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La secretaria del jefe

Marcos (casado) y Valeria (nueva secretaria), se quedan solos en noches de horas extras. Tensión, deseo, roces… hasta que una botella de champán estalla y se comen vivos. Él se corre dentro mientras ella le susurra que su mujer nunca lo hará así.

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December 6, 2025
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El aire acondicionado soplaba un frío seco que arrastraba un olor a polvo quemado y ozono, pero ya había algo nuevo impregnando la oficina: un aroma cálido, húmedo, como piel recién depilada mezclada con vainilla y un toque de nervios salados. Marcos lo aspiró nada más entrar, y se le clavó directo en la base del cerebro, bajando como un latigazo hasta la polla, que dio un tirón dentro del bóxer como si ya supiera lo que vendría.

Valeria surgió en el marco de la puerta con una caja de cartón apretada contra el pecho. La blusa de seda crema se le adhería entre las tetas por el sudor pegajoso del metro; los botones tensaban la tela, amenazando con ceder bajo la presión de sus curvas. Al agacharse para dejar la caja en el suelo, la falda lápiz se estiró hasta delinear la raja profunda del culo y el hilo negro del tanga que se hundía entre las nalgas, marcando una línea húmeda que sugería calor acumulado. El perfume se intensificó en ese movimiento: vainilla ardiente, piel sudada y un matiz salobre que obligó a Marcos a tragar saliva espesa.

Se estrecharon la mano. Los dedos de ella estaban helados por el frío artificial, pero la palma irradiaba calor pegajoso, como si hubiera estado apretando los muslos en el trayecto. Al presionar, sus pulsos colisionaron: el de ella acelerado y errático, el de él ya latiendo con fuerza contenida. Se mantuvieron así un instante eterno, sintiendo cómo la sangre del uno pulsaba contra la piel del otro, transmitiendo un calor que subía por los brazos como una promesa viscosa.

Después, solo silencio cargado y miradas que abrasaban la piel.

Ella se movía por la oficina con pasos precisos, pasando por detrás de su silla para entregar papeles al director, y cada vez la nube de perfume le golpeaba la nuca como un soplo caliente. Marcos cerraba los ojos por un segundo, aspirándolo hasta el fondo de los pulmones, notando cómo la polla se hinchaba despacio, presionando contra la cremallera, filtrando una gota pegajosa de precum que empapaba el tejido del bóxer y dejaba un cerco tibio contra el muslo.

Cuando ella se inclinaba sobre la impresora para sacar folios, la falda se subía apenas un centímetro, revelando el borde del liguero negro que se clavaba en la carne pálida del muslo. El encaje contrastaba con la piel suave, y Marcos apretaba los dientes para contener un gemido ronco que le subía por la garganta.

Una mañana llegó bajo un diluvio torrencial. Valeria entró chorreando, el pelo adherido a la cara en mechones oscuros, la blusa vuelta casi invisible por el agua. Los pezones se erguían duros y oscuros, como dos protuberancias hinchadas presionando contra el encaje mojado del sujetador, donde un piercing diminuto en el izquierdo brillaba bajo la tela translúcida. Marcos le ofreció su camiseta de gimnasio del cajón. Ella se cambió en el baño contiguo, y al salir, el olor a él se mezclaba con el suyo: sudor masculino limpio, desodorante áspero y un rastro sutil de semen seco de la masturbación nocturna anterior, todo impregnado en su piel. Marcos pasó el día inhalando contra su propio cuello, capturando ecos de ella superpuestos a su propio aroma, mientras la polla le latía intermitentemente bajo la mesa.

Empezaron a quedarse solos cuando el director partió de viaje, dejando la oficina entera como un vacío cargado de posibilidades. Luces tenues al atardecer, silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado y sus respiraciones que se volvían cada vez más pesadas, como si el aire se espesara con el deseo no dicho.

Se extendían hasta tarde corrigiendo el informe monstruoso, sentados uno al lado del otro en la mesa larga de la sala de juntas. Ella se quitaba los tacones con un suspiro, dejando los pies descalzos sobre la moqueta áspera, y a veces sus dedos pintados de rojo oscuro rozaban el tobillo de Marcos en un contacto accidental que enviaba un calambre directo a sus huevos, haciendo que la polla se endureciera en pulsos dolorosos.

Una noche pidieron pizza grasienta y descorcharon una botella de vino barato que encontraron en el armario. Se acomodaron codo con codo, el calor de su muslo filtrándose a través de la falda hasta el de él, sin tocarse directamente pero tan cerca que los brazos se friccionaban con cada tecleo en el portátil. El aroma a tomate caliente, vino agrio y el matiz creciente de su excitación -un olor almizclado, como coño humedeciéndose bajo la tela- se mezclaba en el aire confinado, haciendo que Marcos respirara más profundo, notando cómo su propia polla filtraba más precum, empapando el bóxer hasta que sentía la humedad fría contra la piel.

Ella se estiró hacia atrás en la silla, arqueando la espalda, y la blusa se levantó lo justo para exponer una franja de piel sudorosa sobre la cintura de la falda. Ahí brillaba una marca de nacimiento en forma de media luna, salpicada de gotitas de transpiración que captaban la luz tenue. Marcos se quedó hipnotizado, la mirada clavada en esa piel expuesta, sintiendo que su polla daba un golpe seco contra el pantalón, hinchándose hasta doler.

Valeria captó la mirada fija. Se mordió el labio inferior con fuerza, los dientes hundiéndose en la carne rosada hasta que una gotita de sangre asomó, brillante y metálica, y el olor a hierro se sumó al cóctel sensorial.

Otra noche, exhausta, se quedó dormida sobre la mesa, la mejilla presionada contra un montón de gráficos arrugados. Respiraba con la boca entreabierta, un hilito de saliva viscosa deslizándose por la comisura y goteando sobre el papel. Marcos la observó durante veinte minutos interminables, el pecho subiendo y bajando con cada inhalación, imaginando lamer esa saliva tibia, seguir su rastro hasta la boca y más allá. En lugar de eso, le colocó su chaqueta sobre los hombros, capturando su calor corporal, y se retiró al baño adyacente. Allí, apoyado contra la pared fría, se bajó la cremallera y se masturbó furiosamente, la polla resbaladiza por el precum acumulado, corriéndose en chorros silenciosos mientras evocaba su boca tragándolo entero.

Cuando fue él quien se durmió en el sofá de piel negra, despertó con la cabeza de ella apoyada en su hombro, su aliento cálido y húmedo soplando contra su cuello expuesto. El pelo le rozaba la nariz, desprendiendo vainilla y sudor acumulado. Su pecho se presionaba contra su brazo con cada respiración, los pezones endurecidos pinchando a través de la blusa. La erección matutina le tensaba el pantalón hasta el punto de ruptura, la polla palpitando con cada latido, filtrando más humedad que empapaba la tela.

Ella intensificó su perfume, optando por uno más oscuro, con pachulí terroso y un subtono que evocaba sexo fresco, como fluidos mezclados en sábanas revueltas. Marcos se llevaba a casa la bufanda que ella olvidó una tarde, masturbándose con ella presionada contra la nariz, inhalando su esencia mientras su polla se endurecía y eyaculaba imaginando que era su coño el que lo apretaba, chorreando alrededor de él.

Por su parte, ella empezó a llegar con labios más carnosos y rojos, ojos delineados en negro ahumado que acentuaban las miradas prolongadas. Se equipó con medias de liguero que susurraban al rozar la piel. Una vez, al agacharse para recoger un bolígrafo rodado bajo la mesa, la falda se subió lo suficiente para que Marcos vislumbrara el encaje negro tenso contra la carne, y el brillo sutil de humedad en el interior del muslo. Tuvo que excusarse al baño, donde se corrió en menos de un minuto, la polla escupiendo contra el lavabo mientras fijaba la vista en la puerta cerrada, imaginando que era ella quien la empujaba para unirse.

La tensión se acumulaba noche tras noche, extendiéndose hasta las horas muertas. Compartían auriculares para jazz suave, el cable tenso entre ellos como una cuerda de deseo. Ella se perchaba en la esquina de su mesa, piernas cruzadas con la falda subiéndose gradualmente, exponiendo más muslo pálido y el susurro de las medias al friccionar. Al pasarle folios, sus dedos se demoraban en el contacto, piel contra piel, transmitiendo calor pegajoso y pulsos eléctricos que bajaban directo al coño de ella y la polla de él.

En la última noche antes de la entrega, tras imprimir la página final con un zumbido triunfal de la máquina, Valeria rebuscó en la nevera del office y extrajo la botella de Moët abandonada.

-¿Celebramos? - murmuró, los ojos brillando con fatiga y algo más salvaje, la voz quebrada por el agotamiento y el deseo reprimido.

Marcos asintió, las manos temblorosas al girar el alambre y presionar el corcho. El tapón estalló con un pop resonante que ecoó en la oficina desierta como un gemido ahogado.

Vertió el champán tibio en dos copas de plástico, el líquido burbujeante salpicando gotas que olían a victoria ácida y pecado fermentado. Brindaron en silencio, el tintineo de las copas vibrando en el aire cargado.

Se acomodaron en el sofá de piel negra, ella recostándose contra el respaldo con las piernas extendidas ligeramente abiertas sobre el asiento, los pies aún descalzos tocando el suelo. La falda se arrugó y subió hasta medio muslo, revelando el encaje superior de las medias y, en el ángulo justo bajo la luz tenue, un brillito de humedad entre las piernas: las bragas negras empapadas adhiriéndose al coño hinchado, delineando los labios mayores abultados y el surco central donde la tela se hundía en la humedad viscosa.

Marcos se aflojó la corbata, la camisa adherida a la espalda por el sudor acumulado, el bulto de su polla imposible de ocultar: una barra rígida y pulsante que tensaba la tela, filtrando un cerco oscuro de precum que se extendía como una mancha acusadora.

Valeria lo miró fijamente, inquebrantable. Tomó un sorbo prolongado, y una gota de champán escapó por la comisura de su boca, resbalando por la barbilla, descendiendo por el cuello expuesto y desapareciendo en el valle entre sus tetas, dejando un rastro brillante que captaba la luz.

Ninguno articuló palabra. Solo se observaron, el aire entre ellos espeso como miel caliente, cargado de olores mezclados: vainilla, sudor, excitación almizclada y el champán derramado.

El reloj de pared señalaba las 23:47.

La tensión era un cable tenso, listo para romperse, pero aún intacto.

Y todavía nadie había tocado a nadie.

El sofá de piel negra crujió cuando Valeria se movió apenas dos centímetros hacia él. Fue un sonido seco, casi obsceno, como si la oficina misma se hubiera quejado del calor que empezaba a desprenderse entre sus cuerpos.

Marcos tenía la copa en la mano izquierda; la derecha colgaba floja a lo largo del muslo, los dedos temblando sin control. El champán estaba tibio, casi caliente, y cada vez que daba un sorbo le sabía a metal y a saliva ajena. Valeria bebía despacio, mirándola por encima del borde de plástico, viendo cómo la garganta de ella subía y bajaba con cada trago.

Valeria dejó su copa en la mesita baja sin mirar. El cristal tintineó contra la madera y una gota se derramó, resbalando por el borde hasta caer al suelo con un plop diminuto. Se lamió el labio inferior para cazar la gota que le había quedado allí. La lengua rosada salió un segundo, brilló, volvió a esconderse. Marcos sintió que la polla le daba un golpe seco contra la cremallera, tan fuerte que tuvo que apretar los dientes.

Ella se descalzó del todo. Primero un pie, luego el otro. Los tacones cayeron al suelo con dos golpes sordos. Después dobló las piernas debajo del culo, pero esta vez lo hizo despacio, consciente, dejando que la falda se subiera centímetro a centímetro hasta que el encaje de las medias quedó a la vista y, justo encima, la piel pálida del muslo interior brilló bajo la luz mortecina. No se le veían las bragas desde ese ángulo, pero se notaba el calor saliendo de allí, un vapor húmedo que olía a coño abierto y a horas de deseo contenido.

Marcos se aflojó la corbata del todo. Tiró de ella hasta sacarla por la cabeza y la dejó caer al suelo como una serpiente muerta. El primer botón de la camisa ya estaba desabrochado; se abrió el segundo, luego el tercero, sin prisa, dejando que el pecho se le viera cada vez más. Tenía vello oscuro, sudoroso, pegado a la piel. El olor a hombre caliente empezó a mezclarse con el perfume de ella y creó una nube espesa que les rodeaba la cabeza.

Valeria se inclinó hacia delante para coger la botella. Al hacerlo, la blusa se abrió un poco más y el sujetador negro asomó, el encaje rozando la seda. Los pechos se movieron pesados, los pezones duros pinchando la tela. Cuando se incorporó, la botella en la mano, una gota de champán le cayó justo en el escote y resbaló despacio hacia abajo, perdiéndose entre las tetas. No se la limpió. Dejó que brillara allí, como una joya sucia.

Volvió a llenar las copas. Al pasarle la de él, sus dedos se rozaron. Fue el primer contacto real de la noche. Piel contra piel, caliente, pegajosa por el sudor y el champán derramado. Ninguno retiró la mano. Se quedaron así, dedos entrelazados alrededor del plástico, respirando el mismo aire.

-¿Estás cansado? -preguntó ella en voz tan baja que casi fue un susurro contra su boca.

Marcos negó con la cabeza. No podía hablar. Tenía la garganta seca y la polla latiendo tan fuerte que le dolía la ingle.

Valeria sonrió. Una sonrisa lenta, sucia, que no llegó a los ojos. Se llevó la copa a los labios y bebió sin apartar la mirada. Cuando terminó, dejó la copa otra vez en la mesa y se lamió los labios con la lengua entera, despacio, como si estuviera limpiando algo más que champán.

Se acercó un poco más. Ahora sus rodillas se tocaban. La falda de ella rozaba el pantalón de él. La tela era fina, pero el calor pasaba igual. Marcos notó cómo el muslo de ella temblaba ligeramente, un temblor que subía desde el coño hasta la rodilla.

Ella levantó la mano y, sin pedir permiso, le limpió con el pulgar una gota de champán que le había quedado en el labio inferior. El dedo se quedó allí un segundo de más, presionando suave. Después se lo llevó a la boca y lo chupó despacio, mirándolo a los ojos. Sabía a él, a alcohol y a piel.

Marcos soltó un gemido bajo, casi animal. La polla le saltó dentro del pantalón, dejando un cerco más grande de precum que ya empapaba la tela gris hasta hacerse visible.

Valeria se rio bajito. Un sonido húmedo, de garganta.

-¿Te gusta? -susurró.

Él asintió. No podía hacer otra cosa.

Ella se movió otra vez. Esta vez se subió a horcajadas sobre él, pero sin sentarse del todo. Quedó suspendida a centímetros, las rodillas a ambos lados de sus caderas, la falda subida hasta la cintura, las bragas negras ahora sí a la vista: un triángulo diminuto empapado, pegado al coño como una segunda piel. Los labios mayores se marcaban hinchados, el clítoris empujando contra la tela, un bulto duro y oscuro que palpitaba con cada latido suyo.

No se sentó. Solo quedó allí, flotando, dejando que el calor de su coño le quemara la polla a través de las capas de ropa. Marcos notó la humedad filtrándose, un calor húmedo que le llegaba hasta la piel. Olía a coño abierto, a flujo espeso, a deseo de días.

Él levantó las manos y las puso en sus caderas, pero sin apretar. Solo las dejó allí, sintiendo el calor a través de la falda. Ella se movió apenas, un balanceo mínimo, rozando el bulto de su polla con el coño empapado. Fue un roce de nada, pero los dos jadearon al mismo tiempo.

Valeria se inclinó hacia delante. Su pelo cayó como una cortina alrededor de sus caras. El aliento de ella olía a champán y a saliva caliente. Estuvieron así un minuto entero, bocas a un centímetro, respiraciones mezclándose, labios casi tocándose pero nunca llegando a besarse.

Marcos bajó las manos despacio hasta los pies descalzos de ella. Los tomó, uno en cada palma y empezó a masajearlos. Los dedos entre los suyos, los talones, las plantas sudorosas. Ella gimió bajito, un sonido que le salió de lo más hondo del pecho. Se movió otra vez, rozando más fuerte, dejando una mancha húmeda en el pantalón de él.

Él subió las manos por las pantorrillas, por las rodillas, por los muslos. Se detuvo justo donde empezaba el encaje de las medias. Allí la piel estaba ardiendo. Ella tembló entera.

Valeria le desabrochó la camisa botón a botón. Cada vez que liberaba uno, bajaba la cabeza y lamía el trozo de pecho que quedaba al aire. Lengua caliente, saliva fresca, dientes rozando apenas. Cuando llegó al último botón, la camisa se abrió del todo. Ella pasó las manos por su pecho, por los abdominales, por el vello oscuro que bajaba hasta el ombligo. Se detuvo justo encima del cinturón.

Marcos le subió la falda del todo. Ahora las bragas estaban completamente a la vista: negras, mínimas, empapadas hasta el punto de que se transparentaban. Se veía el coño entero: los labios mayores hinchados, el clítoris duro como una piedrecita, el agujero palpitando debajo de la tela mojada.

Ella se inclinó y le lamió el cuello. Desde la clavícula hasta la oreja. Después le mordió el lóbulo, suave, luego más fuerte. Marcos jadeó. La polla le saltaba sola, buscando contacto.

Valeria se apartó un segundo. Cogió su copa y dio un sorbo. Luego se lo pasó a él, boca con boca. Él bebió del mismo sitio donde ella había bebido. El champán sabía a su saliva.

Ella le bajó la cremallera despacio. El sonido fue obsceno en el silencio de la oficina. La polla saltó fuera, dura, venosa, la cabeza brillante de precum. Valeria la miró como si fuera la primera vez que veía una. La rodeó con la mano, pero sin apretar. Solo la sostuvo, sintiendo cómo palpitaba.

Marcos metió la mano entre las piernas de ella. Por encima de las bragas. Notó el calor, la humedad, el coño palpitando contra su palma. Ella gimió fuerte, se movió contra su mano, pero sin dejar que entrara nada.

Se quedaron así horas. O minutos que parecieron horas.

Él rozándole el coño por encima de la tela empapada, ella apretándole la polla por encima del bóxer bajado, los dos jadeando, oliendo a sexo, a sudor, a champán derramado.

Cuando ella se arrodilló entre sus piernas, la polla de él estaba fuera, palpitando, la cabeza morada y brillante. Valeria se acercó hasta que su aliento caliente le golpeó la piel. Sopló despacio. Luego más fuerte.

Marcos le suplicó con la voz rota.

Ella solo sonrió y dijo:

-Todavía no.

Valeria seguía de rodillas, la polla de Marcos todavía latiendo entre sus labios hinchados. Acababa de tragarse la segunda corrida de la primera había sido en la garganta, la segunda en la boca hasta rebosar, y aún le quedaba leche pegada en la barbilla.

Levantó la vista. Los ojos maquillados corridos, la boca roja y brillante.

-Tu mujer no te la chupa así, ¿verdad? -susurró la voz rota, ronca de tanto gritar y tragar.

Marcos negó con la cabeza. Tenía la alianza en la mano izquierda, apretada contra el pelo de ella.

-Nunca. Ni de coña.

Valeria sonrió, sucia.

-Pues hoy vas a olvidarte de que existe.

Se levantó de un salto, se quitó la blusa rota y el sujetador. Las tetas cayeron pesadas, los pezones morados de tanto morderlos él. Se bajó la falda y las bragas destrozadas de un tirón. Quedó desnuda salvo por las medias rotas y liguero. El coño chorreaba. Literalmente. Un hilo largo y blanco le bajaba por el interior del muslo.

Marcos se quitó lo que le quedaba de ropa. La polla volvía a estar dura como una barra de hierro, brillante de saliva y leche.

Valeria lo empujó contra la mesa del director.

-Aquí no -dijo él-. Ahí firma mi mujer cuando viene a traer a los niños.

-Pues hoy vas a firmar tú con mi coño -respondió ella, y se subió a la mesa de un salto.

Se abrió de piernas delante de él. El coño estaba rojo, abierto, palpitando. Los labios menores colgaban hinchados, el clítoris como una cereza madura. Un chorro de flujo le salió solo al abrirse más.

-Ven -ordenó-. Lámeme hasta que me mee en tu boca.

Marcos se arrodilló. Le abrió los labios con los pulgares. El olor era brutal: coño caliente, sudor, champán, leche suya mezclada. Metió la lengua hasta el fondo. Valeria gritó.

-Joder, sí… así… métemela toda… lame el fondo, cabrón…

Él lamía como un poseído. Lengua plana contra el clítoris, lengua en punta follando el agujero, lengua girando alrededor del ano. Ella se retorcía, le agarraba el pelo, le follaba la cara.

-Cómeme el culo también… méteme la lengua… sí, ahí… ahhh, joder…

Se corrió la primera vez en menos de dos minutos. Un chorro caliente que le entró por la nariz. Marcos tragó lo que pudo. El resto le chorreó por la barbilla.

-Otra vez -suplicó ella-. No pares… quiero correrme hasta que no pueda más…

Él siguió. Dedos dentro, cuatro de golpe, retorciéndolos, buscando el punto. Pulgar en el culo. Valeria chillaba, se arqueaba, le clavaba las uñas en la cabeza.

-No… no pares… voy a… voy a…

Se corrió otra vez, más fuerte. Esta vez sí se meó un poco. Un chorrito caliente, salado, que le cayó en la lengua. Marcos lo bebió todo.

Después la giró boca abajo sobre la mesa. Le abrió las nalgas. El culo era perfecto, redondo, rojo de los azotes anteriores. Escupió en el agujero. Metió un dedo. Dos. Tres.

-Vas a follarme aquí también -dijo ella sin aliento-. Pero primero el coño. Quiero que me revientes el coño en la mesa donde tu mujer deja las fotos de tus hijos.

Marcos se puso detrás. La polla palpitaba, la cabeza morada, brillante. Rozó el coño abierto. Solo la cabeza. Entró y salió, entró y salió, sin meterla del todo.

-Puta madre… métemela ya… -suplicó ella.

-No. Todavía no.

Siguió rozando. Cabeza gorda abriendo los labios, saliendo cubierta de crema, volviendo a entrar solo un centímetro. Valeria lloraba de frustración.

-Por favor… por favor… métemela… quiero sentirte hasta el útero…

Él sonrió. Y entró.

De un solo golpe. Hasta el fondo.

Valeria gritó tan fuerte que se le rompió la voz.

-Joder… sí… rómpeme… rómpeme el coño…

Marcos empezó a follar como un animal. Embistidas brutales, los huevos chocando contra el clítoris, la mesa temblando, papeles volando. Cada vez que salía, la polla salía cubierta de crema blanca espesa. Cada vez que entraba, Valeria gritaba.

-Más fuerte… más… dame más… quiero que me duela mañana cuando me siente…

Él le azotaba el culo con cada embestida. Rojo, morado. Le agarraba el pelo, le arqueaba la espalda.

-Mírame -ordenó.

Ella giró la cabeza. Los ojos llenos de lágrimas.

-Dime que soy mejor que ella.

-Eres mejor… joder, eres mil veces mejor… tu coño es… es… ahhh…

Se corrió dentro la primera vez. Un chorro largo, caliente, que la llenó hasta rebosar. La leche salió por los lados, chorreó por las piernas de ella, cayó sobre la mesa.

No paró. Siguió follando. La polla saliendo y entrando cubierta de leche y flujo.

-Otra vez… dame otra corrida dentro… quiero irme a casa con tu leche chorreándome…

Segunda posición: la levantó en brazos y la empotró contra la cristalera.

La ciudad abajo, dormida. Arriba, Valeria con las piernas abiertas alrededor de su cintura, la polla entrando y saliendo a toda velocidad. El vidrio frío contra sus tetas, los pezones duros raspando.

-Míralos -jadeó él-. Todos esos cabrones abajo… no saben que te estoy follando como una puta en la ventana…

-Sí… sí… que miren… que vean cómo me revientas…

Él la follaba de pie, ella rebotando, el coño chorreando leche y flujo por sus muslos, por los huevos de él, goteando al suelo.

-Córrete otra vez… quiero sentir cómo me aprietas…

Valeria se corrió gritando, el coño contrayéndose alrededor de la polla, ordeñándola. Marcos se corrió dentro otra vez, llenándola hasta que la leche le salió por los lados y le chorreó por las piernas.

La bajó al suelo. Ella se quedó de rodillas, temblando, el coño abierto, rojo, leche saliendo a chorros lentos.

Marcos se sentó en la silla del director. La polla medio blanda, brillante de todo.

Valeria gateó hasta él. Se arrodilló entre sus piernas.

-Ahora me toca limpiar -dijo con voz rota.

Tomó la polla con las dos manos. Empezó a lamer desde los huevos hasta la punta. Lengua lenta, larga, recogiendo cada gota de leche, flujo, sudor. Metió la polla entera en la boca aunque estaba sensible. Chupó, tragó, limpió.

Marcos la miró. Tenía la alianza todavía en la mano.

Valeria levantó la vista, la boca llena.

-Córrete otra vez -dijo-. A partir de hoy, esta polla es mía, tu leche me pertenece.

Él sonrió. Se la metió hasta la garganta una última vez.

Y se corrió otra vez, flojo, pero dentro de su boca.

Ella tragó todo.

Después se levantó, se puso la falda arrugada, las bragas rotas en el bolsillo.

Marcos firmó el informe con mano temblorosa.

Debajo escribió:

Proyecto entregado.

Valeria se rio, se agachó y le dio un último beso en la punta de la polla.

-Mañana a las ocho -dijo-. Trae el anillo puesto. Quiero verlo mientras te la chupo debajo de la mesa.

Y se fue taconeando.

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