Sandra entró en el bufete a las siete y media de la tarde, cuando el resto de los empleados ya se habían marchado. El pasillo estaba en penumbra, solo iluminado por las luces de emergencia y el resplandor anaranjado que se filtraba desde el despacho de Luis al fondo. El aire acondicionado zumbaba bajo, pero no lograba disipar el calor pegajoso de finales de junio que se adhería a la piel como una segunda capa de ropa. Ella llevaba un vestido ligero de lino beige, ajustado en la cintura, que se le pegaba un poco a los muslos cada vez que caminaba; el roce de la tela contra sus piernas desnudas le provocaba un cosquilleo constante, como si ya presintiera lo que iba a suceder.
Luis la esperaba de pie junto a la ventana, con la camisa arremangada hasta los codos y la corbata floja. La luz mortecina del atardecer le dibujaba sombras duras en la mandíbula y en el cuello, donde una gota de sudor se deslizaba lentamente hasta perderse bajo el cuello abierto de la camisa. Cuando Sandra cerró la puerta detrás de sí, el clic del pestillo resonó demasiado fuerte en el silencio. Luis se volvió despacio, y sus ojos se encontraron con los de ella sin prisa, como si ya hubieran estado esperándose desde hacía años.
-Acércate, Sandra -dijo él con voz baja, ronca por las horas de reuniones-. Tu marido me pidió que te atendiera personalmente. Dice que confía en mí más que en nadie.
Ella avanzó por la moqueta gruesa, sintiendo cómo sus tacones se hundían ligeramente en cada paso. El olor del despacho la envolvió de golpe: cuero viejo de los sillones, café frío en una taza olvidada, y por encima de todo el aroma masculino de Luis, una mezcla de colonia cara, sudor limpio y algo más profundo, más animal, que le subió directo a la garganta y le hizo apretar los muslos sin querer.
Sandra se detuvo a un metro de él. Luis no se movió. Solo la miró, de arriba abajo, deteniéndose en el escote sutil del vestido, en la curva de sus pechos que subían y bajaban con una respiración ya alterada. Ella sintió que el aire entre ellos se espesaba, se volvía denso y caliente, como si respiraran el mismo aliento reciclado.
-Siéntate -señaló el sillón frente al escritorio-. Vamos a revisar los documentos.
Sandra obedeció, cruzando las piernas con cuidado. El vestido se le subió un par de centímetros por los muslos, revelando la piel suave y ligeramente bronceada. Luis rodeó el escritorio y se sentó frente a ella, tan cerca que sus rodillas casi se rozaban. Abrió la carpeta gruesa del caso: demandas, contratos, correos impresos. Pero ninguno de los dos miró realmente los papeles durante los primeros minutos. Solo se miraban el uno al otro por encima del borde de las hojas.
-El problema es grave -empezó Sandra, y su voz salió más temblorosa de lo que esperaba-. Mi marido no lo sabe todo. Hay… cosas que hice antes de casarnos. Transferencias. Cuentas en el extranjero. Si sale a la luz…
Luis levantó una mano para interrumpirla, pero no la tocó. La dejó suspendida en el aire, a apenas diez centímetros del antebrazo desnudo de ella. El calor de su palma llegaba hasta su piel como una caricia invisible.
-Tranquila. Respira. Cuéntamelo despacio.
Sandra tragó saliva. El nudo en su garganta era mitad miedo, mitad otra cosa que no quería nombrar. Empezó a hablar, voz baja, detallando cifras, fechas, nombres. Cada vez que mencionaba una cantidad especialmente alta, Luis inclinaba la cabeza y anotaba algo en un bloc amarillo. Pero sus ojos no se apartaban de los labios de ella, de cómo se humedecían cuando pasaba la lengua nerviosa por ellos.
En un momento, Luis se levantó para alcanzar un tomo grueso del código civil en la estantería detrás de Sandra. Al hacerlo, su cuerpo pasó rozando la espalda del sillón. Ella sintió el calor de su torso a través de la tela fina del vestido, el roce fugaz de su camisa contra su hombro desnudo. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral hasta la nuca. Luis se quedó allí un segundo más de lo necesario, como si oliera su perfume mezclado con el leve sudor que empezaba a perlarle la piel entre los ombros.
Cuando volvió a sentarse, sus rodillas sí se tocaron. Ninguno de los dos las apartó. El contacto era leve, apenas la presión de hueso contra hueso a través de la tela, pero suficiente para que Sandra sintiera un latido caliente entre las piernas. Luis siguió tomando notas, pero su letra se volvía más irregular, los trazos más gruesos.
Pasaron casi dos horas así. Hablando del caso, sí, pero también de otras cosas: recuerdos de la universidad que compartían a través del marido, anécdotas que siempre habían quedado a medias. Cada vez que Sandra se inclinaba para señalar un párrafo en un documento, su cabello caía hacia delante y rozaba el dorso de la mano de Luis. Él no retiraba la mano. Dejaba que los mechones oscuros se deslizaran sobre sus nudillos, como si fueran una caricia consentida.
A las diez de la noche, el edificio estaba completamente vacío. Solo se oía el zumbido lejano del aire acondicionado y el tic-tac de un reloj de pared. Sandra se había quitado los zapatos bajo el escritorio; sus pies desnudos rozaban la moqueta, y de vez en cuando la planta de uno de ellos tocaba sin querer el zapato de Luis. Él tampoco se movía.
-Necesito un vaso de agua -dijo ella de pronto, con la garganta seca.
Luis se levantó y fue hasta el pequeño frigorífico del rincón. Sacó una botella fría y se la tendió. Al hacerlo, sus dedos se encontraron alrededor del vidrio helado. Ninguno soltó la botella de inmediato. El contraste entre el frío del cristal y el calor de sus pieles era eléctrico. Sandra sintió que la botella temblaba ligeramente entre sus manos unidas.
Luis se inclinó un poco más. Su aliento cálido rozó la mejilla de ella, oliendo a café y a algo más intenso, más masculino.
-Puedes contarme todo, Sandra. Todo. Estoy aquí para ayudarte.
La voz de él era un murmullo grave que vibraba en el pecho de ella. Sandra levantó la mirada. Sus rostros estaban a menos de veinte centímetros. Podía ver las pequeñas vetas verdes en los ojos oscuros de Luis, la sombra de barba que empezaba a asomar en su mandíbula, la gota de sudor que volvía a formarse en su sien.
Sin saber muy bien cómo, Sandra se encontró de pie. Luis no se apartó. Sus cuerpos quedaron separados por apenas un suspiro de aire. Ella sintió el calor que emanaba del pecho de él, el latido acelerado bajo la camisa. Luis bajó la vista hasta los labios de ella, y luego más abajo, hasta el escote donde el vestido se abría lo justo para mostrar el borde de encaje del sujetador.
-Sandra… -empezó él, pero no terminó la frase.
Ella dio un paso adelante. Solo uno. Sus pechos rozaron el torso de Luis a través de las telas. El contacto fue leve, pero ambos jadearon al mismo tiempo. Sandra sintió cómo sus pezones se endurecían al instante, presionando contra la tela del sujetador y del vestido. Luis bajó las manos hasta posarlas, apenas, en la cintura de ella. No apretó. Solo las dejó allí, como si midiera la temperatura de su piel a través del lino.
El silencio se volvió denso, cargado. Sandra podía oír la respiración de Luis, profunda y controlada, pero cada vez más rápida. Olía su sudor limpio, mezclado con la colonia que se había puesto esa mañana y que ahora se intensificaba con el calor corporal. Ella misma notó cómo su propio aroma se volvía más intenso: el perfume floral que llevaba empezaba a mezclarse con el olor más íntimo de su excitación, ese olor dulce y salado que subía desde entre sus piernas.
Luis inclinó la cabeza muy despacio. No la besó. Solo acercó sus labios a los de ella hasta que casi se tocaban. Sandra sintió el aliento caliente de él en su boca abierta. Sus labios se rozaron apenas, un roce fugaz que duró segundos eternos. Ninguno cerró los ojos.
Entonces Sandra retrocedió un paso. No mucho. Solo lo suficiente para que sus cuerpos dejaran de tocarse. Pero sus manos seguían en la cintura de él, ahora aferradas a la tela de la camisa. Los dedos de Luis se cerraron un poco más en sus caderas.
-No deberíamos -susurró ella, pero su voz sonaba más a súplica que a rechazo.
Luis no respondió con palabras. Solo bajó la mirada hasta el pecho de ella, viendo cómo subía y bajaba agitado. Luego volvió a mirarla a los ojos, y en ellos había algo oscuro, hambriento, que Sandra reconoció al instante porque era el mismo que sentía ella.
Se miraron así durante minutos que parecieron horas. Ninguno se movía. Solo respiraban el mismo aire caliente, cargado de deseo contenido. Sandra sentía cómo su coño empezaba a palpitar, a humedecerse lentamente, la tela de las bragas pegándose a sus labios hinchados. Luis, por su parte, notaba cómo su polla se endurecía dentro de los pantalones, presionando contra la cremallera con una urgencia dolorosa.
En un momento, Sandra dejó caer una mano. Muy despacio. La deslizó por el pecho de Luis, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el latido acelerado del corazón. Bajó hasta el cinturón. Allí se detuvo. Luis contuvo el aliento.
Ella levantó la mirada otra vez. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas. Luis tragó saliva con dificultad.
-Sandra…
Ella no respondió. Solo bajó la cremallera muy despacio, centímetro a centímetro, el sonido metálico resonando obsceno en el silencio del despacho. Luis no se movió. Dejó que ella lo hiciera todo. Cuando la cremallera estuvo abierta, Sandra metió la mano dentro, rozando con los nudillos la tela de los boxers. Encontró la polla dura, caliente, palpitante. La sacó con cuidado, como si fuera algo frágil y peligroso a la vez.
Era gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante de precum. Sandra la envolvió con la mano, sintiendo cómo palpitaba contra su palma. Luis soltó un jadeo bajo, casi un gruñido.
Ella se arrodilló despacio.
La polla de él, gruesa y venosa, palpitaba a centímetros de su rostro, la cabeza brillante por la gota de precum que volvía a formarse en la punta como una perla obscena. El aroma subía en oleadas calientes: almizcle intenso de hombre excitado, sudor acumulado bajo la tela del pantalón durante horas de tensión, y ese toque salado y animal que le hacía contraer el estómago de puro deseo prohibido. Ella respiró hondo por la nariz, dejando que el olor la invadiera, la mareara, hasta que sintió un calor líquido extenderse entre sus muslos y empapar la tela fina de sus bragas.
Luis no la tocaba aún, solo la miraba desde arriba con los ojos oscurecidos por la lujuria, la mandíbula apretada y una gota de sudor deslizándose por su sien hasta perderse en el cuello de la camisa abierta. Sus manos colgaban a los lados, pero los dedos se abrían y cerraban como si luchara por no agarrarla del pelo y follándole la boca de una vez. Sandra sintió esa contención como una caricia invisible, un juego de poder que la hacía mojarse más, el coño palpitando vacío bajo el vestido arrugado. Lentamente, muy lentamente, sacó la lengua y lamió la gota de precum de la punta, un roce suave y prolongado que hizo que Luis soltara un gruñido bajo desde el fondo de la garganta.
El sabor le explotó en la boca: salado, ligeramente amargo, con un fondo cálido y viscoso que le recordó al semen que ya había probado en fantasías prohibidas durante noches solitarias. Sandra cerró los ojos un instante, saboreándolo, dejando que el líquido se deslizara por su lengua antes de tragarlo con un movimiento lento de la garganta. Luego abrió la boca más, envolviendo solo la cabeza con los labios suaves, succionando con delicadeza mientras la lengua giraba alrededor del glande, explorando cada pliegue, cada vena hinchada que palpitaba contra su paladar. Luis jadeó, las caderas moviéndose apenas hacia delante, buscando más profundidad, pero ella se retiró un poco, negándoselo, prolongando la tortura.
Volvió a lamer, esta vez desde la base hasta la punta, un trazo largo y húmedo que dejó un rastro brillante de saliva chorreando por el tronco grueso. El sonido era obsceno en el silencio del despacho: el lametón húmedo, el jadeo ahogado de Luis, el zumbido lejano del aire acondicionado que no lograba enfriar el calor que emanaba de sus cuerpos. Sandra repitió el movimiento una y otra vez, lamiendo la polla como si fuera un helado que se derrite en verano, la lengua plana y presionando fuerte contra las venas, sintiendo cómo saltaban bajo la presión. La saliva se acumulaba en su boca y empezaba a gotear por las comisuras de sus labios, cayendo en hilos plateados sobre la moqueta oscura.
Luis por fin posó una mano en la cabeza de ella, los dedos enredándose en el cabello sedoso sin tirar, solo guiando, sosteniendo. Sandra levantó la mirada hacia él mientras abría más la boca y se la metía despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la verga le estiraba los labios, llenaba la cavidad bucal hasta presionar contra la garganta. El grosor la hacía jadear alrededor de la carne, las mejillas hundiéndose al succionar con fuerza. Empezó a mover la cabeza adelante y atrás en un ritmo lento, deliberado, cada retiro dejando la polla brillante y chorreante, cada avance metiéndosela más profundo hasta que las arcadas le subían desde el estómago y le hacían llorar los ojos.
La saliva chorreaba ahora abundantemente, goteando por la barbilla de Sandra, manchando el escote del vestido donde los pechos subían y bajaban agitados. Ella no se limpiaba, dejaba que corriera, que empapara la tela, que el olor a sexo oral se mezclara con su perfume floral ahora corrompido. Luis gruñía con cada embestida suave en su boca, los dedos apretándose un poco más en el pelo, pero aún conteniéndose. Sandra aceleró apenas el ritmo, succionando más fuerte en la cabeza cada vez que se retiraba, la lengua girando furiosamente alrededor del frenillo hasta que Luis temblaba visiblemente.
Sacó la polla un momento solo para lamer los huevos pesados que colgaban debajo, pesados y cubiertos de un vello oscuro y sudoroso. Los tomó en la boca uno a uno, succionando con delicadeza mientras la mano bombeaba el tronco húmedo arriba y abajo, el sonido chapoteante de la saliva llenando el aire. El olor allí era más intenso, más crudo: sudor de todo el día atrapado en los pliegues, almizcle puro que le hacía cerrar los ojos y gemir alrededor de la carne. Luis soltó un jadeo roto, las caderas empujando hacia delante buscando la boca caliente de nuevo.
Sandra volvió a metérsela entera, esta vez más profundo, relajando la garganta hasta que la nariz rozó el pubis de él, inhalando el olor aplastante de su entrepierna. Se quedó allí segundos eternos, tragando alrededor de la polla, las contracciones de la garganta masajeando la cabeza hasta que Luis gruñó alto y tuvo que apartarla un poco para no correrse ya. Ella no protestó, solo empezó a follarse la boca con la verga en movimientos largos y lentos, la saliva formando burbujas en las comisuras, cayendo en chorros sobre sus tetas que asomaban ahora por el escote desabrochado sin que ella se diera cuenta.
Luis empezó a mover las caderas al ritmo de ella, follándole la boca con embestidas cortas pero profundas, el sonido húmedo y chapoteante resonando como palmadas obscenas. Sandra gemía alrededor de la carne, las vibraciones subiendo por la polla y haciendo que Luis apretara los dientes. Ella se tocaba ahora abiertamente por encima del vestido, la mano presionando el coño empapado, sintiendo cómo los labios hinchados palpitaban bajo la tela mojada. El olor de su propia excitación subía hasta mezclarse con el de la mamada, un aroma dulce y salado que llenaba el despacho como una niebla espesa.
Minutos y minutos pasaron así, la mamada volviéndose interminable, Sandra alternando ritmos: lento y torturador, luego rápido y voraz, luego parando para lamer solo la punta mientras miraba a Luis a los ojos y susurraba palabras sucias con la voz ronca por el abuso.
-Así te gusta, ¿verdad? La boca de la mujer de tu mejor amigo chupándote la polla como una puta en tu despacho.
Luis gruñía en respuesta, los ojos vidriosos, el sudor corriéndole por el pecho abierto de la camisa. Sandra volvía a metérsela hasta el fondo, las arcadas haciendo que lágrimas calientes rodaran por sus mejillas, mezclándose con la saliva que chorreaba por su cuello y empapaba el sujetador. Los huevos de Luis se contraían ya, la polla hinchándose más en su boca, palpitando con fuerza contra la lengua.
Cuando sintió que él estaba al borde, Sandra succionó con toda su fuerza, la cabeza hueca, la garganta abierta, invitándolo a correrse. Luis empujó una última vez profundo y se corrió con un rugido ahogado, chorro tras chorro espeso y caliente inundando la boca de ella, golpeando la garganta, llenándola hasta que no pudo tragar todo y la leche se derramó por las comisuras, cayendo blanca y viscosa sobre su barbilla, su cuello, sus tetas expuestas.
Sandra tragó lo que pudo, el sabor intenso y amargo quedándosele en la lengua mientras lamía los últimos restos de la polla que se ablandaba lentamente. Se quedó allí un momento más, respirando agitada, la boca hinchada y roja, el rostro manchado de semen y saliva.
Entonces la culpa la golpeó como un latigazo frío en plena fiebre.
Se puso de pie tambaleándose, las piernas débiles, el vestido pegado al cuerpo por el sudor y los fluidos. Luis intentó alcanzarla, la mano extendida, la polla aún fuera y brillante.
-Sandra, espera…
Pero ella ya retrocedía, limpiándose la boca con el dorso de la mano, el semen pegajoso manchando su piel. Las lágrimas le rodaban ahora de verdad, mezcladas con el rímel corrido.
-No… no puedo… lo siento…
Abrió la puerta de golpe y salió corriendo por el pasillo desierto, los tacones resonando como disparos en la noche vacía, dejando atrás el despacho que olía a sexo consumado y traición recién nacida. Luis se quedó solo, la respiración agitada, el sabor amargo de lo prohibido quemándole en la piel y en la conciencia.
Sandra corrió por el pasillo desierto del bufete, los tacones resonando como ecos acusadores contra las paredes vacías, cada paso enviando una vibración aguda hasta su coño aún palpitante y empapado. El aire nocturno del edificio la golpeó fresco en la cara manchada de semen seco y saliva, pero no logró enfriar el fuego que ardía en su vientre ni disipar el olor intenso que llevaba pegado a la piel: el almizcle crudo de la polla de Luis mezclado con su propia excitación, un aroma salado y viscoso que subía desde entre sus muslos donde las bragas se adherían húmedas a los labios hinchados. Las lágrimas le rodaban calientes por las mejillas, arrastrando el rímel en surcos negros, y el sabor amargo de la corrida aún le cubría la lengua, espeso y persistente, recordándole cada trago forzado, cada chorro caliente que había inundado su garganta. Se sentía sucia, traicionada por su propio cuerpo que aún temblaba de deseo insatisfecho, el coño contrayéndose vacío en espasmos traicioneros mientras bajaba las escaleras a trompicones.
Llegó al parking subterráneo casi sin aliento, el pecho subiendo y bajando agitado bajo el vestido arrugado y manchado en el escote por gotas blancas secas. El coche de su marido estaba allí, prestado para la "reunión urgente", y al sentarse en el asiento de cuero frío sintió cómo el tejido se pegaba a sus muslos sudorosos, el roce enviando un nuevo latido de placer culpable directo a su clítoris hinchado. Encendió el motor con manos temblorosas, el zumbido bajo vibrando a través del asiento hasta su culo, y salió a la calle iluminada por farolas anaranjadas. La ciudad estaba casi vacía a esas horas, solo algún taxi ocasional y el viento cálido de junio entrando por la ventanilla entreabierta, secando lentamente las manchas en su piel pero intensificando el olor a sexo que impregnaba el habitáculo como una niebla densa.
Durante el trayecto a casa, Sandra no podía dejar de revivirlo todo: la polla gruesa de Luis llenándole la boca, el gruñido ronco cuando se corrió, el sabor viscoso que aún le hacía salivar involuntariamente. Se mordió el labio hasta sentir sangre, intentando ahogar los gemidos que subían desde su garganta, pero su mano traidora bajó sola hasta el regazo, presionando el vestido contra el coño empapado, sintiendo cómo los fluidos se habían filtrado hasta la tela exterior, dejando una mancha oscura y caliente. El roce de sus propios dedos a través del lino era torturador, insuficiente, y cada bache en la carretera hacía que sus tetas rebotaran dolorosamente, los pezones duros rozando el sujetador empapado de saliva y semen. Llegó a casa con las piernas débiles, el corazón latiéndole en las sienes y en el chocho al mismo ritmo acelerado.
Su marido dormía profundamente cuando entró en el dormitorio, el aire acondicionado zumbando bajo y el olor familiar de su colonia barata contrastando brutalmente con el aroma prohibido que aún llevaba encima. Sandra se desnudó en el baño a oscuras, dejando caer el vestido al suelo con un sonido húmedo, y se miró en el espejo empañado: los labios hinchados y rojos, el cuello manchado de blanco seco, las tetas marcadas por el roce de la tela y los pezones erectos como guijarros. El coño le palpitaba visiblemente entre los muslos abiertos, los labios mayores hinchados y brillantes de jugos, el clítoris asomando rojo y sensible. Se tocó apenas, un roce fugaz con dos dedos que la hizo jadear y doblarse, pero se detuvo, la culpa quemándole más que el deseo. Se metió en la ducha fría, el agua helada golpeando su piel ardiente como agujas, pero ni siquiera eso borró el sabor de Luis en su boca ni el vacío palpitante entre sus piernas.
Pasaron dos días de agonía pura. Sandra evitaba el teléfono, borraba mensajes de trabajo sin leerlos, pero cada noche se despertaba sudando, el coño mojado y contrayéndose alrededor de nada, soñando con la polla de Luis empujando en su garganta, con sus manos en su pelo guiándola más profundo. Su marido notaba algo raro, le preguntaba si el caso avanzaba, y ella mentía con voz temblorosa, sintiendo cómo la traición le humedecía las bragas cada vez que pronunciaba el nombre de Luis. El tercer día, llegó un mensaje privado desde un número desconocido: "Tenemos que terminar de revisar los documentos. Mañana, misma hora. No faltes. L." El corazón le dio un vuelco, el estómago se le contrajo de miedo y deseo al mismo tiempo, y entre las piernas sintió un chorro caliente de excitación que empapó instantáneamente la tela de sus pantalones vaqueros.
Sandra entró en el bufete pasadas las ocho de la noche, después de aquella mamada frenética que aún le quemaba en la garganta como un secreto viscoso y caliente. El edificio estaba casi desierto otra vez, solo el vigilante de la entrada había levantado la vista un segundo al verla pasar, reconociendo a la esposa del socio principal. El pasillo olía a cera reciente y a café viejo, pero cuando se acercó al despacho de Luis, el aroma cambió: cuero caliente, sudor masculino acumulado durante horas de trabajo, y algo más sutil, más peligroso, que le subió directo al estómago y le hizo apretar los muslos bajo la falda plisada gris que llevaba esa vez. El vestido del otro día lo había lavado tres veces, pero aún creía oler a semen seco en el escote. Se había puesto ropa más formal hoy, como si la tela gruesa pudiera protegerla de sí misma: blusa blanca abotonada hasta arriba, falda hasta la rodilla, medias finas que rozaban sus piernas con cada paso y le recordaban lo viva que estaba su piel desde aquella noche.
Luis estaba de pie junto al escritorio, revisando unos papeles con la luz de la lámpara de mesa proyectando sombras duras sobre su rostro. Llevaba la misma camisa azul del otro día, pero ahora arremangada más arriba, revelando los antebrazos tensos y venosos. Cuando oyó el clic de la puerta cerrándose, levantó la vista despacio. Sus ojos se encontraron con los de ella y se quedaron allí, sin prisa, como si ya hubieran estado follando en silencio durante las últimas cuarenta y ocho horas. El aire del despacho estaba cargado, más caliente que afuera, y el zumbido del aire acondicionado parecía amplificar cada respiración. Sandra sintió que sus pezones se endurecían al instante bajo el sujetador de encaje, traicionándola antes de que pudiera decir una palabra.
Se quedó de pie junto a la puerta, las manos apretadas contra el bolso que llevaba colgado del hombro. El corazón le latía tan fuerte que creía que Luis podía oírlo desde el otro lado de la habitación. El olor de él la envolvía ya: colonia cara mezclada con sudor limpio de todo el día, y debajo ese aroma más profundo, más animal, que le recordaba el sabor salado y espeso que había tragado hasta derramarse por la barbilla. Tragó saliva con dificultad, sintiendo la garganta aún sensible, como si la polla gruesa de Luis siguiera allí, estirándola.
-No puedo seguir con esto, Luis -dijo al fin, la voz saliéndole temblorosa pero firme, como si hubiera ensayado las palabras en el coche de camino-. Lo del otro día fue un error horrible. No sé qué me pasó… estaba sola, asustada por el caso, por todo lo que puede salir a la luz. Pero amo a mi marido. Él confía en ti, confía en mí… y yo lo traicioné como una puta en tu despacho.
Luis no se movió. Solo la miró, los ojos oscuros brillando bajo la luz ámbar de la lámpara. Una gota de sudor se formó en su sien y bajó lentamente por la mejilla, perdiéndose en la sombra de la barba incipiente. Sandra sintió que el calor subía por su cuello hasta las orejas, el rubor traicionero que siempre la delataba.
-No debería haber venido aquella noche -continuó ella, dando un paso hacia delante sin querer, como si el cuerpo la empujara mientras la mente gritaba que se fuera-. No sé por qué lo hice. Me sentí vulnerable, sola en casa mientras él está de viaje… pero eso no es excusa. Tú tampoco deberías querer nada conmigo. Soy la mujer de tu mejor amigo, Luis. Piensa en él. Piensa en lo que le haríamos si esto sigue.
Las palabras le salían atropelladas ahora, la voz quebrándose en algunos puntos. Se acercó más, hasta detenerse frente al escritorio, las manos apoyadas en la madera fría para no temblar. El olor de Luis era más intenso allí, subiendo desde su pecho abierto donde la camisa dejaba ver el vello oscuro y húmedo de sudor. Sandra respiró hondo sin querer, inhalando ese aroma que le hacía contraer el coño vacío bajo la falda, un palpito traicionero que la hizo apretar los muslos.
-Yo no paro de pensar en ello -admitió Luis al fin, la voz baja y ronca, como si cada palabra le costara-. En tu boca alrededor de mi polla, en cómo tragaste mi leche como si llevaras años deseándolo. Pero tienes razón… es una puta locura.
Sandra sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Dio otro paso, rodeando el escritorio hasta quedar a menos de un metro de él. El calor que emanaba del cuerpo de Luis era palpable, como una pared invisible que la empujaba hacia atrás y hacia delante al mismo tiempo.
-No puede volver a pasar -susurró ella, pero su voz sonaba más a súplica que a orden-. Por favor, Luis… ayúdame con el caso y nada más. No me mires así.
Pero Luis ya la estaba mirando así. Los ojos bajando despacio por su cuerpo, deteniéndose en los botones tensos de la blusa donde los pechos subían y bajaban agitados, en la falda que se ajustaba a sus caderas, en las piernas cruzadas con nerviosismo. Sandra sintió que el aire se espesaba, cargado de ese olor compartido: su perfume floral mezclado con el sudor nervioso que empezaba a perlarle la nuca, y el aroma más crudo de él, ese almizcle caliente que le recordaba la polla palpitante en su boca.
Se quedaron así minutos eternos, mirándose sin tocarse. El silencio era denso, roto solo por las respiraciones cada vez más pesadas. Sandra sentía cómo sus bragas se humedecían lentamente, la tela fina pegándose a los labios del coño que palpitaban con cada latido. Luis tragó saliva, la nuez subiendo y bajando en su cuello fuerte. Una vena latió visible en su sien.
-No quiero hacerte daño -dijo él al fin, dando un paso hacia ella-. Pero tampoco puedo fingir que no te deseo desde hace años. Cada vez que venías con él a las cenas, cada vez que te veía reír… joder, Sandra.
Ella retrocedió un paso, chocando con el borde del escritorio. El madera fría contra sus muslos la hizo jadear suavemente. Luis se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. El calor de su torso llegaba a través de la blusa, y Sandra sintió cómo sus pezones se endurecían más, presionando dolorosamente contra el encaje del sujetador.
-No, Luis… por favor -susurró, pero no se movió cuando él levantó una mano y la posó apenas en su cintura, sobre la tela de la blusa-. No podemos…
La mano de Luis no apretó. Solo se quedó allí, midiendo el calor de su piel a través de la tela. Sandra sintió que el mundo se reducía a ese punto de contacto: los dedos fuertes de él quemando a través de la blusa, el olor de su sudor subiendo hasta su nariz, el latido acelerado que sentía en su propio coño. Minutos pasaron así, sin que ninguno se moviera más. Solo respiraban el mismo aire caliente, cargado de deseo y culpa.
Entonces Luis se arrodilló despacio frente a ella. Sandra jadeó, las manos aferrándose al borde del escritorio. Él no la tocó aún con las manos, solo acercó el rostro a su vientre, inhalando profundo a través de la falda. El aliento caliente atravesó la tela y llegó hasta su piel, haciendo que el coño palpitara más fuerte.
-Luis… no… -susurró ella, pero las caderas se movieron apenas hacia delante, traicionándola.
Él levantó la falda muy despacio, centímetro a centímetro, revelando las medias finas y el liguero que ella no había planeado usar esa noche, pero que se había puesto como un secreto culpable. El olor de su excitación subió de golpe: dulce, salado, intenso, el aroma de una mujer casada que se moja pensando en la lengua de otro hombre. Luis gruñó bajo, la nariz rozando apenas el interior de sus muslos mientras subía la falda hasta la cintura.
Sandra temblaba entera ahora, las piernas abiertas apenas lo suficiente para que él se acomodara entre ellas. Luis posó las manos en sus caderas, sobre la tela de las bragas ya empapadas, y las bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que cayeron a sus tobillos. El coño de ella quedó expuesto al aire fresco del despacho, los labios hinchados y brillantes de jugos, el clítoris asomando rojo y palpitante entre los pliegues húmedos. El olor era abrumador ahora: sexo puro, sudor femenino, excitación acumulada durante dos días de culpa y deseo reprimido.
Luis acercó la boca despacio, sin tocar aún. Solo respiró sobre el coño, el aliento caliente haciendo que los labios se contrajeran y chorros de jugo fresco se derramaran por el interior de los muslos. Sandra gimió bajo, las manos aferrándose al escritorio hasta que los nudillos se pusieron blancos. Él sacó la lengua entonces, un lametón largo y lento desde el perineo hasta el clítoris, recogiendo los jugos espesos que chorreaban como miel caliente.
El sabor le explotó en la boca: salado dulce, con un fondo ácido y animal que le hizo gruñir contra la carne. Sandra soltó un jadeo roto, las caderas empujando hacia delante buscando más. Luis repitió el lametón una y otra vez, la lengua plana y presionando fuerte contra los labios mayores, separándolos para lamer los menores rosados y sensibles que palpitaban bajo la presión. La saliva se mezclaba con los jugos de ella, chorreando abundantemente por la barbilla de Luis, goteando sobre la moqueta en hilos viscosos y plateados.
Sandra gemía ahora sin control, la cabeza echada hacia atrás, el cabello pegándose a la nuca por el sudor. Luis introdujo la lengua dentro del coño, follándola despacio con movimientos largos y profundos, la punta curvándose para rozar las paredes internas que se contraían alrededor como un puño caliente y húmedo. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de la lengua entrando y saliendo, los gemidos ahogados de Sandra, el gruñido constante de Luis mientras bebía sus jugos como si estuviera sediento desde hacía años.
Pasaron minutos y minutos así, Luis lamiendo el coño con devoción lenta, alternando entre lametones largos por todo el sexo y succiones fuertes en el clítoris que hacían que las piernas de Sandra temblaran violentamente. Introdujo dos dedos gruesos dentro, curvándolos para presionar el punto esponjoso mientras la lengua giraba furiosamente alrededor del clítoris hinchado. Los jugos chorreaban ahora por la mano de él, empapando la muñeca, goteando sobre sus pantalones.
Sandra se tocaba los pechos por encima de la blusa, desabrochando botones torpemente hasta que los sacó del sujetador y pellizcó los pezones duros. El placer subía en oleadas, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Luis, los jugos salpicando cada vez que él los sacaba para lamerlos con obscenidad antes de volver a meterlos más profundo.
Entonces Luis bajó más la boca, la lengua abandonando el coño para lamer el ano apretado que palpitaba debajo. Sandra gritó suavemente, las caderas empujando hacia atrás por instinto. Él lamió alrededor del agujero, la punta presionando suave pero insistente hasta que se relajó y pudo meterla un poco, follándole el culo con la lengua mientras los dedos volvían al coño y el pulgar presionaba el clítoris en círculos rápidos.
El orgasmo la golpeó como un tren, el coño contrayéndose violentamente alrededor de los dedos, chorros de jugo caliente salpicando la cara de Luis mientras ella gritaba su nombre una y otra vez. Las piernas le fallaron, cayendo sentada sobre el escritorio con los muslos abiertos temblando, el coño palpitando vacío ahora, rojo e hinchado, chorreando jugos sobre los papeles importantes.
Luis se levantó despacio, la boca y la barbilla brillantes de sus fluidos, los ojos oscuros de puro deseo animal. Intentó besarla, pero Sandra giró la cara, las lágrimas rodando ahora de verdad por sus mejillas.
-No… no puedo… lo siento -sollozó, bajándose la falda con manos temblorosas, las bragas olvidadas en el suelo.
Se puso de pie tambaleándose, las piernas débiles por el orgasmo que aún reverberaba en su coño sensible. Luis intentó alcanzarla, la mano extendida, la polla visiblemente dura presionando contra los pantalones.
-Sandra, espera… por favor.
Pero ella ya corría hacia la puerta, abriéndola de golpe y saliendo al pasillo desierto. Los tacones resonaban como disparos mientras corría hacia el ascensor, el coño palpitando con cada paso, los jugos chorreando por el interior de los muslos bajo la falda. Las lágrimas le rodaban calientes por las mejillas, la culpa quemándole el pecho como ácido.
Pero debajo de la culpa, más profundo, ardía el deseo consciente y abrasador: quería más. Quería que la follara hasta partirla en dos, quería sentir esa polla gruesa abriéndole el coño casado hasta correrse dentro como una puta. Y esa certeza la aterrorizaba más que nada mientras las puertas del ascensor se cerraban y el edificio vacío se tragaba sus sollozos.
Luis se quedó solo en el despacho, la cara aún brillante de sus jugos, el sabor dulce y salado quedándosele en la lengua mientras se pasaba la mano por la polla dura que palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones. El olor a sexo femenino lo envolvía todo, impregnado en el aire, en los papeles, en su piel. Respiró hondo, saboreando la traición recién consumada por segunda vez.
Sandra llegó a casa esa noche con las piernas aún temblando, el coño sensible y palpitante bajo la falda arrugada, los jugos secos pegándose a la piel de los muslos como un recordatorio viscoso y obsceno de lo que Luis le había hecho con la lengua. El apartamento estaba en silencio, oscuro excepto por la luz de la cocina que había dejado encendida por la mañana, y el olor familiar a café y a la colonia de su marido ausente la golpeó como una bofetada de culpa fresca. Se quitó los tacones en la entrada, los pies descalzos pisando el suelo frío mientras el corazón le latía desbocado en el pecho, en la garganta, entre las piernas donde el clítoris aún hinchado rozaba la tela de la falda con cada paso y le provocaba pequeños espasmos residuales. El espejo del pasillo le devolvió una imagen que la horrorizó y la excitó al mismo tiempo: el cabello revuelto pegado a la nuca por el sudor, la blusa desabrochada dejando ver el sujetador manchado de saliva seca, los labios hinchados y rojos por los besos que no habían llegado a darse, los ojos brillantes de lágrimas y de deseo insatisfecho.
Se metió en la ducha con la ropa puesta al principio, como si el agua caliente pudiera lavar la traición de su piel. Pero cuando el chorro golpeó su coño expuesto, aún rojo e hinchado por la lengua voraz de Luis, un gemido bajo escapó de su garganta y tuvo que apoyarse en la pared de azulejos para no caer. El agua resbalaba por sus tetas, por el vientre, entre los labios mayores que se abrían solos bajo la presión, y cada gota parecía acariciar el clítoris sensible como si fueran los dedos de él. Sandra cerró los ojos y dejó que la mano bajara sola, rozando apenas el monte de Venus depilado, luego los labios resbaladizos por el agua y por los jugos que volvían a fluir al recordar el sabor de su propia excitación en la boca de Luis. Se masturbó rápido, casi con rabia, dos dedos dentro del coño apretado que se contraía alrededor como si buscara algo más grueso, el pulgar presionando el clítoris en círculos furiosos hasta correrse de nuevo con un sollozo ahogado, las rodillas doblándose mientras el orgasmo la atravesaba como un rayo caliente y culpable.
Durmió mal esa noche, dando vueltas en la cama king size que compartía con su marido, las sábanas oliendo a él y a ella, a sexo solitario y a traición. Soñó con la polla de Luis palpitando contra su muslo, con su lengua lamiendo el ano mientras los dedos le follaban el coño hasta chorrear, con su voz ronca susurrando que era una puta casada que necesitaba verga ajena. Se despertó varias veces con el coño mojado otra vez, las bragas nuevas empapadas, el cuerpo ardiendo de fiebre prohibida. Al amanecer, se levantó exhausta pero con una determinación frágil: no volvería al bufete. Mandaría los documentos por email, hablaría con otro abogado, cualquier cosa con tal de no verlo. Pero cuando miró el móvil, había un mensaje de Luis a las tres de la madrugada: "Necesitamos terminar de revisar las pruebas. Mañana a las siete. Solo trabajo. Te lo prometo." El corazón le dio un vuelco, el coño otro palpito traicionero. No respondió. Pero a las seis y media de la tarde del día siguiente, estaba otra vez en el ascensor del bufete, el vestido negro ajustado que se había puesto como armadura pegándose a sus curvas por el calor pegajoso de julio, los pezones endurecidos contra el sujetador de encaje porque no había podido evitar elegir la ropa interior más sexy que tenía, como si su cuerpo ya supiera lo que su mente negaba.
El despacho de Luis estaba iluminado solo por la lámpara de mesa y por la luz mortecina del atardecer que entraba por las persianas entreabiertas. Él estaba sentado detrás del escritorio, la camisa blanca con el primer botón desabrochado, la corbata quitada, el cabello ligeramente revuelto como si hubiera pasado las manos por él mil veces pensando en ella. Cuando Sandra entró y cerró la puerta, el clic resonó como la vez anterior, pero esta vez ninguno de los dos fingió que era solo por el caso. El aire estaba cargado de olor a cuero caliente, a papeles viejos, y por encima de todo al aroma de Luis: sudor limpio acumulado tras horas de tensión, colonia cara que se intensificaba con el calor corporal, y ese fondo animal que le subía directo al coño y le hacía apretar los muslos bajo el vestido.
Sandra se quedó de pie junto a la puerta, las manos apretadas contra el bolso, el corazón latiendo tan fuerte que creía que él podía verlo moverse bajo la tela del vestido. Luis se levantó despacio, rodeó el escritorio y se detuvo a un metro de ella. Sus ojos se encontraron y se quedaron allí, quemando, midiendo, deseando. El silencio era denso, roto solo por las respiraciones que ya empezaban a acelerarse. Sandra sintió que el calor emanaba del cuerpo de él en oleadas, llegando hasta su piel como una caricia invisible, haciendo que sus pezones se endurecieran más contra el encaje, que el coño empezara a humedecerse lentamente bajo las bragas de seda negra.
-No vine por el caso -dijo ella al fin, la voz saliéndole ronca y baja, como si las palabras le costaran-. Vine porque no puedo dejar de pensar en tu lengua dentro de mí. En cómo me comiste el coño hasta hacerme chorrear en tu boca como una puta.
Luis tragó saliva, la nuez subiendo y bajando en su cuello fuerte, una gota de sudor formándose en su sien y bajando despacio por la mejilla. Dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia a medio metro. El olor de él era más intenso ahora, subiendo hasta la nariz de Sandra y mareándola, haciendo que el coño palpitara vacío y mojado.
-Yo tampoco puedo dejar de pensar en tu sabor -respondió él, la voz grave y cargada-. En cómo tu coño casado se contrajo alrededor de mi lengua, en los chorros calientes que me salpicaron la cara cuando te corriste gritando mi nombre.
Sandra jadeó suavemente, las caderas moviéndose apenas hacia delante sin que pudiera evitarlo. Luis dio otro paso, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. El calor era abrasador ahora, el aliento de él rozando la mejilla de ella, oliendo a café y a deseo contenido. Ella levantó la mano despacio, posándola en el pecho de él sobre la camisa, sintiendo el latido acelerado del corazón, los músculos tensos bajo la tela, el calor que emanaba como un horno.
-No deberíamos -susurró Sandra, pero sus dedos ya desabrochaban el primer botón de la camisa de Luis, luego el segundo, revelando el vello oscuro y húmedo de sudor en el pecho.
Luis posó las manos en la cintura de ella, sobre el vestido negro, apretando apenas lo suficiente para sentir la curva de sus caderas. El contacto fue eléctrico, ambos jadearon al mismo tiempo. Sandra sintió cómo su coño chorreaba jugos frescos, empapando las bragas de seda hasta que la tela se pegaba obscena a los labios hinchados.
-Pero lo vamos a hacer igual -dijo él, inclinándose hasta que sus labios rozaron la oreja de ella, el aliento caliente provocándole escalofríos por la columna-. Porque eres una esposa infiel que necesita que le coman el coño y que la follen hasta olvidar el nombre de su marido.
Sandra gimió bajo, la mano bajando hasta el cinturón de Luis, rozando la erección dura que presionaba contra los pantalones. Él gruñó, las manos subiendo por la espalda de ella hasta encontrar la cremallera del vestido y bajarla muy despacio, centímetro a centímetro, el sonido metálico resonando obsceno en el silencio. El vestido cayó a los pies de Sandra, dejándola en sujetador y bragas de encaje negro, las medias hasta medio muslo y los tacones altos. El cuerpo de ella brillaba ligeramente por el sudor, los pezones duros asomando a través del encaje, el coño visiblemente húmedo manchando la tela de las bragas.
Luis se arrodilló despacio frente a ella otra vez, las manos posándose en sus caderas mientras inhalaba profundo el olor que subía desde entre sus piernas: sexo femenino caliente, jugos dulces y salados, sudor de excitación acumulada. Sandra temblaba entera, las manos enredándose en el cabello de él mientras él besaba el vientre plano, la lengua dejando un rastro húmedo que bajaba hasta el borde de las bragas. Las bajó con los dientes, mordiendo la tela y tirando despacio hasta que el coño quedó expuesto otra vez, los labios mayores hinchados y brillantes, el clítoris rojo y palpitante asomando entre los pliegues.
Esta vez no hubo preámbulos lentos. Luis abrió la boca y succionó el clítoris directamente, la lengua girando furiosamente alrededor mientras dos dedos se hundían de golpe en el coño empapado. Sandra gritó, las caderas empujando hacia la boca de él, el placer explosivo después de días de tensión. Los sonidos eran brutales: el chapoteo húmedo de los dedos follándola rápido, los lametones voraces en el clítoris, los gemidos ahogados de ella que resonaban en el despacho vacío.
Luis sacó los dedos chorreantes y los llevó al ano de Sandra, presionando la punta del índice contra el agujero apretado mientras la lengua volvía a hundirse en el coño. Ella se abrió instintivamente, el dedo entrando despacio hasta la primera falange, luego más profundo mientras la lengua la follaba con movimientos largos y rápidos. El doble estímulo la volvió loca, las piernas temblando en los tacones, los jugos chorreando por la barbilla de Luis, goteando sobre la moqueta en chorros viscosos.
Minutos y minutos de lengua y dedos, alternando entre coño y ano, succionando el clítoris hasta que Sandra se corrió dos veces seguidas, chorros calientes salpicando la cara de él mientras gritaba obscenidades, las manos tirando del cabello hasta doler. Cuando por fin la soltó, Luis se levantó con la cara brillante de jugos, la polla sacada ya de los pantalones, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum.
Sandra se giró sola, apoyando las manos en el escritorio y abriendo las piernas, el culo en pompa ofreciéndole el coño chorreante y el ano aún palpitante por el dedo. Luis se colocó detrás, la polla rozando los labios mayores, cubriéndose de jugos sin entrar aún, solo frotando la cabeza contra el clítoris hinchado una y otra vez hasta que ella suplicó.
-Fóllame, Luis. Métemela toda. Revienta el coño de la mujer de tu mejor amigo.
Él empujó de una vez, la verga gruesa abriendo el coño apretado centímetro a centímetro hasta tocar fondo, los huevos pesados chocando contra el clítoris. Sandra gritó de placer y dolor mezclado, las paredes internas contrayéndose alrededor de la carne invasora como un guante caliente y húmedo. Luis empezó a follarla con embestidas largas y profundas, saliendo casi entera para volver a hundirse hasta el útero, los sonidos húmedos de carne contra carne resonando como palmadas obscenas.
Cada embestida era brutal: la polla estirando el coño casado, rozando el punto sensible con cada entrada, los huevos golpeando el clítoris hinchado, los jugos chorreando por los muslos de ambos. Sandra gemía sin control, las tetas balanceándose libres del sujetador que Luis le había quitado a mordidas, los pezones duros rozando los papeles del escritorio. Él la agarró del cabello, tirando hacia atrás para arquearle la espalda mientras la follaba más fuerte, más rápido, la otra mano azotando el culo hasta dejarlo rojo.
-Se siente cómo te abre mi polla, ¿verdad? -gruñó él contra su oreja-. Este coño que tu marido besa por las noches ahora está lleno de mi verga, chorreando como una puta en celo.
Sandra se corrió otra vez, el coño contrayéndose violentamente alrededor de la polla, chorros de jugo salpicando los huevos de Luis mientras gritaba su nombre. Él no paró, siguió follándola a través del orgasmo, las embestidas volviéndose animales, la mesa temblando bajo el peso de sus cuerpos sudorosos.
Cambió de posición sin sacarla: la giró, la sentó en el escritorio con las piernas abiertas al máximo, la polla volviendo a hundirse de golpe mientras se comía sus tetas, mordiendo los pezones hasta hacerla gritar. Luego la puso de rodillas en el suelo, follándole la boca un rato para lubricarla más antes de volver a meterla en el coño desde atrás, esta vez rozando el ano con el pulgar mientras la verga la partía en dos.
El final llegó después de una eternidad de embestidas brutales: Luis la tenía contra la ventana, el vestido olvidado en el suelo, las tetas aplastadas contra el cristal frío mientras él la follaba por detrás con furia animal. Los huevos se contrajeron, la polla hinchándose dentro del coño hasta el límite.
-Me voy a correr dentro -gruñó-. Voy a llenarte el coño de leche caliente para que tu marido lo huela cuando vuelvas a casa.
Sandra empujó hacia atrás, el coño apretando como un puño.
-Córrete dentro. Lléname de leche.
Luis rugió, la polla palpitando mientras chorro tras chorro espeso y caliente inundaba el coño, golpeando el útero, derramándose alrededor de la verga hasta chorrear por los muslos de ambos. Sandra se corrió con él, el orgasmo más fuerte de todos, el cuerpo convulsionando mientras la leche caliente la llenaba hasta rebosar.
Cuando por fin se separaron, ambos temblando y sudorosos, la leche corría por las piernas de Sandra, el coño rojo e hinchado palpitando vacío ahora. Ella se vistió torpemente, las lágrimas rodando otra vez por sus mejillas mientras la culpa volvía como una ola fría.
Luis intentó abrazarla, pero ella se apartó, abriendo la puerta y saliendo corriendo una vez más por el pasillo desierto, el coño lleno de su corrida chorreando con cada paso, el deseo y la culpa mezclándose en una tormenta que ya no podía controlar.
Esta vez no huyó pensando que sería la última. Esta vez huyó sabiendo que volvería.

