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La carta para su hermana

Adrián guardó 8 años una carta confesando su deseo prohibido por su hermana Marta. Al encontrarla, ella la lee… y la convierte en realidad. Pasión sucia, lenta y sin freno entre hermanos que ya no pueden (ni quieren) esconderse.

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November 30, 2025
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Tenía dieciocho años recién cumplidos y la polla constantemente dura desde hacía semanas.

Los padres se habían largado al pueblo con la excusa de la abuela enferma. Una semana entera. La casa estaba vacía, el aire acondicionado muerto y Madrid hervía a cuarenta grados a la sombra.

Marta llegó el día anterior desde Salamanca. Veintiún años, el pelo teñido de un castaño más oscuro que nunca, un piercing nuevo en la nariz y una forma de caminar que le hacía apretar los dientes cada vez que la veía pasar por el pasillo. Llevaba camisetas anchas sin sujetador y shorts tan cortos que, cuando se agachaba a coger algo del frigorífico, se le veía la curva inferior del culo y el inicio de las bragas (o la ausencia de ellas).

La primera noche fue la que lo rompió todo.

Adrián estaba en su cuarto, con la ventana abierta y el ventilador zumbando inútilmente contra el calor pegajoso, cuando oyó el primer gemido. La pared era fina como papel de fumar. Marta creía que dormía. Primero fue un suspiro largo, casi un quejido. Luego otro. Luego el roce de las sábanas. Luego, clarísimo, su nombre:

«Adri… joder…»

Él se quedó helado, la mano ya dentro del bóxer sin darse cuenta. Otro gemido. Otro. El ritmo de la cama contra la pared, lento al principio, luego más rápido. El sonido húmedo de dedos entrando y saliendo. Y otra vez su nombre, más bajo, más roto:

«Adri… métemela… por favor…»

Se corrió sin tocarse. Solo con el sonido. El semen salió a chorros, caliente, manchándole la camiseta y el edredón. Se quedó temblando, escuchando cómo ella llegaba al orgasmo con un grito ahogado que intentó tapar con la almohada. El silencio que siguió fue denso, casi violento.

La segunda noche fue peor.

Ella salió al pasillo en camiseta larga y braga blanca de algodón. Fue al baño. Dejó la puerta entreabierta. Adrián se levantó, descalzo, el corazón latiéndole en la garganta, y se asomó por la rendija. La luz del baño era fría y blanca. Marta estaba sentada en el váter con las piernas abiertas, la camiseta subida hasta las tetas, los dedos hundidos en el coño, la cabeza echada hacia atrás. Se mordía el antebrazo para no gritar. Él vio cómo los labios se le hinchaban, cómo los dedos entraban y salían brillantes, cómo el clítoris asomaba rojo y duro. Vio cómo se retorcía, cómo los muslos le temblaban, cómo se corría con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo. Luego se quedó allí un segundo, respirando fuerte, y se limpió con papel higiénico sin prisa, como si supiera que alguien la miraba.

Adrián volvió a su cuarto y se masturbó tres veces seguidas, llorando de pura frustración, corriéndose cada vez más débil hasta que solo salió una gota.

La tercera noche escribió la carta.

Lo hizo sentado en la cama, con la luz de la mesita y la polla dura como hierro. Escribió cada palabra temblando, sudando, imaginando que se la leía en voz alta mientras él la follaba por detrás. Cuando terminó, se corrió encima del papel. El semen cayó caliente en el borde inferior, manchando la última línea. Lo limpió con cuidado con un clínex, dobló la hoja en cuatro, la metió en un sobre blanco y escribió “Marta” con letra grande y temblorosa.

Luego la guardó en el fondo del cajón de los calcetines y juró que nunca la vería la luz.

No pudo olvidarla.

Nunca.

12 de noviembre de 2025

Han pasado ocho años, cuatro meses y veintinueve días.

La casa de los padres está en silencio, huele a cerrado y a madera vieja. Los padres están de crucero por el Caribe. Han vuelto ellos dos para vaciar armarios, decidir qué se queda y qué se tira antes de ponerla en venta.

Adrián tiene veintisiete. Marta veintinueve.

Ella ha llegado antes. Está en la cocina preparando café, descalza, con una camiseta vieja de él (la misma de 2017, la que usaba para dormir) que le llega a medio muslo y nada más. El pelo largo recogido en una coleta deshecha. El mismo lunar encima del labio. El mismo olor de siempre, esa mezcla de vainilla y piel que le revuelve las tripas desde que tiene memoria.

Él sube a su antigua habitación para empezar por los cajones. Abre el de los calcetines. El sobre está allí, amarillento, con el nombre escrito en boli negro desvaído.

Lo coge. Lo huele. Todavía huele a papel viejo y, le parece, a su propia desesperación de entonces.

Marta entra sin llamar.

—¿Qué miras tanto, enano?

Está apoyada en el marco de la puerta, un hombro contra la madera, la cadera ladeada, la camiseta subida lo justo para que se le vea el inicio del muslo. Tiene una taza de café en la mano y sonríe con esa media sonrisa que siempre ha sido su arma favorita.

Él no contesta. Solo le tiende el sobre.

Ella lo coge con una sonrisa curiosa que se le congela cuando ve su nombre escrito con esa letra adolescente. Abre el sobre. Saca la hoja. La desdobla lentamente.

Lee de pie, en silencio.

Primero frunce el ceño.
Luego abre mucho los ojos.
Luego se lleva la mano a la boca.

Cuando termina, la carta tiembla entre sus dedos. Tiene las mejillas rojas y la respiración agitada. Los pezones se le marcan bajo la camiseta como si hiciera frío.

—Dios mío, Adrián… ¿esto lo escribiste tú?

Él asiente, sin poder hablar.

—¿Con dieciocho?

Otro asentimiento.

—¿Y lo guardaste… ocho putos años?

Él traga saliva. La garganta le arde.

—Nunca pude tirarla.

Marta da un paso dentro de la habitación. Cierra la puerta con el talón. El clic del pestillo suena como un disparo en el silencio.

Se queda mirándolo un segundo eterno. Luego se muerde el labio inferior (exactamente igual que cuando tenía veintiún años) y dice con voz baja, temblorosa:

—¿Sabes que yo también me tocaba pensando en ti? Todas las noches en la residencia. Me metía los dedos imaginando que eras tú el que me follaba contra la pared. Me corría susurrando “hermanito” como una puta enferma.

El aire se vuelve denso, eléctrico. El olor del café se mezcla con el de su piel y con el del deseo que lleva ocho años pudriéndose entre ellos.

Adrián siente que la polla se le pone dura de golpe, tan rápido que duele. La tela del vaquero se le clava.

—¿Por qué no me lo dijiste nunca? —pregunta con la voz rota.

—Porque eras mi hermano pequeño. Porque tenía miedo de que me odiaras. Porque creía que solo era yo la pervertida.

Él da un paso. Otro. Hasta que están a un palmo.

Le acaricia la mejilla. El pulgar roza el lunar.

—Nunca has sido la pervertida. He sido yo el que se ha corrido pensando en ti cada puta noche desde que tengo memoria.

Marta cierra los ojos. Apoya la frente contra la suya. Respira fuerte. El aliento le huele a café y a deseo.

—Léemela —susurra—. Lee cada palabra mientras me desnudo. Como siempre quisiste.

Él coge la carta con manos que no parecen suyas. Empieza a leer en voz baja, ronca, temblorosa.

—Marta…

Ella se quita la camiseta despacio. La deja caer al suelo. Las tetas caen libres, más grandes de lo que recordaba, los pezones oscuros y ya duros como piedras. Se pasa las manos por el cuello, baja por el pecho, pellizca sus propios pezones hasta que gime.

—No sé cómo decirte esto sin sonar enfermo…

Se mete un dedo en la boca, lo chupa, lo saca brillante y se lo pasa por el pezón izquierdo. Luego el derecho. Los pezones brillan de saliva.

—…así que lo diré sin rodeos: me muero por ti.

Se baja la mano por el vientre. Se mete los dedos debajo del elástico imaginario (no lleva nada debajo). Se toca despacio, sin prisa, mirándolo a los ojos. El sonido húmedo es leve pero claro.

—Desde que volviste me paso las noches despierto escuchando cómo respiras al otro lado de la pared…

Se arrodilla. Le baja la cremallera con los dientes. La polla sale dura, venosa, con una gota gorda de precum en la punta.

—…me masturbo pensando en tu boca…

Lame la gota. Gime. La saborea como si fuera lo mejor que ha probado nunca.

—…en cómo sería besarte de verdad…

Se la traga entera. Hasta la garganta. Sin arcadas. Lo mira desde abajo mientras las lágrimas le caen por las mejillas de puro esfuerzo.

Adrián deja de leer.


Le agarra el pelo con las dos manos y se la folla la boca despacio, profundo, sintiendo cómo la garganta se le cierra alrededor, cómo la saliva le cae por la barbilla y le moja los huevos, cómo ella gime alrededor de su polla con cada embestida.

—Joder, Marta… ocho putos años esperando esta boca… —gime él con la voz rota.

Ella saca la polla un segundo, respira fuerte, una hebra gruesa de saliva colgando del labio inferior hasta la punta de la polla.

—Sigue leyendo —ordena, la voz ronca—. Quiero correrme oyendo lo que escribiste mientras me follas la garganta como el puto enfermo que eras.

Él sigue leyendo entre jadeos, la carta temblando en su mano.

—Quiero olerte el cuello mientras duermes…

Ella se mete tres dedos en el coño de golpe, los saca brillantes y se los chupa sin dejar de mirarlo, saboreándose a sí misma.

—…quiero meterte la mano debajo de la camiseta y que no me apartes…

Se levanta de golpe, se pega a él, le coge la mano libre y se la mete entre las piernas. Está empapada. Los labios hinchados, calientes, resbaladizos. Los dedos de Adrián se deslizan solos, entran sin resistencia, dos, tres, hasta el fondo. Ella gime contra su boca.

—Quiero que seas mía aunque sea solo una vez…

Ella le guía la polla hasta la entrada. La punta roza el clítoris. Marta tiembla entera, las rodillas le fallan.

—…aunque después tenga que morirme de vergüenza el resto de mi vida.

Él termina la última línea y empuja.

Entra de una sola estocada, hasta el fondo, sin condón, sin nada. Marta grita, un grito crudo, animal, que retumba en la habitación. Araña su espalda, le muerde el hombro hasta que sabe a sangre.

—Fóllame como si me odiaras —suplica, la voz rota—. Como si llevaras ocho putos años esperando meterla dentro de tu hermana.

Él la embiste brutal. La cama cruje como si fuera a romperse. El cabecero golpea la pared una y otra vez, marcando el ritmo. Los dos lloran y se ríen y se insultan y se quieren.

—Siempre has sido mía, joder —gruñe él contra su cuello, oliendo su piel, mordiéndola.

—Y tú siempre has sido mío, cabrón —responde ella entre jadeos, clavándole las uñas en la nuca.

La folla de pie primero, ella con la espalda contra la pared, una pierna subida a su cadera. Luego la tira sobre la cama, la pone a cuatro patas y la embiste por detrás, agarrándola del pelo como siempre soñó. Le da azotes en el culo hasta que se le pone rojo. Le escupe en el agujero del culo y se lo mete un dedo mientras la sigue follando el coño.

—Esto también lo escribiste, ¿verdad? —jadea ella, empujando hacia atrás—. Querías follarme el culo también, pervertido…

Él saca la polla del coño, brillante de sus jugos, y empuja despacio contra el ano. Ella grita, pero no dice que pare. Empuja hacia atrás. La punta entra. Luego más. Hasta el fondo.

—Joder, sí… así… rómpeme el culo, hermanito…

Se la folla despacio al principio, luego más rápido, los huevos golpeando contra su coño. Ella se toca el clítoris a la vez, llorando de placer y de dolor.

Se corren los dos al mismo tiempo. Ella primero, el culo apretándolo tanto que duele, el coño palpitando vacío. Él después, dentro del culo, llenándola hasta que el semen le sale por los lados y le resbala por los muslos.

Se derrumban sobre la cama, temblando, sudorosos, pegajosos.

Después de un rato eterno, Marta coge la carta del suelo, manchada de sudor y fluidos. La dobla con cuidado y la guarda entre sus tetas.

—La enmarcamos —dice con una sonrisa sucia, la voz todavía temblorosa.

Él se ríe contra su pelo, oliendo a sexo y a ellos.

—O la quemamos y escribimos una nueva cada año.

Ella lo mira. Los ojos brillantes, llenos de lágrimas y de semen seco en las pestañas.

—Las dos cosas.

Y vuelven a besarse. Lento. Sucio. Sin prisa.

Se pasan el resto del fin de semana follando en cada rincón de la casa.

En la ducha, con el agua quemando, él de rodillas comiéndole el coño hasta que ella le mea encima de pura intensidad.

En la cocina, ella sentada en la encimera con las piernas abiertas mientras él la folla de pie y le mete un plátano en el culo para desayunar.

En el salón, en el sofá de los padres, ella encima cabalgándolo mientras le dice “llámame mamá” solo para ver cómo se corre más fuerte.

En el garaje, contra el capó del viejo Seat, con las luces apagadas y el olor a gasolina.

En la antigua habitación de los padres, en su cama de matrimonio, él atándola con las corbatas del padre y follándola hasta que los dos lloran de agotamiento.

El domingo por la noche, antes de cerrar la casa para siempre, queman una fotocopia de la carta en el fregadero y guardan la original en una cajita de madera que entierran en el jardín, debajo del limonero.

—Para que siempre esté aquí —dice ella.

—Para que siempre sepamos dónde empezó —dice él.

Y se besan una última vez en el porche, con el sabor del otro todavía en la boca y la promesa de que esto no ha hecho más que empezar.

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