laura tocó el pubis, los huevos aplastados contra su barbilla. Se quedó así, inmóvil, la garganta palpitando alrededor de la polla, las lágrimas resbalando por las mejillas. Adrián empezó a moverse despacio, follándole la garganta con embestidas largas y profundas, los huevos golpeando la barbilla con cada una. El sonido era brutal: gorgoteos, arcadas, baba espesa resbalando por el tronco y goteando sobre las tetas de ella.
-Así… trágate la polla que salió de este coño -gruñó él.
La sacó casi entera y volvió a meterla de golpe, una y otra vez, hasta que Laura tuvo la cara roja y los ojos en blanco. Cuando sintió que se corría la sacó a medio camino y eyaculó dentro de la boca, chorros calientes y espesos que ella tragó con esfuerzo, tosiendo, la leche resbalando por las comisuras y goteando sobre las tetas. Adrián recogió con los dedos lo que caía y se lo metió en la boca hasta el fondo, obligándola a chupar.
-Ahora sí -dijo cuando terminó-. Ahora te voy a follar como la madre puta que eres.
La tiró boca arriba otra vez, le abrió las piernas hasta que las rodillas casi le tocaron los hombros y se colocó en la entrada. La punta rozó los labios hinchados una vez, dos, tres. Laura sollozaba de necesidad.
-Dime qué quieres.
-Quiero que me folles, Adrián. Quiero que me revientes el coño con la polla de mi hijo.
Él entró de golpe, hasta el fondo, un solo embiste que la partió en dos. Laura gritó, el dolor y el placer mezclándose en una explosión que le nubló la vista. Adrián se quedó quieto un segundo, disfrutando las contracciones del coño alrededor de su polla, luego empezó a moverse: lento al principio, saliendo casi entero y entrando hasta los huevos, luego más rápido, más fuerte, los huevos golpeando el culo con cada embestida. El sonido era animal: carne contra carne, jugos chorreando, gemidos que ya no eran humanos.
-Este coño… joder… este coño que me parió… ahora es mío -gruñía él con cada embestida.
Laura se corrió otra vez, el chorro caliente salpicando el vientre de Adrián, pero él no paró; siguió follándola más fuerte, más profundo, una mano en su garganta apretando justo lo suficiente para que le faltara el aire, la otra pellizcando el clítoris hinchado. La segunda corrida llegó casi enseguida, más fuerte, el cuerpo de Laura temblando entero, las uñas clavadas en la espalda de su hijo dejando surcos rojos. Adrián se corrió dentro con un rugido, la polla palpitando, chorros calientes y espesos llenándole el útero hasta que rebosó y salió por los lados, mezclándose con los jugos de ella en un charco grande y caliente debajo del culo.
No pararon. Cambiaron de postura: ella encima, cabalgándolo como una posesa, las tetas rebotando, el coño tragando la polla hasta el fondo con cada bajada. Luego de lado, él detrás, una mano en la teta apretando fuerte, la otra frotando el clítoris mientras la follaba por detrás con embestidas cortas y brutales. Luego de rodillas, él detrás otra vez, azotando el culo con cada embestida hasta dejarlo rojo e hinchado. Se corrieron una y otra vez, los orgasmos mezclándose, los cuerpos empapados de sudor y fluidos, el olor a sexo tan denso que se podía cortar con cuchillo.
Cuando terminaron, horas después, Laura estaba tirada boca abajo en la cama destrozada, el coño abierto y palpitante, la leche de su hijo chorreando por los muslos y goteando sobre las sábanas. Adrián se tumbó a su lado, la polla todavía medio dura apoyada sobre el muslo, y le pasó un brazo por la cintura como si fuera lo más natural del mundo.
-Ahora eres mía de verdad, mamá -susurró contra su oído-. Y mañana volverás a suplicar.
Laura cerró los ojos. Las lágrimas calientes resbalaron por las mejillas, pero entre las piernas el coño palpitó una vez más, satisfecho y hambriento al mismo tiempo. Se odiaba. Se amaba. Ya no sabía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra. Solo sabía que volvería. Siempre volvería.
