La tarde caía lenta y gris sobre el barrio obrero cuando el autobús dejó a Lucía en la parada más cercana, a tres calles de la casa de su tío Javier. Lloviznaba apenas, una llovizna fina que se pegaba al pelo y a la ropa como un velo húmedo, y ella arrastraba la maleta grande con ruedas que rechinaban contra el asfalto roto mientras avanzaba con pasos cansados, los hombros hundidos bajo el peso no solo del equipaje sino de todo lo que había dejado atrás: la residencia universitaria cerrada a cal y canto, los amigos que ya no contestaban mensajes, los padres que habían colgado el teléfono después de decirle que no volviera a casa hasta que aprendiera a comportarse como una adulta responsable. El aire olía a tierra mojada y a humo de chimeneas lejanas, y Lucía sentía cada gota fría resbalando por su nuca, metiéndose bajo el cuello de la sudadera gris que llevaba puesta desde la mañana anterior, empapando poco a poco la camiseta fina de debajo hasta que la tela se adhería a su piel y marcaba el contorno de sus pechos libres, sin sujetador, porque en el apuro de hacer la maleta no había pensado en nada más que en salir de allí antes de que alguien la viera llorar otra vez.
Cuando llegó a la puerta de la casa, una vivienda unifamiliar antigua de dos plantas con pintura descascarillada y un pequeño jardín delantero lleno de malas hierbas, Lucía se detuvo un momento bajo el pequeño tejadillo del porche para secarse la cara con la manga, aunque no sabía si eran lágrimas o lluvia lo que le empapaba las mejillas. La maleta pesaba como si llevara dentro toda su vida rota, y el corazón le latía fuerte en el pecho mientras alzaba la mano para tocar el timbre oxidado que sonó con un zumbido ronco y prolongado dentro de la casa. Pasaron segundos que se hicieron eternos, y ella se mordió el labio inferior con fuerza, sintiendo el sabor metálico de la sangre mezclada con el gloss barato que aún llevaba puesto, hasta que oyó pasos pesados acercándose desde el interior, pasos de hombre, firmes y sin prisa, y luego el ruido de la cerradura girando antes de que la puerta se abriera de golpe dejando escapar un chorro de aire cálido que olía a café recalentado, a tabaco frío y a esa esencia indefinible de vivienda habitada solo por un varón adulto que vive solo desde hace años.
Javier apareció en el umbral, alto y ancho de hombros, con el pelo corto salpicado de canas prematuras en las sienes y una barba de dos días que le sombreaba la mandíbula fuerte, vestido con una camiseta vieja de algodón gris que se ajustaba a su torso trabajado por años de cargar cajas en el almacén y un pantalón de chándal holgado que colgaba bajo de sus caderas marcando apenas el bulto pesado de su entrepierna. Sus ojos oscuros se posaron en ella con una mezcla de sorpresa y algo más que Lucía no supo identificar en ese momento, algo que hizo que el estómago se le contrajera levemente mientras él la recorría con la mirada desde los zapatos mojados hasta el pelo empapado, deteniéndose un segundo de más en cómo la sudadera se pegaba a sus curvas jóvenes, en cómo la tela húmeda transparentaba un poco la camiseta blanca debajo dejando entrever la sombra oscura de sus pezones endurecidos por el frío. El silencio se estiró entre ellos como una cuerda tensa, cargado del ruido lejano de un coche pasando por la calle y del golpeteo suave de la lluvia en el tejado, hasta que Javier carraspeó y dio un paso atrás para dejarla entrar, su voz saliendo ronca y grave como si no la usara mucho en casa.
-Pasa, Lucía, que te vas a enfriar ahí fuera con esa lluvia.
Ella arrastró la maleta adentro, y el pasillo estrecho los obligó a rozarse inevitablemente: el brazo de él rozando el pecho de ella, el calor de su cuerpo grande contrastando con el frío que traía Lucía pegado a la piel, el olor de su colonia barata mezclándose con el sudor ligero de un día de trabajo y golpeándola como una ola que le subió el calor a las mejillas. Javier cerró la puerta detrás de ella con un clic seco que resonó en la casa silenciosa, y el espacio se hizo de repente más pequeño, más íntimo, con las paredes cubiertas de fotos antiguas donde aparecían ellos dos mucho más jóvenes —él con su hermana, la madre de Lucía, en bodas y cumpleaños familiares— y el suelo de madera crujiendo bajo sus pies mientras ella avanzaba arrastrando la maleta hacia el salón que se abría a la derecha, un salón modesto con un sofá gastado, una televisión vieja y estanterías llenas de libros de mecánica y novelas policíacas amarillentas.
La casa olía intensamente a hombre solo, a esa mezcla profunda de café quemado en la cafetera olvidada en la cocina, de tabaco que se fumaba en el porche trasero, de sudor masculino que se impregnaba en las toallas y en las sábanas sin cambiar con frecuencia, y Lucía respiró hondo sin querer, sintiendo cómo ese olor se le metía en los pulmones y le provocaba un cosquilleo extraño en el bajo vientre mientras dejaba la maleta junto al sofá y se giraba hacia él, quitándose la sudadera mojada con un movimiento lento que dejó al descubierto la camiseta de tirantes blanca empapada que se adhería a sus pechos como una segunda piel, marcando claramente los pezones oscuros y erectos por el frío y por algo más que empezaba a despertar en ella sin permiso. Javier apartó la vista un segundo hacia la ventana, como si buscara excusa en la lluvia que ahora caía más fuerte, pero sus ojos volvieron a ella casi inmediatamente, recorriendo el contorno de su cintura estrecha, el elástico de las braguitas negras que asomaba por encima del pantalón vaquero bajo, la piel pálida de su vientre plano salpicada de gotas de lluvia que brillaban bajo la luz amarillenta de la bombilla desnuda del techo.
-He preparado el cuarto del fondo para ti -dijo él al fin, señalando con la barbilla hacia el pasillo que se extendía al fondo de la casa, su voz más baja de lo necesario, como si temiera romper el silencio denso que los envolvía-. Es el que usaba de trastero, pero saqué las cajas y abrí el sofá-cama. No es un hotel de lujo, pero las sábanas están limpias y hay una manta extra porque las noches son frías ahora.
Lucía asintió con la cabeza, sintiendo cómo el pelo mojado le goteaba por la espalda y le erizaba la piel, y lo siguió por el pasillo estrecho donde sus cuerpos volvieron a rozarse una y otra vez —el muslo de ella contra la cadera de él, el brazo de él rozando el costado de su pecho— cada contacto enviando pequeñas descargas eléctricas que ninguno de los dos mencionó pero que ambos sintieron en el aire cargado. El cuarto era pequeño y austero, con paredes pintadas de un beige sucio, una ventana que daba al patio trasero oscuro donde la lluvia golpeaba las hojas de un limonero viejo, y el sofá-cama abierto con sábanas blancas que olían a suavizante barato mezclado con ese rastro persistente de la piel de Javier que parecía impregnarlo todo. Lucía dejó la maleta en el suelo con un golpe sordo y se sentó en el borde del colchón, que crujió bajo su peso joven y suave, sintiendo cómo los muelles se hundían un poco y cómo el cansancio de días sin dormir bien le pesaba en los huesos mientras alzaba la vista hacia él, que se había quedado en la puerta con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, observándola con una intensidad que le aceleró el pulso.
-Gracias, tío Javier, de verdad -susurró ella, la voz saliendo ronca por el nudo que tenía en la garganta, los ojos enrojecidos brillando bajo la luz tenue de la lámpara de mesa-. No sabía adónde más ir, mis padres me dijeron que no volviera hasta que arreglara mi vida, y la residencia me cerró la puerta después de lo de la pelea y los suspensos, y no tengo dinero para un piso ni nadie que…
Javier levantó una mano para interrumpirla suavemente, dando un paso dentro del cuarto que hizo que el espacio se sintiera aún más reducido, el calor de su cuerpo grande emanando hacia ella como una promesa de refugio en medio de la tormenta que rugía fuera. Se sentó a su lado en el borde de la cama, dejando un espacio prudente pero no tanto como para que sus muslos no rozaran ligeramente cuando el colchón se hundió bajo su peso mayor, y el olor de él la envolvió por completo: sudor limpio de hombre que ha trabajado todo el día, colonia barata que se mezclaba con el aroma natural de su piel, un rastro de tabaco en su aliento cuando habló cerca de su oído.
-No tienes que explicarme nada ahora, Lucía. Quédate el tiempo que necesites, esta casa es grande para mí solo desde que me divorcié, y tener compañía no me vendrá mal. Mañana hablamos con calma, hoy solo descansa y dúchate si quieres, el baño está al lado y hay agua caliente de sobra.
Ella asintió otra vez, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con volver a desbordarse mientras se inclinaba un poco hacia él sin darse cuenta, buscando instintivamente el calor de su cuerpo grande y sólido que contrastaba con su propia fragilidad del momento. Javier se levantó despacio, como si le costara hacerlo, y salió del cuarto dejando la puerta entreabierta, el sonido de sus pasos descalzos resonando en el pasillo hasta la cocina donde empezó a trajinar con tazas y la cafetera, el aroma fuerte del café recién hecho filtrándose poco a poco por la casa y mezclándose con el olor a lluvia y a piel mojada que Lucía traía consigo.
Lucía se quedó sola en el cuarto un rato largo, deshaciendo la maleta con movimientos lentos y mecánicos, sacando ropa interior doblada a prisa —braguitas de algodón negras y rosas, sujetadores con encaje que había comprado para impresionar a chicos que ya no le importaban—, vaqueros ajustados, camisetas finas que marcaban sus curvas generosas, el neceser con cremas hidratantes y tampones que guardó en el cajón del armario viejo que olía a naftalina y a madera antigua. Se miró en el espejo pequeño colgado en la puerta, viendo el reflejo de una chica que parecía más vulnerable de lo que se sentía: ojos hinchados, labios mordidos, pero el cuerpo seguía siendo el mismo que volvía locos a los universitarios, pechos altos y llenos que se movían con cada respiración bajo la camiseta húmeda, caderas anchas que llenaban los vaqueros, piernas largas y suaves que terminaban en pies desnudos ahora que se había quitado las zapatillas mojadas. Se pasó las manos por el vientre plano, sintiendo el calor que empezaba a acumularse bajo la piel, un calor culpable que atribuía al cansancio y al cambio brusco de temperatura, y luego bajó a la cocina siguiendo el olor del café que prometía un poco de consuelo.
Javier estaba de espaldas, sirviendo el líquido negro y humeante en dos tazas desportilladas, el músculo de su espalda moviéndose bajo la camiseta ajustada mientras alzaba el brazo, y cuando se giró para poner una taza delante de ella en la mesa pequeña de la cocina, sus ojos volvieron a recorrerla con esa lentitud que hacía que Lucía sintiera un cosquilleo en la nuca, deteniéndose en cómo la camiseta se había secado un poco pero aún marcaba los pezones duros, en el pelo oscuro que le caía revuelto sobre los hombros, en las piernas desnudas cruzadas bajo la mesa que rozaban accidentalmente la silla fría. Se sentaron uno frente al otro, el silencio cayendo pesado entre sorbos de café amargo que quemaba la lengua, y Javier rompió el hielo hablando de cosas triviales —el trabajo en el almacén, el tiempo que se había puesto feo, la vecina que siempre preguntaba por él— pero sus ojos no dejaban de volver a ella, a la curva de su cuello, al movimiento de su garganta al tragar, al leve temblor de sus labios cuando soplaba el café caliente.
-La casa es pequeña, como ves -continuó él después de un rato, la voz baja y ronca resonando en la cocina estrecha donde la luz de la bombilla colgante los iluminaba como en un escenario íntimo-. Solo hay un baño para los dos, así que tendremos que organizarnos con los turnos. Yo suelo ducharme por las noches cuando vuelvo del trabajo, sobre las ocho o así, porque vengo sudado y lleno de polvo, pero tú puedes usar el baño por las mañanas o cuando te venga bien, no hay prisa, cerraré la puerta con pestillo si hace falta para que tengas privacidad.
Lucía sintió un calor subirle por el cuello al imaginarlo desnudo bajo la ducha, el agua resbalando por su cuerpo grande y trabajado, el vapor llenando el baño pequeño, y asintió con la cabeza mientras sorbía el café, el sabor fuerte ayudándole a disimular el rubor que le teñía las mejillas. Se levantó para llevar la taza al fregadero, y al pasar junto a él su muslo rozó el brazo musculoso de Javier, un roce que duró un segundo más de lo necesario porque ninguno de los dos se apartó de inmediato, el calor de su piel atravesando la tela fina y provocando que ella sintiera un palpito traicionero entre las piernas mientras el agua corría en el fregadero y él se levantaba también para quedarse de pie detrás de ella, tan cerca que podía sentir su aliento en la nuca.
-Bueno, voy a ver la televisión un rato en el salón -dijo Javier al fin, la voz más grave que antes, dando un paso atrás como si le costara-. Tú sube cuando quieras y descansa, mañana será otro día y hablaremos con más calma de lo que necesitas.
Se fue al salón, y Lucía terminó de fregar las tazas con manos temblorosas, sintiendo cómo el agua caliente le enrojecía la piel mientras su mente divagaba en imágenes prohibidas que intentaba apartar, el sonido lejano de la televisión filtrándose por la casa como un murmullo constante. Subió a su cuarto cuando la lluvia arreció fuera, desnudándose despacio bajo la luz tenue de la lámpara, quedándose en braguitas negras y la camiseta fina que se pegaba a sus pechos por el sudor nervioso que empezaba a perlarle la piel a pesar del frío. Se metió en la cama, las sábanas frías al principio pero calentándose rápido con el calor de su cuerpo joven, oliendo a ese suavizante barato mezclado con el rastro persistente de Javier que parecía estar en todas partes, en la almohada, en la manta, en el aire mismo del cuarto.
No conseguía dormir, el colchón incómodo hundiéndose bajo sus caderas, el ruido de la lluvia golpeando la ventana como dedos impacientes, y un calor bajo y persistente acumulándose entre sus muslos mientras recordaba los roces del pasillo, la mirada de él en su cuerpo mojado, el olor de su piel cuando se sentó a su lado en la cama. Se giró una y otra vez, destapándose y volviéndose a tapar, las manos rozando sin querer sus pechos sensibles, los pezones duros bajo la tela fina, hasta que cerca de las dos de la madrugada el nudo en la garganta se deshizo y empezó a llorar bajito, primero sollozos silenciosos que ahogaba en la almohada, luego más fuertes, el cuerpo temblando bajo la manta mientras los recuerdos de la expulsión, del abandono, de la soledad la aplastaban como un peso insoportable.
Javier no dormía tampoco en su cuarto al otro lado de la pared fina, acostado boca arriba en boxers viejos con la polla medio dura por los pensamientos que no podía controlar, el olor de ella aún pegado a su camiseta donde se había acurrucado antes, cuando oyó el primer sollozo ahogado y se quedó quieto escuchando, el corazón latiéndole fuerte mientras los llantos se hacían más intensos, más desesperados. Se levantó despacio, los pies descalzos fríos contra el suelo de madera, y caminó por el pasillo oscuro hasta detenerse frente a la puerta de ella, la luz de la luna filtrándose por la rendija inferior y proyectando sombras largas en el suelo. Levantó la mano dudando varios segundos, el sonido de sus sollozos atravesándole el pecho como cuchillos, hasta que dio dos golpecitos suaves en la madera y habló con voz baja y ronca.
-Lucía… ¿estás bien? ¿Necesitas algo?
El llanto se cortó un momento, y luego su voz salió pequeña y rota desde el otro lado.
-Sí… estoy bien, no te preocupes.
Pero él no se movió, quedándose allí de pie en la penumbra, oyendo cómo ella intentaba calmar la respiración agitada, hasta que habló otra vez más suave.
-Puedes abrir si quieres hablar, no me molesta, estoy despierto de todos modos.
La puerta se abrió despacio después de un silencio largo, y Lucía apareció en el umbral envuelta en la penumbra, la camiseta subida hasta la mitad del vientre dejando ver la piel suave y pálida, las braguitas negras marcando el monte de Venus hinchado por el calor que no había podido dormir, los ojos hinchados y brillantes por las lágrimas, el pelo revuelto cayéndole sobre los hombros desnudos. Javier tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo la polla se le endurecía del todo bajo los boxers al verla así vulnerable y deseable, el calor de su cuerpo joven emanando hacia él en oleadas.
-No puedo dormir -susurró ella, la voz temblorosa-. Todo me da vueltas en la cabeza, siento que lo he estropeado todo y no sé cómo arreglarlo.
Él asintió, entrando despacio cuando ella se apartó un poco, el cuarto pequeño llenándose de su presencia grande mientras se sentaba en el borde de la cama dejando espacio, el colchón hundiéndose y haciendo que sus cuerpos se acercaran inevitablemente. Lucía se sentó a su lado, los muslos rozándose bajo la manta fina, el calor de su piel desnuda atravesando la tela y provocándole un escalofrío que intentó disimular mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro con un suspiro profundo, el olor de sus lágrimas mezclándose con el aroma dulce de su champú y de su piel caliente.
Javier pasó un brazo por sus hombros despacio, como temiendo romper algo frágil, y ella se acurrucó contra su pecho ancho, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo la camiseta, el calor de su cuerpo envolviéndola como una manta viva mientras las lágrimas volvían a rodar silenciosas por sus mejillas. La mano de Lucía descansaba inocente en el muslo de él, cerca de la rodilla, pero el roce era eléctrico, y Javier sintió cómo su polla palpitaba contra la tela de los boxers, dura y pesada por la cercanía de ese cuerpo joven que olía a deseo reprimido y a vulnerabilidad. Se quedaron así horas, el llanto calmándose poco a poco, las respiraciones sincronizándose, hasta que Lucía se durmió apoyada en él, el aliento cálido contra su cuello, los pechos presionando su costado con cada inhalación profunda.
Javier no se movió en toda la noche, contando las horas por el reloj digital en la mesilla, sintiendo cada detalle: el peso suave de su cabeza, el roce de su pelo en la barbilla, el calor húmedo entre sus piernas que se filtraba a través de la tela fina cuando ella se movía en sueños. Cuando el amanecer empezó a filtrarse gris por la ventana, se levantó con cuidado infinito, tapándola con la manta hasta el cuello y saliendo del cuarto sin hacer ruido, la polla dolorosamente dura presionando contra los boxers mientras se metía en su cama y se quedaba boca arriba mirando el techo, respirando hondo para calmar el deseo que ya ardía en sus venas como un fuego lento que no se apagaría fácilmente.
La primera noche en la casa del tío había terminado, pero el aire ya estaba cargado de promesas prohibidas que ninguno de los dos podía ignorar por más tiempo.
Relato 2 – El baño compartido
Los días siguientes se instalaron en una rutina frágil que ninguno de los dos nombraba, pero que ambos sentían crecer como una humedad lenta entre las paredes de la casa pequeña. Javier salía a las seis y media de la mañana hacia el almacén, el motor de su viejo coche rugiendo en la calle vacía antes de perderse en la distancia, dejando tras de sí un silencio que Lucía llenaba con el sonido de la ducha matutina, el agua caliente golpeando su piel joven mientras se enjabonaba despacio, las manos resbalando por los pechos pesados, por el vientre plano, entre los muslos donde el calor se acumulaba cada vez con más insistencia desde aquella primera noche en que había llorado contra su pecho. Ella dejaba la puerta del baño entreabierta sin darse cuenta al principio, o quizá sí, porque el vapor se acumulaba rápido en el espacio reducido y empañaba el espejo hasta volverlo inútil, y el sonido del agua corriendo ahogaba cualquier ruido del exterior, pero también permitía que el aroma de su gel de ducha barato —fresa y vainilla dulce— se filtrara por el pasillo y llegara hasta la cocina donde Javier, en las mañanas que no trabajaba turno temprano, tomaba su café solo y fuerte, aspirando ese olor femenino que empezaba a impregnar la casa como una promesa prohibida que le endurecía la polla bajo la mesa sin remedio.
Lucía se duchaba largo, disfrutando del agua caliente que relajaba los músculos tensos por las noches de sueño inquieto en el sofá-cama que crujía con cada movimiento, las manos apoyadas en los azulejos fríos mientras inclinaba la cabeza hacia atrás y dejaba que el chorro golpeara sus pezones sensibles, endureciéndolos hasta doler de placer, los dedos bajando a veces sin permiso hasta el monte de Venus depilado a medias, rozando apenas el clítoris hinchado que palpitaba con recuerdos de su cuerpo grande abrazándola, del calor de su erección presionando contra su cadera aquella noche en que no se había movido durante horas. Salía envuelta en una toalla pequeña que apenas cubría sus caderas anchas, el pelo chorreando agua por la espalda desnuda, los pies dejando huellas húmedas en el suelo de madera mientras cruzaba el pasillo hacia su cuarto, y si Javier estaba en casa —los fines de semana o las tardes libres— el roce era inevitable en el espacio estrecho, sus cuerpos chocando levemente, el pecho de ella rozando el brazo de él, el olor a piel limpia y caliente golpeándolo como un puñetazo bajo mientras murmuraba una disculpa ronca y seguía hacia la cocina para prepararse un café, la toalla subiéndose lo justo para dejar ver el inicio redondo de sus nalgas cuando se estiraba a coger una taza del estante alto.
Javier volvía del trabajo cerca de las siete, sudado y polvoriento, la camiseta pegada al torso ancho por el esfuerzo de cargar cajas todo el día, el olor a hombre trabajado —sudor salado, polvo de cartón, un rastro de aceite de motor en las manos— llenando la casa cuando entraba por la puerta trasera y dejaba las botas en el porche, caminando descalzo hacia el baño con una toalla al hombro y la ropa sucia en la mano. Lucía lo oía llegar desde su cuarto, el corazón acelerándose sin motivo aparente mientras fingía leer un libro o mirar el móvil tumbada en la cama con shorts cortos y una camiseta vieja de él que había encontrado en el armario y que olía todavía a su colonia barata, la tela rozando sus pezones libres y endurecidos por el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta. Él entraba al baño sin cerrar del todo la puerta —costumbre de vivir solo durante años— y el sonido del agua empezaba a correr fuerte, el vapor filtrándose por la rendija mientras se desnudaba despacio, la polla ya medio dura por los pensamientos que lo acompañaban todo el día: el roce de sus pechos contra su brazo en el pasillo, el olor dulce de su gel en el aire, la imagen de sus piernas largas cruzadas en el sofá mientras veían televisión por las noches en silencio cargado.
Una tarde de viernes, Javier llegó más temprano de lo habitual porque el jefe había cerrado el almacén por inventario, el cuerpo todavía caliente por el sol de la tarde y el sudor fresco perlando su frente mientras entraba sin hacer ruido y oía el agua corriendo en el baño, el vapor denso escapando por la puerta entreabierta como una invitación que no esperaba. Se detuvo en el pasillo, la bolsa de deporte en la mano, escuchando el sonido del chorro golpeando la mampara y los suspiros leves de Lucía que se filtraban con el vapor, suspiros que no eran solo de relajación sino de algo más profundo, más privado, porque ella estaba de espaldas a la puerta con los ojos cerrados y las manos resbalando por su cuerpo enjabonado, los dedos hundidos entre los labios hinchados de su coño joven mientras imaginaba las manos grandes de él en su lugar, el agua caliente chorreando por sus nalgas redondas y por el interior de sus muslos temblorosos. Javier se acercó sin pensar, empujado por un impulso que le endureció la polla al instante bajo el pantalón de trabajo, y miró por la rendija empañada viendo su silueta borrosa pero inconfundible: la curva de su espalda arqueada, el culo perfecto alzado mientras se enjuagaba el pelo, las gotas resbalando por la piel pálida y brillando bajo la luz fluorescente del baño.
El corazón le latió fuerte en el pecho mientras se quedaba allí un segundo de más, aspirando el vapor cargado de su olor —fresa dulce mezclada con el aroma almizclado de su excitación que empezaba a filtrarse— hasta que Lucía giró la cabeza ligeramente y él retrocedió rápido, el suelo crujiendo bajo sus pies descalzos y alertándola de su presencia. Ella abrió los ojos de golpe, el agua todavía corriendo por su cuerpo desnudo, los pezones duros como guijarros y el coño palpitando por el roce interrumpido, y vio su sombra retirándose por la rendija, el calor subiéndole a las mejillas mientras cerraba el grifo con manos temblorosas y se envolvía en la toalla pequeña, el tejido rozando su piel sensible y haciendo que un gemido ahogado escapara de sus labios. Salió del baño con el pelo chorreando y la toalla apenas cubriendo sus curvas, cruzándose con él en el pasillo estrecho donde el espacio los obligó a detenerse frente a frente, el vapor todavía pegado a su piel caliente y el olor a sexo incipiente envolviéndolos como una niebla densa.
-Perdona, no sabía que estabas... -murmuró Javier con voz ronca, los ojos bajando sin permiso hasta el escote profundo donde las gotas de agua resbalaban entre sus pechos, la toalla subiéndose lo justo para dejar ver el interior suave de sus muslos todavía húmedos.
Lucía sintió el calor de su mirada quemándole la piel, el coño palpitando traicionero bajo la toalla mientras alzaba la vista hacia él, notando el bulto evidente en su pantalón de trabajo y el sudor fresco que le perlaba el cuello fuerte.
-No pasa nada, tío... ya terminé -susurró ella, la voz saliendo más baja de lo previsto, rozando su brazo al pasar tan cerca que el pezón endurecido presionó contra su camiseta sudada un instante eterno, el contacto enviando una descarga directa a su clítoris hinchado.
Javier entró al baño después, cerrando la puerta pero no del todo, el pestillo sin echar porque el vapor todavía empañaba todo y el olor de ella permanecía en el aire como un rastro imposible de ignorar, dulce y almizclado, mezclado con el jabón que había usado en su cuerpo joven. Se desnudó despacio, la polla saltando libre y dura como hierro, venosa y gruesa palpitando por la imagen grabada en su retina: el culo redondo de su sobrina bajo el agua, las gotas chorreando por esa piel que quería lamer entero. Abrió el grifo frío al principio para calmarse, pero el agua caliente ganó pronto y se enjabonó con movimientos bruscos, la mano bajando hasta la base de su verga y envolviéndola con fuerza mientras cerraba los ojos y recordaba el roce de su pezón contra su brazo, el olor que salía de entre sus piernas cuando pasó tan cerca.
Esa misma noche, después de una cena silenciosa donde sus rodillas se rozaron bajo la mesa pequeña y ninguno apartó la pierna, Lucía se duchó otra vez antes de dormir porque el calor del día se había pegado a su piel y el deseo la tenía inquieta, dejando la puerta entreabierta como siempre por el vapor que se acumulaba rápido en el baño pequeño sin ventana. Javier estaba en el salón fingiendo ver una película, pero el sonido del agua lo llamó como un imán y se levantó descalzo, acercándose al pasillo donde el vapor salía denso y cargado de su aroma, el espejo empañado reflejando borrosamente su silueta mientras se afeitaba de pie en el lavabo, la espuma cubriéndole la mandíbula fuerte y la polla endureciéndose de nuevo bajo los boxers por la proximidad de su cuerpo desnudo al otro lado de la mampara translúcida.
Lucía se enjabonaba despacio esta vez, consciente de su presencia aunque no lo viera, las manos resbalando por los pechos pesados y pellizcando los pezones duros hasta gemir bajito, el agua caliente chorreando por su coño depilado donde los dedos se hundieron sin permiso, rozando el clítoris hinchado y metiéndose apenas en los labios húmedos que chorreaban no solo agua sino jugos espesos por el deseo acumulado. Dejó caer la toalla al suelo deliberadamente esta vez, el tejido húmedo golpeando las baldosas con un sonido suave que Javier oyó claro desde su posición, y salió desnuda del plato de ducha con el cuerpo brillando bajo la luz, las gotas resbalando por sus curvas generosas mientras se acercaba al espejo empañado para secarse el pelo, sabiendo que él podía verla si miraba por el reflejo borroso.
Javier tragó saliva con dificultad, la cuchilla detenida a medio camino en su mejilla mientras observaba esa silueta perfecta: los pechos altos moviéndose con cada respiración agitada, las caderas anchas, el triángulo oscuro entre los muslos donde el agua todavía goteaba mezclado con su excitación evidente. La polla le palpitaba dolorosamente contra los boxers, la punta mojada de precum manchando la tela mientras se afeitaba con manos temblorosas, el olor de ella golpeándolo en oleadas —fresa dulce, piel caliente, coño mojado que empezaba a oler a sexo puro— hasta que no pudo más y salió del baño con la excusa de ir a por una toalla limpia, rozándola de nuevo en el pasillo donde ella se había detenido envuelta apenas en la toalla pequeña, el agua chorreando todavía por sus piernas.
Esa noche, en su cuarto separado por la pared fina, Javier se masturbó por primera vez pensando en ella sin culpa, la mano envolviendo su polla gruesa y venosa con fuerza mientras recordaba el olor que salía del baño, el roce de su cuerpo húmedo, mordiendo la almohada para ahogar los gemidos roncos que salían de su garganta cuando se corrió en chorros espesos sobre su vientre, la leche caliente chorreando por sus dedos mientras imaginaba su boca joven tragando todo. Al otro lado de la pared, Lucía lo oyó todo —los resortes de la cama crujiendo rítmicamente, la respiración agitada, el gruñido ahogado cuando llegó al orgasmo— y se tocó despacio bajo las sábanas, los dedos hundidos en su coño empapado mientras pronunciaba su nombre en silencio, el clítoris palpitando hasta que se corrió temblando entera, los jugos chorreando por sus muslos y manchando las sábanas con olor a deseo prohibido.
Los días siguientes la tensión se hizo insoportable, los roces en el pasillo convirtiéndose en algo deliberado: ella saliendo del baño justo cuando él pasaba, la toalla subiéndose lo justo para dejar ver el coño hinchado y húmedo; él duchándose con la puerta entreabierta sabiendo que ella escuchaba desde su cuarto, la mano moviéndose despacio por su polla dura mientras gemía su nombre bajito para que lo oyera. El baño compartido se convirtió en el centro de su juego silencioso, el vapor cargado de sus olores mezclados —sudor masculino y jugos femeninos, jabón barato y sexo reprimido— impregnando la casa entera hasta que una noche de tormenta, cuando la luz parpadeaba y el agua caliente fallaba, decidieron ducharse juntos para ahorrar, pero eso ya sería otra historia.
El segundo capítulo de su deseo prohibido había comenzado a oler a sexo puro, y ninguno de los dos quería que terminara nunca.
Relato 3 – Consuelos nocturnos
Las noches se habían convertido en un territorio peligroso donde la casa entera parecía contener la respiración, esperando el momento en que uno de los dos cruzara la línea invisible que aún los separaba. Durante el día mantenían una apariencia de normalidad casi dolorosa: Javier salía temprano al almacén con el olor a café y a hombre recién duchado impregnado en la camiseta limpia, Lucía se quedaba en casa vagueando entre series en el portátil y lavadoras de ropa que olían cada vez más a mezcla de sus fluidos secretos, porque ella había empezado a meter sus braguitas usadas en el mismo cesto que las camisetas sudadas de él, y el tambor de la lavadora removía sus esencias hasta fundirlas en un aroma único que después se pegaba a toda la ropa limpia y los hacía oler a sexo compartido sin que nadie lo hubiera tocado todavía. Pero cuando caía la tarde y Javier volvía con el cuerpo cansado y la piel caliente por el esfuerzo, la tensión se disparaba como una goma estirada al límite: las miradas que se sostenían demasiado tiempo en la cocina mientras cenaban cualquier cosa rápida, las rodillas que se rozaban bajo la mesa y ya no se apartaban, los silencios cargados donde se oía el latido del otro como un tambor lejano.
Lucía había empezado a dormir peor, las pesadillas llegaban en oleadas desde que se había instalado allí: sueños donde sus padres la echaban otra vez a la calle, donde la residencia se cerraba para siempre, donde se quedaba sola en un mundo que no la quería. Se despertaba sudada y temblando en mitad de la noche, el camisón corto pegado a los pechos por el sudor nervioso, los muslos apretados porque el sueño siempre terminaba con la imagen borrosa de Javier acercándose, tocándola donde nadie debía, y el deseo se mezclaba con el miedo hasta dejarla jadeante y mojada entre las sábanas. La primera noche que lloró fuerte fue un martes de lluvia fina, el agua golpeando el tejado como dedos impacientes mientras ella se giraba en la cama intentando ahogar los sollozos en la almohada, pero el llanto salió roto y alto, el cuerpo temblando entero por la soledad que la aplastaba como una losa.
Javier lo oyó desde su cuarto, acostado boca arriba con la polla medio dura como todas las noches desde que ella había llegado, los boxers tensos por el recuerdo del vapor del baño y del olor almizclado que salía de entre sus piernas cuando pasaba rozándolo. El sonido de sus sollozos lo atravesó como un cuchillo caliente, y se levantó sin pensarlo dos veces, los pies descalzos fríos contra la madera mientras caminaba por el pasillo oscuro hasta detenerse frente a la puerta de ella, la luz tenue de la lámpara de mesa filtrándose por la rendija inferior y proyectando sombras largas en el suelo. Dudó un segundo largo, la mano alzada, oyendo cómo ella intentaba calmar la respiración agitada y fallaba, los gemidos ahogados saliendo como pequeños animales heridos, hasta que dio dos golpecitos suaves y habló con voz ronca y baja.
-Lucía… ¿estás bien? Abre si necesitas algo.
El llanto se cortó un momento, y luego la puerta se abrió despacio, ella apareciendo en el umbral con el camisón corto subido hasta la mitad de los muslos, la tela fina pegada a los pechos por el sudor y marcando los pezones oscuros y duros, los ojos hinchados brillando en la penumbra mientras lo miraba con una mezcla de vergüenza y alivio. Javier tragó saliva, sintiendo cómo la polla se le endurecía del todo bajo los boxers al verla así vulnerable y deseable, el calor de su cuerpo joven emanando hacia él en oleadas que olían a lágrimas saladas y a coño caliente por los sueños interrumpidos.
-No quería despertarte -susurró ella, la voz temblorosa y rota-. Solo… una pesadilla tonta.
Él negó con la cabeza despacio, entrando cuando ella se apartó un poco, el cuarto pequeño llenándose de su presencia grande mientras se sentaba en el borde del sofá-cama y el colchón se hundía bajo su peso, haciendo que sus cuerpos quedaran más cerca de lo prudente. Lucía se sentó a su lado, las piernas desnudas rozando las de él, el calor de su piel atravesando la tela fina del pijama mientras apoyaba la cabeza en su hombro con un suspiro profundo que sonó casi como un gemido.
-Puedes contarme si quieres -dijo él, pasando un brazo por sus hombros con cuidado, como si temiera romperla, pero la mano grande descansando en su brazo desnudo y sintiendo la piel suave y caliente erizándose bajo sus dedos.
Ella negó con la cabeza, acurrucándose más contra su pecho ancho, el olor de él envolviéndola por completo: sudor limpio de hombre que ha trabajado todo el día, colonia barata mezclada con el aroma natural de su piel, un rastro de tabaco en su aliento cuando respiró cerca de su oído. Javier sintió el peso de sus pechos presionando su costado, los pezones duros rozando su camiseta a través del camisón fino, y la erección palpitó dolorosamente contra los boxers mientras ella se movía inquieta, el muslo desnudo subiéndose lo justo para rozar su cadera.
-Solo abrázame un rato -susurró Lucía, la voz saliendo más ronca de lo que pretendía, las manos apoyándose en su pecho fuerte y sintiendo el latido acelerado bajo la tela.
Se quedaron así un tiempo largo, el silencio roto solo por la respiración de ambos que se iba sincronizando poco a poco, el calor entre sus cuerpos creciendo como una niebla densa que hacía sudar la piel donde se tocaban. Javier notó cómo ella se relajaba despacio, el llanto calmándose hasta convertirse en suspiros profundos, pero también sintió la humedad caliente que empezaba a filtrarse desde su coño joven, el camisón subiéndose más por el movimiento hasta dejar al descubierto la braguita de algodón empapada que se pegaba a los labios hinchados. Intentó no moverse, contar hasta cien en silencio, pero la mano de ella bajó sin querer hasta su muslo, rozando la tela tensa de los boxers donde la polla gruesa palpitaba evidente, y ninguno de los dos apartó la mano.
Al final Lucía se durmió así, apoyada en él, la cabeza en su pecho y una pierna subida sobre la de él, el calor de su coño presionando contra su muslo duro mientras respiraba tranquila por fin. Javier no se movió en horas, sintiendo cada detalle: el peso suave de su cuerpo, el roce de su pelo húmedo en la barbilla, los pezones endurecidos rozando su costado con cada inhalación, el olor almizclado que salía de entre sus piernas y se pegaba a su piel como una marca. Cuando el reloj marcó las cuatro, se levantó con cuidado infinito, tapándola con la manta y saliendo del cuarto con la polla dolorosamente dura, masturbándose en su cama con furia contenida hasta correrse en chorros espesos sobre el vientre, mordiendo la almohada para no gemir su nombre.
La segunda noche fue peor, o mejor, según se mire. Lucía tuvo otra pesadilla más intensa, despertándose con un grito ahogado que resonó en la casa silenciosa, el cuerpo temblando entero mientras se sentaba en la cama con las manos entre las piernas apretando el coño palpitante por el sueño erótico que la había dejado chorreando. Javier llegó corriendo esta vez, sin llamar, abriendo la puerta de golpe y encontrándola sentada en la penumbra con el camisón subido hasta la cintura, las braguitas negras empapadas marcando el contorno de los labios hinchados y el clítoris duro asomando apenas por el elástico.
-Tranquila, solo era un sueño -dijo él con voz ronca, sentándose a su lado y abrazándola fuerte esta vez, sin dudar, el cuerpo grande envolviéndola por completo mientras ella se derrumbaba contra su pecho llorando bajito.
Lucía se aferró a él como una naufraga, las manos subiendo por su espalda desnuda porque solo llevaba los boxers, sintiendo los músculos tensos y el calor de su piel sudorosa por la noche calurosa, el olor a hombre excitado golpeándola fuerte cuando su erección presionó contra su vientre suave. Esta vez el abrazo duró más, las manos de él recorriendo su espalda despacio “para calmarla”, bajando hasta la cintura y rozando el inicio de sus nalgas redondas, los dedos grandes apretando apenas la carne suave mientras ella gemía contra su cuello, el aliento caliente en su piel.
-No me dejes sola -susurró Lucía, la voz temblorosa pero cargada de algo más profundo, las caderas moviéndose sin permiso hasta presionar su coño empapado contra el muslo duro de él.
Javier respiró hondo por la nariz, oliendo su pelo y su excitación, la polla palpitando contra su vientre mientras la mano bajaba más y rozaba el elástico de las braguitas, sintiendo la humedad caliente que chorreaba por el interior de sus muslos. Se quedaron así hasta el amanecer, los cuerpos pegados en un abrazo que ya no era inocente, las respiraciones agitadas sincronizándose en gemidos ahogados cuando ella se movía buscando fricción contra su pierna, él apretando su culo joven con disimulo hasta dejar marcas leves en la piel.
La tercera noche fue la que rompió algo dentro de los dos. Lucía no esperó a la pesadilla esta vez, el deseo la tenía despierta y temblando desde la cena donde sus pies descalzos se habían rozado bajo la mesa durante una hora entera, los dedos de ella subiendo por su pantorrilla hasta casi llegar a la rodilla mientras él la miraba con ojos oscuros y la polla dura bajo la mesa. Cuando Javier se metió en su cama, ella esperó media hora y luego salió de su cuarto en silencio, caminando descalza por el pasillo hasta su puerta entreabierta y entrando sin llamar, el camisón corto subido por el calor y dejando ver las braguitas rosas empapadas que se pegaban a su coño hinchado.
Javier la vio entrar y no dijo nada, solo apartó la sábana para dejarle espacio, el cuerpo grande acostado en boxers con la erección evidente marcando la tela. Lucía se metió en la cama a su lado, acurrucándose contra su pecho sin palabras, el calor de sus cuerpos chocando como una explosión lenta mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro y una pierna sobre su cadera, el coño caliente presionando directamente contra la polla dura que palpitaba bajo los boxers.
Se quedaron quietos un rato largo, respirando el mismo aire cargado, hasta que la mano de él bajó por su espalda y se detuvo en la curva de su culo, apretando la carne suave mientras ella gemía bajito y movía las caderas buscando más roce. Javier inclinó la cabeza despacio, besando su frente primero, luego la mejilla húmeda por lágrimas que ya no eran de tristeza, hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja y la lengua salió apenas para lamer la piel sensible, saboreando el sudor salado y dulce de su excitación.
Lucía tembló entera, las manos subiendo por su pecho hasta enredarse en su pelo corto mientras giraba la cabeza buscando su boca, los labios rozándose en un beso que no llegó a ser completo, solo respiraciones calientes mezclándose, lenguas que se tocaban apenas en la comisura hasta que ella gimió su nombre contra su piel.
-Tío… por favor…
Él gruñó bajito, la mano apretando más su culo y subiendo el camisón hasta dejarla casi desnuda, los dedos rozando el elástico de las braguitas empapadas y sintiendo cómo chorreaba por el interior de sus muslos. Se separaron temblando cuando el reloj marcó las cinco, ella volviendo a su cuarto con las piernas flojas y el coño palpitando vacío, él masturbándose con furia hasta correrse imaginando su boca joven tragando su leche espesa.
Pero ya no había vuelta atrás, la línea se había borrado en la oscuridad de esa tercera noche, y los consuelos nocturnos se habían convertido en un juego peligroso donde cada abrazo duraba más, cada roce era más profundo, cada gemido ahogado prometía que pronto, muy pronto, la casa entera olería a su sexo prohibido consumado.
Relato 4 – El primer sabor
La tormenta llegó sin aviso una noche de jueves, el cielo abriéndose en un estruendo que sacudió las ventanas viejas de la casa y cortó la luz de golpe, dejando todo en una oscuridad absoluta rota solo por los relámpagos que iluminaban el salón en flashes blancos y brutales. Javier y Lucía estaban en el sofá viendo una película cualquiera, sentados más cerca de lo que la prudencia dictaba desde hacía días, las piernas de ella cruzadas sobre el muslo de él bajo la excusa del frío que se había colado por las rendijas, el calor de su coño joven filtrándose a través de los shorts cortos hasta su piel mientras la mano de él descansaba en su rodilla desnuda, los dedos grandes rozando apenas el interior del muslo en círculos lentos que ninguno mencionaba pero que hacían palpitar su clítoris hinchado contra la tela empapada de sus braguitas. Cuando la luz falló y el trueno retumbó como un animal furioso, Lucía dio un pequeño salto que la pegó del todo a su costado, los pechos pesados presionando contra su brazo fuerte, el pezón endurecido rozando su camiseta sudada por el calor acumulado de la tarde.
Javier se levantó despacio, el bulto evidente en sus pantalones de chándal marcando la polla gruesa que palpitaba por la proximidad constante de su cuerpo joven, y buscó a tientas las velas en el cajón de la cocina, el olor a cera vieja mezclándose con el aroma a lluvia que entraba por la ventana entreabierta y con el rastro almizclado que Lucía dejaba en el aire cada vez que se movía inquieta. Encendió tres velas gruesas sobre la mesa baja del salón, la luz amarillenta bailando en las paredes y proyectando sombras largas que multiplicaban sus siluetas entrelazadas en el sofá, los rostros iluminados en tonos cálidos que resaltaban el sudor fino en la clavícula de ella, el brillo húmedo en los labios de él cuando respiraba hondo intentando calmar el deseo que lo tenía al borde desde la tercera noche de abrazos prohibidos.
-El vino -murmuró él con voz ronca, levantándose otra vez para ir a la cocina y volver con una botella abierta que había guardado para alguna ocasión que nunca llegaba, dos vasos grandes que llenó hasta la mitad con el líquido rojo oscuro que olía a frutos maduros y a alcohol fuerte-. Para los nervios, que la tormenta está fuerte esta noche.
Lucía tomó el vaso con manos que temblaban apenas, el camisón corto subiéndose por los muslos al sentarse de lado enfrentándolo, las rodillas rozando su cadera mientras sorbía el vino despacio, el sabor ácido y dulce quemándole la garganta y bajando caliente hasta el vientre donde el deseo ya ardía como una brasa constante. Los relámpagos iluminaban el salón en intervalos, mostrando el contorno de sus pechos bajo la tela fina, los pezones oscuros y duros asomando como promesas, y Javier no podía apartar los ojos, la polla endureciéndose más contra el pantalón mientras bebía de un trago largo, el vino derramándose un poco por la comisura de su boca y chorreando por su cuello fuerte hasta perderse en el escote de la camiseta.
Se quedaron en silencio un rato largo, el trueno retumbando fuera y la lluvia golpeando el tejado como miles de dedos impacientes, pero el verdadero ruido estaba dentro: las respiraciones agitadas sincronizándose, el roce de la tela cuando ella se movía buscando más contacto, el olor a sexo reprimido que empezaba a filtrarse en el aire cálido de las velas. Lucía dejó el vaso en la mesa y se acercó más, la cabeza apoyada en su hombro como en aquellas noches de consuelo, pero esta vez la mano subió por su pecho despacio, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta, los pezones de él endureciéndose al roce de sus dedos mientras gemía bajito contra su cuello.
-Háblame de tu divorcio -susurró ella, la voz saliendo ronca por el vino y por el deseo, los labios rozando apenas la piel sudorosa de su clavícula donde el vino había dejado un rastro dulce-. Siempre evitas el tema, pero quiero saber qué te hizo tanto daño.
Javier respiró hondo, la mano bajando por su espalda hasta detenerse en la curva de su culo redondo, apretando la carne suave a través del camisón mientras hablaba con voz grave, las palabras saliendo lentas como si le costaran.
-Fue hace tres años, ella dijo que ya no sentía nada, que la rutina la había matado, que necesitaba algo más joven, más vivo. Me dejó con la casa y con un vacío que no llenaba nada, ni el trabajo ni las cervezas ni las noches solo masturbándome pensando en lo que había perdido.
Lucía alzó la cabeza, los ojos brillando en la luz de las velas mientras su mano bajaba por su vientre hasta rozar el bulto duro de su polla, sintiendo cómo palpitaba bajo la tela, gruesa y venosa, la punta ya mojada de precum que manchaba el pantalón.
-Yo también me siento rota -susurró ella, la voz temblando mientras apretaba apenas la verga con los dedos, el calor atravesando la tela y haciendo que él gruñera bajito-. Expulsada, sola, como si no valiera nada. Pero aquí contigo… me siento viva otra vez, siento que me miras como si quisiera devorarme.
Javier giró la cabeza despacio, los labios rozando los de ella en un beso que empezó suave, apenas un roce cargado de años de prohibición, el sabor a vino rojo mezclándose en sus bocas mientras las lenguas se tocaban por primera vez, tímidas al principio, explorando la humedad caliente del otro con gemidos ahogados que resonaban en el salón vacío. La mano de él subió por su muslo desnudo, los dedos grandes resbalando por la piel suave hasta llegar al elástico de las braguitas empapadas, sintiendo cómo chorreaba el coño joven por el deseo acumulado, los jugos espesos manchando sus dedos mientras ella gemía contra su boca y apretaba más su polla, la mano bajando dentro del pantalón para envolver la verga gruesa y caliente, la piel suave palpitando en su palma mientras el precum chorreaba por sus dedos.
Se besaron largo, las lenguas enredándose en un baile sucio y desesperado, la saliva mezclándose y chorreando por las comisuras mientras él le bajaba el tirante del camisón despacio, dejando al descubierto un pecho pesado y perfecto, el pezón oscuro y duro brillando en la luz de las velas. Javier inclinó la cabeza y lamió el cuello de ella primero, saboreando el sudor salado mezclado con el vino derramado, la lengua resbalando por la clavícula hasta llegar al pezón que chupó con fuerza, los labios envolviéndolo entero mientras succionaba como un hambriento, los dientes rozando apenas la carne sensible hasta hacerla arquear la espalda y gemir alto, el coño palpitando vacío contra su muslo.
Lucía sacó la polla de él del pantalón, la verga gruesa saltando libre y palpitando en su mano joven, la cabeza hinchada brillando de precum que chorreaba por el tronco venoso mientras ella la masturbaba despacio, la piel resbalando suave sobre la dureza mientras él gruñía contra su pecho y lamía el otro pezón, mordisqueándolo hasta dejar marcas rojas en la piel pálida. Se arrodillaron en la alfombra del salón, las velas proyectando sombras danzantes en sus cuerpos semidesnudos, el trueno retumbando fuera como un eco de sus gemidos mientras ella bajaba la cabeza despacio, los labios rozando la punta de la polla y saboreando el precum salado y espeso que chorreaba abundante.
-Métetela en la boca, Lucía -gruñó él con voz ronca, la mano enredada en su pelo oscuro guiándola despacio, los ojos oscuros fijos en su cara mientras ella abría los labios y lamía la cabeza hinchada, la lengua plana resbalando por la ranura hasta tragar el precum caliente que sabía a hombre prohibido, a deseo acumulado durante semanas.
Ella lo mamó torpe al principio, la boca joven estirándose alrededor de la grosor de su verga, los labios rojos envolviendo el tronco mientras bajaba despacio, la saliva chorreando por las comisuras y manchando sus bolas pesadas que ella acariciaba con la mano libre, los gemidos de él resonando graves mientras empujaba las caderas apenas, follándole la boca con movimientos lentos que la hacían ahogarse de placer, la garganta contrayéndose alrededor de la cabeza cuando llegaba al fondo.
Javier la guió con voz sucia y baja, las palabras saliendo roncas mientras la miraba mamar.
-Así, trágatela toda, mi niña… chupa esa polla que se muere por tu boca joven… sabe cómo te moja el coño hacerlo, ¿verdad?
Lucía gemía alrededor de la verga, la saliva chorreando por su barbilla mientras mamaba más profundo, la lengua girando alrededor del tronco venoso, tragando el precum que no paraba de brotar hasta que él la apartó temblando, la polla brillando de su saliva mientras la tumbaba en la alfombra y le quitaba las braguitas empapadas de un tirón, el coño joven abierto y chorreando jugos espesos que olían a sexo puro en el aire cálido.
Él se arrodilló entre sus muslos abiertos, los ojos devorando el chocho depilado a medias, los labios hinchados y rosados brillando de humedad, el clítoris duro asomando como una perla mientras ella gemía y abría más las piernas, las manos en sus pechos pellizcando los pezones duros.
-Cómetemelo, tío… lame mi coño hasta que me corra en tu boca -susurró ella con voz rota, las caderas alzándose buscando su lengua.
Javier gruñó como un animal, la cara bajando despacio hasta oler su aroma almizclado y dulce, la lengua saliendo plana para lamer desde el ano apretado hasta el clítoris hinchado en una pasada larga y lenta que la hizo arquear la espalda y gritar bajito, los jugos chorreando abundantes por su barbilla mientras lamía más profundo, los labios succionando los labios del coño joven, la lengua metiéndose dentro para follarla despacio, saboreando la humedad espesa que sabía a deseo prohibido y a juventud rota.
La comió durante casi una hora, la lengua girando alrededor del clítoris en círculos brutales mientras los dedos grandes se hundían en su coño apretado, curvándose para rozar ese punto que la hacía temblar entera, los jugos chorreando por su mano y por la alfombra mientras ella gemía alto y se retorcía, las manos enredadas en su pelo tirando fuerte.
-Más… méteme los dedos en el culo también… hazme chorro, tío… revuélveme entera.
Él obedeció, un dedo grueso lubricado con sus jugos empujando despacio en el ano virgen que se contrajo alrededor, la lengua chupando el clítoris con fuerza hasta que ella se corrió la primera vez, el coño contrayéndose en espasmos brutales mientras chorreada jugos calientes en su boca, él tragando todo con gemidos roncos, la lengua sin parar hasta sacarle un segundo orgasmo que la dejó temblando y llorando de placer.
Luego se masturbaron mirándose, ella con las piernas abiertas y los dedos hundidos en su coño chorreante mientras él pajeaba su polla gruesa frente a su cara, el precum chorreando por su mano mientras se hablaban sucio, las palabras saliendo como veneno dulce.
-Mírame cómo me toco pensando en tu polla partiéndome en dos… quiero tu leche en mi cara, tío… córrete para mí.
Él gruñó y se corrió en chorros espesos sobre sus pechos, la leche caliente chorreando por los pezones duros mientras ella se frotaba el clítoris hasta correrse otra vez, los cuerpos temblando en la luz de las velas que se consumían lentas.
Se separaron al amanecer, culpables y adictos, el salón oliendo a sexo consumado pero no completo, la tormenta pasada dejando solo el eco de sus gemidos en el aire húmedo. El primer sabor había sido probado, y ahora el hambre era insaciable.
Relato 5 – La caída total
Los días que siguieron a la tormenta fueron un infierno lento y delicioso, una cuenta atrás que ninguno de los dos quería detener pero que ambos alargaban con una crueldad casi masoquista, como si retrasar la follada final pudiera hacerla más brutal cuando llegara. La casa entera apestaba a sexo a medio consumar: las sábanas manchadas de jugos secos y de leche derramada en masturbaciones solitarias al otro lado de la pared fina, el baño impregnado del olor almizclado de coños lamidos hasta el agotamiento y de pollas chupadas hasta dejarlas palpitando al borde del colapso, la alfombra del salón todavía con rastros oscuros donde los fluidos habían chorreado la noche de las velas. Javier salía al trabajo con la polla dura metida a presión en los pantalones vaqueros, el recuerdo de la boca joven de Lucía tragando su verga hasta el fondo quemándole la mente todo el día, y volvía sudado y ansioso, los ojos oscuros buscándola nada más cruzar la puerta como un animal que huele a su hembra en celo.
Lucía lo esperaba siempre, vestida con menos ropa cada vez: shorts tan cortos que el culo redondo asomaba por debajo cuando se agachaba a recoger algo del suelo a propósito, camisetas viejas de él que le quedaban enormes pero que marcaban los pechos libres y los pezones duros cuando se inclinaba sobre la mesa para servirle la cena, braguitas de encaje que dejaba ver deliberadamente al cruzar las piernas en el sofá mientras veían televisión en silencio, el coño depilado hinchado y húmedo palpitando bajo la tela fina cada vez que sus rodillas se rozaban y ninguno apartaba la pierna. Se tocaban constantemente ahora, roces que duraban segundos eternos: la mano de él subiendo por su muslo desnudo mientras comían, los dedos grandes rozando el elástico de las braguitas empapadas sin meterse dentro todavía; la mano de ella bajando por su pecho sudoroso después de la ducha, envolviendo la polla gruesa a través de la toalla hasta sentir cómo palpitaba y chorreaba precum caliente en su palma.
Se hablaban sucio en susurros cuando estaban solos en la cocina o en el pasillo estrecho, las palabras saliendo roncas y cargadas de promesas que hacían que el aire se espesara como miel caliente.
-Quiero comerte el coño otra vez hasta que llores de tanto correrte -gruñía él contra su oído mientras le apretaba el culo con ambas manos, los dedos hundiéndose en la carne suave y separando las nalgas para sentir el calor del ano apretado a través de la tela.
-Y yo quiero mamar tu polla hasta que me ahogues con tu leche espesa, tío… tragármela toda mientras me miras como si fueras a partirme en dos -susurraba ella contra su cuello, la lengua lamiendo el sudor salado de su piel mientras le apretaba las bolas pesadas con la mano.
Pero no follaban todavía. Se contenían con una disciplina que rayaba en la tortura, masturbándose mirándose a los ojos en el sofá por las noches, ella con las piernas abiertas y los dedos hundidos en su coño chorreante mientras él pajeaba su verga gruesa frente a su cara, el precum chorreando por su mano hasta mancharle los pechos desnudos; o en la ducha juntos por fin, el agua caliente resbalando por sus cuerpos pegados mientras se lamían mutuamente sin llegar a la penetración, la lengua de él en su clítoris hinchado durante minutos eternos hasta sacarle orgasmos que la dejaban temblando contra la mampara, la boca de ella mamando sus bolas pesadas y lamiendo el ano apretado mientras él gemía y se corría en chorros sobre su cara joven.
La tensión alcanzó su punto álgido un viernes por la tarde, cuando Javier llegó del trabajo más temprano porque el almacén había cerrado por avería, el cuerpo todavía caliente y sudado por el esfuerzo del día, la camiseta pegada al torso ancho y los pantalones vaqueros marcando el bulto pesado de su polla que ya palpitaba pensando en ella. Entró por la puerta trasera sin hacer ruido, el olor a hombre trabajado llenando la casa mientras dejaba las botas en el porche y caminaba descalzo hacia el salón, deteniéndose en seco al verla: Lucía lo esperaba desnuda por completo, de rodillas en la entrada con las piernas abiertas y el coño joven chorreando jugos espesos sobre el suelo de madera, los pechos pesados moviéndose con cada respiración agitada, los pezones oscuros y duros como guijarros brillando por el sudor nervioso que perlaba su piel pálida.
Ella alzó la vista hacia él, los ojos oscuros brillando de deseo puro mientras se lamía los labios rojos y hinchados, la voz saliendo ronca y sucia como una promesa irreparable.
-Te he estado esperando toda la tarde con el coño mojado pensando en tu polla, tío… ven, métemela en la boca primero, déjame mamarla hasta que no puedas más.
Javier gruñó como un animal, la polla endureciéndose al instante contra los vaqueros mientras se acercaba despacio, los ojos devorando cada centímetro de su cuerpo joven expuesto: las caderas anchas, el vientre plano temblando por la excitación, el coño depilado abierto y chorreando jugos que olían a sexo puro en el aire cálido de la casa. Se detuvo frente a ella, la verga palpitando evidente bajo la tela mientras ella alzaba las manos temblorosas para bajarle la cremallera despacio, el sonido metálico resonando en el silencio cargado hasta que la polla gruesa saltó libre, venosa y pesada, la cabeza hinchada brillando de precum abundante que chorreaba por el tronco.
Lucía gimió al verla, la boca abriéndose instintivamente mientras la lengua salía plana para lamer la punta despacio, saboreando el precum salado y espeso que sabía a hombre prohibido, a deseo acumulado durante semanas de tortura lenta. Lo mamó hambrienta desde el primer segundo, los labios rojos envolviendo la cabeza hinchada y succionando con fuerza mientras la lengua giraba alrededor de la ranura, tragando el precum caliente que no paraba de brotar hasta que bajó más profundo, la garganta joven contrayéndose alrededor del tronco grueso mientras se ahogaba de placer, la saliva chorreando por las comisuras y manchando sus bolas pesadas que ella acariciaba con ambas manos.
-Así, trágatela toda, mi puta niña… mama esa polla que se muere por reventarte el coño -gruñó él con voz ronca, la mano grande enredada en su pelo oscuro guiándola con movimientos firmes, follándole la boca despacio pero profundo, los huevos pesados golpeando su barbilla con cada embestida mientras ella gemía alrededor de la verga, el coño palpitando vacío y chorreando jugos por el interior de sus muslos abiertos.
La mamó durante minutos eternos, la cabeza bajando y subiendo en un ritmo obsceno que llenaba la entrada de sonidos húmedos y gemidos ahogados, la saliva chorreando por su barbilla y por sus pechos hasta manchar el suelo, hasta que Javier la apartó temblando entero, la polla brillando de su saliva espesa mientras la alzaba en brazos como si no pesara nada, las piernas de ella enredándose en su cintura y el coño caliente rozando su verga dura con cada paso hacia el dormitorio.
La llevó en brazos por el pasillo, los cuerpos pegados y sudados, la lengua de él lamiendo su cuello salado mientras ella gemía contra su oído y mordisqueaba el lóbulo, las manos bajando por su espalda hasta clavarle las uñas en la carne dura. Entraron al dormitorio de él por primera vez, la cama grande con sábanas que olían a hombre solo ahora manchadas para siempre por su deseo prohibido, y Javier la tumbó despacio sobre el colchón, el cuerpo grande cubriendo el de ella mientras empezaba los preliminares brutales que habían esperado tanto tiempo.
Le quitó la ropa que aún llevaba —la camiseta sudada tirada al suelo, los vaqueros bajados con prisa hasta dejarlo desnudo y palpitando sobre ella— y empezó lamiendo cada centímetro de su piel joven: el cuello sudoroso, los pechos pesados chupando los pezones duros hasta dejarlos rojos e hinchados, mordisqueándolos con dientes que arrancaban gemidos altos mientras ella arqueaba la espalda y abría las piernas buscando más. Bajó por el vientre plano, la lengua resbalando por la piel suave hasta llegar al coño chorreante, los labios succionando los labios hinchados y la lengua metiéndose dentro para follarla despacio, saboreando los jugos espesos que olían a sexo puro y a juventud rota.
La comió largo, la lengua girando alrededor del clítoris en círculos brutales mientras los dedos grandes se hundían en su coño apretado y en su ano virgen al mismo tiempo, curvándose para rozar puntos que la hacían temblar entera y chorreada jugos calientes por su barbilla, los gemidos de ella resonando altos en el dormitorio mientras se retorcía y tiraba de su pelo.
-Más… azótame el culo mientras me comes, tío… hazme daño rico, revuélveme entera -suplicó ella con voz rota, las caderas alzándose para follarse su boca.
Javier obedeció, la mano grande bajando con fuerza sobre sus nalgas redondas hasta dejarlas rojas y marcadas, los azotes resonando secos en el aire mientras la lengua chupaba el clítoris con furia, los dedos follándola en ambos agujeros hasta que ella se corrió la primera vez, el coño contrayéndose en espasmos brutales alrededor de sus dedos mientras chorreada jugos abundantes en su boca, él tragando todo con gemidos roncos y la lengua sin parar hasta sacarle un segundo orgasmo que la dejó llorando de placer, el cuerpo temblando entero sobre las sábanas manchadas.
Luego la puso de rodillas en la cama, el culo alzado y rojo por los azotes mientras lamía su ano apretado despacio, la lengua metiéndose dentro para abrirlo poco a poco, los dedos hundiéndose en su coño chorreante mientras ella gemía y empujaba hacia atrás buscando más, las manos pellizcando sus propios pezones duros hasta doler.
-Méteme los dedos en el culo hasta que me corra otra vez… quiero sentirme sucia contigo, tío… humíllame mientras me comes el chocho -gimió ella, la cara hundida en la almohada oliendo a su sudor masculino.
Él gruñó y obedeció, dos dedos gruesos lubricados con sus jugos empujando despacio en el ano apretado que se contrajo alrededor, la lengua lamiendo el coño desde abajo mientras la mano libre azotaba sus nalgas rojas hasta dejar huellas, las palabras sucias saliendo roncas contra su piel.
-Eres mi puta sobrina mojada… este culo virgen es mío ahora, voy a reventártelo todo cuando te folle como mereces.
Ella se corrió otra vez así, el ano contrayéndose alrededor de sus dedos y el coño chorreando jugos por sus muslos mientras gritaba su nombre contra la almohada, el cuerpo colapsando temblando sobre la cama.
Se masturbaron mutuamente después, ella de espaldas contra su pecho duro mientras él le follaba el coño con tres dedos gruesos y el pulgar en el clítoris, la otra mano pellizcando sus pezones duros; ella envolviendo su polla gruesa con ambas manos y pajeándola despacio, la lengua lamiendo su cuello sudoroso mientras se hablaban sucio al oído.
-Córrete en mi mano pensando en cómo vas a partirme el coño con esa polla gruesa… quiero sentir tu leche caliente chorreando por mis dedos.
Él gruñó y se corrió en chorros espesos sobre su vientre plano, la leche caliente manchando su piel mientras ella se frotaba el clítoris hasta correrse otra vez, los cuerpos temblando pegados en la cama oliendo a sexo puro.
Finalmente, cuando la tensión era insoportable y ambos temblaban de deseo animal, Javier la puso boca arriba en la cama, las piernas de ella abiertas al máximo mientras se colocaba entre sus muslos, la polla gruesa rozando los labios hinchados de su coño chorreante sin meterse todavía, la cabeza hinchada resbalando por el clítoris palpitante hasta hacerla gemir alto.
-Mírame mientras te la meto despacio… siente cómo te abro entera, mi niña -gruñó él con voz rota, los ojos oscuros fijos en los de ella mientras empujaba la cabeza dentro, el coño joven apretado contrayéndose alrededor de la grosor hasta tragarla centímetro a centímetro, los jugos chorreando abundantes por sus bolas pesadas.
Lucía gritó de placer, las uñas clavándose en su espalda mientras sentía cómo la partía en dos despacio, la polla gruesa llenándola hasta el fondo en una embestida lenta que la dejó temblando, el útero rozado por la cabeza hinchada mientras él se quedaba quieto un momento, palpitando dentro de su calor apretado.
Luego empezó a follarla animal, las embestidas profundas y brutales resonando húmedas en el dormitorio, los huevos pesados golpeando su culo con cada empujón mientras ella gemía alto y se retorcía bajo él, las piernas enredadas en su cintura buscando más profundidad.
-Fóllame más fuerte, tío… revuélvame el coño hasta que no pueda caminar… córrete dentro, lléname de leche prohibida.
Él obedeció, follándola salvaje contra la cama que crujía bajo sus cuerpos sudados, cambiando posiciones una y otra vez: ella encima cabalgándolo con furia, el coño tragando su polla entera mientras los pechos rebotaban y él chupaba los pezones duros; de lado con una pierna alzada mientras le metía dedos en el culo al mismo tiempo; contra la pared del dormitorio, alzada en sus brazos fuertes mientras la embestía brutal hasta que las piernas le fallaban; en la ducha bajo el agua caliente, el coño resbaladizo tragando su verga una y otra vez hasta que el vapor olía a sexo puro; sobre la mesa del comedor, las nalgas rojas por los azotes rebotando con cada embestida mientras él gruñía y la mordía en el cuello.
Se corrió dentro la primera vez profundo, la leche espesa chorreando en chorros calientes contra su útero mientras ella se corría alrededor de su polla, el coño contrayéndose en espasmos brutales que lo ordeñaban entero, los cuerpos temblando pegados mientras los fluidos mezclados chorreaban por sus muslos. Pero no pararon, él endureciéndose otra vez dentro de su coño lleno de leche mientras seguían follándolo despacio, las embestidas volviéndose animales de nuevo hasta sacarle múltiples orgasmos que la dejaban llorando y temblando, el coño chorreando jugos y leche por el suelo.
Follaron toda la noche sin preservativo, hablando de futuro imposible mientras él la partía en dos una y otra vez, las corridas internas una tras otra llenándola hasta que la leche chorreaba por sus muslos cada vez que se separaban un segundo, los cuerpos colapsando al final exhaustos y manchados sobre la cama destrozada, oliendo a sexo prohibido consumado por fin.
La caída total había llegado, y la casa del tío ya nunca olería igual.

